¿Cómo descartar a un candidato presidencial?

Ante un incierto panorama político ataviado de corrupción, votar en 2018 puede ser un dolor de cabeza.

Por: Andrés Agudelo*

Pierre Rosanvallon es un historiador francés que sostiene una idea polémica: en el marco de la crisis del modelo liberal-democrático, los ciudadanos -cuando vamos a las urnas- ya no optamos por elegir a los candidatos de nuestra preferencia, sino que nos dedicamos a deseleccionar o a descartar a los que no nos gustan. En otras palabras, a la hora de elegir un gobernante preferimos el mal menor. 

Esta democracia de sanción, como la llama Rosanvallon, es una forma sugerente de leer el panorama político colombiano para las próximas elecciones presidenciales. El primer factor que enciende las alarmas es la patente crisis de los partidos políticos, ya no solo los llamados “tradicionales”, sino la de todos. Los colombianos ya no nos identificamos con el ideario de un partido, preferimos las figuras políticas unitarias o sus herederos. 

El segundo factor que resulta preocupante es la avalancha de candidatos que han preferido usar el sistema de recolección de firmas para lanzar sus campañas. Más allá de las evidentes ventajas económicas que esto significa para los candidatos, el trasfondo del asunto es que ni siquiera los políticos creen en sus partidos. Esto no significa que los dejarán de usar, pues una democracia sin partidos es inviable, pero optarán por evitarlos lo más posible por la carga de descrédito que estas agrupaciones tienen.  

Un tercer factor de alarma es el tratamiento polarizado que se le ha dado a la “agenda” de la campaña del 2018. A saber: la corrupción, la implementación de los Acuerdos de La Habana (o del Teatro Colón, o ambos), la amenaza de una crisis económica, el excesivo gasto público, entre otros. Que los candidatos se agrupen en posturas cerradas (tipo si/no) es una muestra fehaciente del bajo nivel de debate que nos espera.    

Usar la deselección como criterio primario para elegir un gobernante denota que, a pesar de la alta oferta de candidatos a la presidencia, la desconfianza y la apatía son las actitudes prevalentes en los ciudadanos. La deselección es una patología democrática que puede tener estrechos vínculos con la abstención electoral porque éste último fenómeno nace de la ausencia de incentivos positivos para que los ciudadanos se vinculen a las dinámicas electorales. Al mismo tiempo puede relacionarse con el clientelismo, ya que este brinda incentivos negativos para que los ciudadanos acudan a las urnas. En otras palabras, la sobreoferta de candidatos a la presidencia no cubre las expectativas de los ciudadanos que, en un último impulso ante la urna, optarán por el que consideren menos malo o por un voto emocional y negativo por el contrincante del que consideren el peor.
El fenómeno de la deselección democrática también permite anticipar que la elección presidencial del próximo año se definirá en una segunda vuelta, por tanto, la formación de incipientes coaliciones ideológicas durante el presente año va perfilando los dos bandos que se enfrentarán.  

Son muchos los interrogantes a los posibles cambios del sistema de partidos colombiano a corto plazo: ¿Alcanzará a aprobarse la Reforma Política antes de las elecciones del próximo año? ¿Cuáles partidos están al borde de extinción (Partido de la U, Polo Democrático) porque sus barones electorales se dispersaron? ¿Las coaliciones para las presidenciales se forjarán por principios políticos (derecha/izquierda) o por mera conveniencia burocrática? ¿Cómo se iniciará la articulación entre los movimientos de firmas y los partidos políticos? ¿Se dará continuidad al modelo “unidad nacional” que ha prevalecido en los últimos 20 años en Colombia?

Una anécdota histórica. En 1874, Rafael Núñez regresó al país después de su periplo europeo. El político cartagenero estuvo en el seno del liberalismo en el marco de las confrontaciones entre Gólgotas y Draconianos; participó de los gobiernos de Mallarino y Mosquera; se asomó tibiamente en la Convención de Rionegro de 1863 y rechazó la posibilidad de ocupar cargos en los gobiernos de Obando y Salgar. Núñez se convertiría, en alianza con algunos conservadores, en el principal opositor de los Radicales, sus otrora copartidarios, hasta lograr hacerse con la presidencia en 1880. Y ocuparía este cargo tres veces más. En nuestro imaginario histórico se acendró la idea de que Núñez se “volteó” del liberalismo al conservadurismo. Aunque eso no es cierto -y este no es el espacio para este tipo de discusiones-, el actuar político de uno de los grandes personajes de nuestra historia nos puede revelar una lección que no para de sorprendernos: en política las formas no cambian, peregrinar entre posturas y administraciones es una vieja táctica de algunos, que no está dictada por los principios sino por el rumbo de los vientos políticos del momento.   

*Profesor de Ciencias Políticas
Facultad de Derecho y Ciencias Políticas
Universidad de La Sabana
Twitter: @andresagudelo00