Comuna disfrazada

Por mucha pintura que intente tapar su realidad, la Comuna 13 está lejos de superar sus dificultades en materia de seguridad o de tener satisfechas sus necesidades esenciales.

En tiempos recientes algunas ciudades del mundo han optado por diseñar actividades que promueven el turismo social, para que los viajeros exploren aspectos desconocidos de los lugares que visitan, generalmente conectados con comunidades marginadas. En esta línea, la Alcaldía de Medellín, en tiempos recientes, ha invertido generosos recursos para transformar la concepción de la Comuna 13 como un lugar violento y peligroso, en un nuevo espacio turístico para el visitante que quiere conocer algo más de la ciudad tan famosa por su otrora violencia y peligro. Los recorridos se realizan en torno al arte urbano con guías acreditados, muchas veces organizados por los mismos hoteles que, subiendo la Comuna, en parte a pie y en parte usando las escaleras eléctricas instaladas por la Alcaldía, intentan mostrarla como un espacio de superación de la violencia.

Sin embargo, se habla en voz baja de que el plan turístico es, para muchos de los visitantes, un camino para conseguir drogas. Además de los guías, existen varios puestos de ventas artesanales y de las famosas ‘cremas’ de mango biche que usualmente deben pagar vacuna a quienes mandan soterradamente en la zona para poder ejercer ese derecho. Recorrer este barrio es encontrarse con la realidad de tantas otras periferias de ciudades colombianas que son semilla de violencia: muchas personas, en especial jóvenes, desocupadas, sin oportunidades y sin nada que hacer; vulnerabilidad total para ser reclutadas por la criminalidad o para optar por ella por cuenta propia como medio para conseguir algún sustento.

Muchos de los murales que se visitan en el ‘graffitti tour’ son esencialmente estéticos, y no parecen estar contando nada en particular. De hecho, se reemplazan con frecuencia con unos nuevos, como si hubiera ‘temporadas’ que requieren actualizarse para seguir vigentes. Pero existe uno que los habitantes de la Comuna han mantenido incólume: el que relata lo que fue la Operación Orión en octubre de 2002, la que, bajo la pretensión de ‘recuperar la legalidad’ de la Comuna, se convirtió uno de los hechos más violentos contra civiles a manos del Estado, en connivencia con grupos ilegales, y por el cual en 2015 la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó a Colombia.

El mural muestra la mano del poder lanzando dos dados, uno marcado con la fecha y otro con el lugar. Un rostro gigante dividido en dos, muestra la transformación de la alegría hacia la tristeza y las pequeñas casitas y personitas dispersas en el dibujo parecen significar la impotencia de los habitantes de la Comuna ante el ataque. Al costado opuesto aparecen dos grandes pájaros con armaduras y granadas representando los helicópteros que llegaron a tomársela por la fuerza. Es ése el mural que sirve de verdadero objeto de memoria para la Comuna, el que no la disfraza, sino el que cuenta su dolor.

Durante lo corrido de este año, han sido varios los hechos violentos que se han presentado en la Comuna 13. De hecho, en el último mes y medio, la violencia se ha recrudecido, posiblemente como resultado de las nuevas políticas de seguridad del Estado que ‘envalentonan’ a ciertos sectores de extrema derecha. Contrario a esta realidad, el relato que hoy presentan los guías y los mismos habitantes de la Comuna insiste -como si se tratara de un libreto- en que la violencia allí es una cosa del pasado y que el tour y el arte urbano que se aprecia en esa excursión son prueba de ello. Esta mirada, reduccionista y en exceso optimista, contrasta con la cruda realidad que evidencia la coexistencia hoy en día de grupos violentos enfrentados; con el hecho de que sus líderes siguen recibiendo amenazas y con las muertes que siguen presentándose.

Por mucha pintura que intente tapar su realidad, la Comuna 13 está lejos de superar sus dificultades en materia de seguridad o de tener satisfechas sus necesidades esenciales. Sus líderes y representantes, esos que se atrevieron a denunciar al Estado internacionalmente, hoy reclaman menos máscaras y más inversión en capacitación, oportunidades laborales, acceso a servicios públicos, verdadera inversión social. Esas cosas que los visitantes desprevenidos creen que están resueltas o que se subsanan con el aporte que hacen con su visita de la que, al final, no aprenden nada.