Contra la sociedad pusilánime

La amenaza del conflicto y, luego, la del olvido siguen latentes. Como sociedad debemos dejar de ser parsimoniosos y empezar a hacer algo, tener más coraje.

Menos pusilánimes, más corajudos. Como sociedad nos falta valor y determinación para enfrentar nuestros retos y peligros. La desidia actual es sencillamente aterradora somos una masa sin el vigor suficiente para emprender cambios sobre el sentido y enfoque de nuestro proyecto como nación. En efecto, que las cosas no marchan bien es un secreto a voces.    

Diego Andrés Pérez es un fotógrafo de 44 años que desapareció un viernes del pasado mes de agosto, fue hallado tres días después con heridas en su cuello producto de múltiples lesiones que le fueron propinadas con arma blanca. El destino de su vida aún no es claro, sus tres hijos y su esposa esperan que salga adelante, se desconoce quien fue su agresor y las razones por las cuales duró más de siete horas sin ser auxiliado por absolutamente nadie en medio de la concurrida calle 26 de la ciudad de Bogotá. Su resiliencia es admirable, su triste historia confirma la frivolidad de nuestra sociedad.

El conflicto armado interno ha dejado a la fecha 8,5 millones de víctimas, de ellas, 1,8 millones fueron afectadas por delitos como el secuestro, el homicidio, uso de minas antipersona y la desaparición forzada, es decir, cerca del 20% de la población colombiana se ha declarado afectada por alguno de los doce hechos victimizantes categorizados por la Unidad Administrativa para la Reparación de las Víctimas.     

La historia de Andrés y el recuento de las víctimas poseen un común denominador: este es el desolador panorama de la indiferencia, la fría referencia de compatriotas ocultos tras estadísticas, números y gráficas que hacen invisibles los relatos desgarradores que constituyen, en su esencia, la realidad del conflicto armado, huellas vivas de tomas guerrilleras, masacres paramilitares y la violencia del narcotráfico.

Ahora bien ¿si esto sucede en una de las más concurridas avenidas de la capital, cuál será el destino de miles de personas en los más inhóspitos lugares del territorio? La respuesta no es alentadora. ¿Y al final de varias décadas del conflicto que nos ha quedado? Con seguridad, muy poco, ninguno de los grandes problemas históricos que nos aquejan se han solucionado. En la actualidad pervive la corrupción, la inequidad, el problema agrario, la concentración del poder y una generación proclive a la violencia.

Sin embargo algo sí ha quedado en claro: la utopía de llegar al poder por medio de las armas ha sido derrumbada, decenas de organizaciones clandestinas lo han intentado y el Estado siempre prevaleció. La confrontación nos heredó una formación indolente, pusilánime y frívola que se manifiesta día a día.

Para Diego Andrés y los millones de víctimas existe una amenaza, el olvido. Desde la antigua Grecia la relación entre la esfera de lo público y lo privado ha sido motivo de disertaciones, hoy esa relación es estrecha, por ello, la causa de un sujeto se transforma en una causa social y a su vez una causa social debe ser la suma de la causa de todos los sujetos.

Así, el llamado que nos hace la historia es a reaccionar y actuar como nación. ¡Dejemos de ser una sociedad parsimoniosa a la que nada le importa!, pareciese que todo da igual, es lo mismo si la justicia se corrompe o la política esta torcida, si la corrupción reina o si el país se derrumba, qué más da.  

Preocupa entonces la ambivalencia en la que actuamos, entre lo pusilánime y lo megalómano, errores que no permiten apreciar con claridad la necesidad de reformar nuestro pacto social. Conviene revivir el espíritu francés de mayo de 1968 en el que los reclamos por el cambio mediado por el activismo, la protesta y la irreverencia gestaron grandes transformaciones.

Tenemos la tarea de movilizarnos hacia el cambio. Por supuesto, este levantamiento no puede ser bajo métodos cavernarios como el uso de las armas, las piedras o las capuchas, sino por medio del orgullo nacional, la dignidad humana y el deseo de desarrollo. Sus principios deben estar mediados por el lenguaje del amor, la conciliación y el patriotismo.

Solo las sociedades que creen que su destino está en sus manos, son las que logran transformarse para ser mejores, aquellas que se resignan a aceptar las cosas como son tan solo “porque si” estarán condenadas al fracaso. Como colombianos solo tenemos un propósito en este mundo y es el de la grandeza, para ello solo nos queda ser menos pusilánimes, más corajudos.