¿Cómo influenciar acerca de la importancia que tiene la construcción de paz?

En la actualidad existe en ciertas instancias de la sociedad una saturación de información sobre justicia transicional, construcción de paz y  postacuerdo que no trasciende a toda la comunidad con un propósito empático.

El pueblo colombiano no se reconoce históricamente desde una  violencia estructural, mucho menos por la generada en sus guerras desde el siglo XIX. Ese enfoque negacionista repetido por miles de emisores una y otra vez a lo largo de nuestro devenir republicano se constituye en un obstáculo  real para pasar a un estadio propicio de construcción de una paz estable y duradera, término éste consolidado en pleno contexto bélico en las reuniones de Moscú y Teherán en 1943 cuando las “naciones unidas” (Roosevelt, Churchill y Stalin) decidieron qué hacer al finalizar  la contienda, lo que efectivamente sucedería en 1945  en Yalta y Postdam con la negociación este – oeste que propició  la creación del Consejo de Seguridad, médula  de la posterior Organización de Naciones Unidas (ONU) y la entrega a los soviéticos del territorio polaco. 

Pero, ¿a qué se puede deber ese fenómeno colombiano tan particular? Una eventual respuesta podría intentarse desde la hipótesis  del clásico antimilitarismo  de las élites colombianas en términos de  Malcom Deas y Francisco Leal y a la ausencia de una mínima consciencia empática (Jeremy Rifkin en su obra civilización empática de 2010). Así, posiblemente  desde los clásicos emisores y constructores de opinión, memoria e historia, ha resultado mucho más fácil hablar de la violencia y su superación que de la guerra y sus desgracias; o mejor aún tratarlas indistintamente. Negar la realidad solo ha conllevado a generar diagnósticos equivocados y  agravar las consecuencias humanitarias de ciertas decisiones, como  la tipificación tardía en el año 2000 de los delitos contra personas y bienes protegidos por el Derecho Internacional Humanitario.  La Jurisdicción Especial para la Paz es en sí misma consecuencia de una justicia  ordinaria que negó  por lustros las normas propias de la guerra (ius in Bello).

En la línea argumentativa propuesta para esta reflexión habrá que indicarse que  a veces la imposibilidad de solucionar problemas a todo nivel no se encuentra limitada a la voluntad de los intervinientes,   el mensaje o  el canal, sino en la confianza que nos generan los emisores. En consecuencia superar las pasiones y los prejuicios respecto a una persona o un grupo de personas que fungen como emisores en términos estratégicos es un reto mayúsculo, mucho más cuando se trata de acabar una contienda bélica que supera ya  los cincuenta y tres años de existencia si la caracterizamos desde actores armados como el Ejército de Liberación Nacional (Eln, 1964) aún en armas.

Los medios masivos de comunicación, entre ellos las redes, así como los artistas, los expertos en comunicación desde las éticas de la Empatía (Pinker, 2015, pág. 768)  y el autocontrol, donde el lenguaje es manejado de forma prudente pero respetando los derechos de todas las víctimas, esencialmente a la verdad y  la justicia (postbellum ) tendrían un deber altruista de construcción de nuevo tejido social para la transición, mucho más cuando podrían validar emisores desde un mínimo consenso empático en cada una de las estructuras sociales.

Cualquier proceso pedagógico  y didáctico para lograr entender la importancia de  generar  escenarios propicios para estructurar la construcción de  una paz estable y duradera pasaría entonces por lograr un gran acuerdo al interior de la sociedad y sus diferentes instancias en relación con puntos comunes, aproximaciones esenciales o propósitos similares que generen cercanía más allá de las posturas personales o colectivas reflejadas en determinado momento histórico. Si se quiere acabar la guerra debemos entender porque llegamos a ese escenario, sin eufemismos. Es,  en consecuencia, menester construir un escenario propicio para nuevos “influencers”, fruto de un acuerdo generacional que le cierre el paso a una polarización heredada y no superada.

En la actualidad existe en ciertas instancias de la sociedad una saturación de información sobre justicia transicional, construcción de paz y  postacuerdo que no trasciende a toda la comunidad con un propósito empático, surtiéndose un vaciamiento conceptual o una tergiversación a través de la estructuración de ciertas concepciones. Ahí se encuentra un  primer reto para un nuevo liderazgo desde la reconstrucción de confianza.