Crisis espiritual

La reivindicación de los derechos de las mujeres, el feminismo con todas sus letras impregnando los debates públicos y la defensa de presupuestos a los que se les llama progresistas, no son de ninguna manera retrocesos espirituales.

La reivindicación de los derechos de las mujeres, el feminismo con todas sus letras impregnando los debates públicos y la defensa de presupuestos a los que se les llama progresistas, no son de ninguna manera retrocesos espirituales. Las contradicciones en su defensa y los ataques en nombre de la religión, ambos vinculados con el supuesto juego efectivo de la política, sí lo son.

El discurso de personajes como Vivian Morales y Alejandro Ordoñez es que la defensa de la idea de que “no se nace hombre o mujer sino que se llega a serlo”, o de la interrupción voluntaria de los embarazos o del uso del condón, son la muestra de que Dios ha querido ser sacado de la política. Que la cumbre de semejante despropósito es la postulación del Estado laico en un país cuya mayoría es creyente en alguna vertiente del cristianismo. Que por cuenta de ello vivimos una crisis moral, un vacío de valores que explican nuestros problemas de violencia y corrupción. Que hay que rescatar a Colombia aceptando democráticamente (por mayoría) que las creencias se expresen y se hagan gobierno, con ellos como representantes.

A mi modo de ver, la mayoría de las respuestas que se les anteponen rehúsan a hablar de espiritualidad,  partiendo del principio de que las creencias religiosas son asuntos privados y que las reglas que rigen la vida pública deben ser racionales. Pero como cada día está más claro que no existe racionalidad que no pase por la médula que rige nuestras sensaciones, y que lo personal (también las creencias) es político, se cae en contradicciones que terminan por hacer parecer sólidos los reclamos por el rescate de la nación desde la perspectiva equivocada, sobre todo ante los ojos de muchas personas que viven el día a día de la violencia y la corrupción, y a las que les enseñaron que esas y otras tragedias son castigos del Dios que nos ve alejarnos de su palabra.

Un santo es un pecador que lo sigue intentando, decía Nelson Mandela. Tendríamos que aceptar que la humanidad existe hoy como el anhelo que se formó con los golpes y las tragedias de siglos acumulados de historia. En la defensa de esos planteamientos progresistas que se afirman como la mano del diablo no hay caprichos ni pretensiones de destruir la familia de nadie. Al contrario, todos están cimentados en sufrimientos que al fin pueden desaparecer, como lo han hecho muchas cosas que tuvimos que soportar durante siglos como especie.

“No se nace mujer u hombre sino que se llegar a serlo”, es la conclusión que se defiende cuando uno reconoce en cualquier persona, independientemente de sus gustos, el valor de la dignidad humana única e irrepetible sin certificados hombría o feminidad. Que todos seamos iguales, y compartamos las labores del cuidado y la producción, y le demos a quienes nacen sobre la tierra el tiempo y el espacio de la felicidad, como postula el feminismo, se concluye después de siglos de tratarnos como ciudadanos de primera, con corbata, y de segunda, con falda. Dotarnos del derecho a decidir sobre la interrupción de un embarazo es valorar la inteligencia y la voluntad con que nacimos para impedir, como ocurre hasta ahora, muchas personas tengan que crecer sin el amor que surge del haber sido deseadas. En todo ello lo que hay son saltos espirituales, absoluta compasión, valoración de la vida, de la historia y de la potencia que tenemos en este momento y que tal vez no tuvimos antes. Dios, sin duda, que sigue siendo dueño del rayo aunque la ciencia nos permita entender cómo se forma el relámpago, escribió André Gide en “Los nuevos alimentos”.

Sobre las campañas políticas domina el efectismo que determina, al mismo tiempo, que no se planteen las preguntas correctas así como que se magnifiquen las respuestas equivocadas. Para algunos se trata de no hablar de ciertos temas porque no dan votos. Y para otros, como Morales y Ordoñez, de atizar las afirmaciones apocalípticas, de promover al cristianismo como una ideología perseguida sin que nadie la esté persiguiendo, y de reclamar que Dios esté en la política vendándole los ojos y tapándole los oídos para que no escuche a ese Sergio Urrego cuyo grito desesperado está allí pidiendo, precisamente, que resolvamos valientemente nuestra crisis espiritual.