Clase ascendente y política decadente

“La clase política corrompió al narcotráfico” y  “la corrupción gobierna con nuestras vísceras” son las frases introductorias de lo que quiero exponer. La primera originalmente dicha por el escritor R.H. Moreno Durand es una puerta abierta para entender el estado colombiano y los valores que como sociedad nos identifican. 

Una clase política tradicional que en su sed de poder lleva sobre sus espaldas la disolución de la gran Colombia, la traición a Bolívar, las guerras intestinas permanentes; esa habilidad perversa de mantenerse en el poder a través de la guerra y el usufructo de las emergencias y bonanzas económicas.

La herencia de feudalismo-gamonalismo, tradición-conservadurismo y compadrazgo fueron impuestos como rasgos definitivos del Estado colombiano haciendo de la corrupción el ADN nacional, donde la legalidad y la ilegalidad son vistos como caras de la misma moneda.

La legalidad fue construida sobre actos de ilegalidad: la usurpación de territorios a los pueblos originarios, la esclavitud de pueblos enteros en el establecimiento de circuitos comerciales, el uso y abuso de la milicia independentista para la unificación de unidades territoriales, moldear el estado según intereses de potencias europeas y EE.UU.

Ciclos repetitivos durante dos siglos, la legalidad llegó después del crimen muchas veces  legalizándolo, el Estado se fundamentó en “hecha la ley, hecha la trampa”, donde las leyes fueron cambiadas para el beneficio de los poderosos y la justicia fue el deseo luego de apagar la vela. Miles de Historias donde la burocracia estatal más que solución fue obstáculo para las aspiraciones de la ciudadanía.

Recientemente la noción de ilegalidad se ha concentrado en el narcotráfico y la corrupción, pero es solo uno de sus ciclos, de la frase de Moreno Durand comprendo que el narcotráfico se erigió como un camino expedito para sectores ascendentes cuya lógica fue vulnerar las reglas para progresar y a la vez engranar con el estado, un ascenso que también expresa la manera de imitar a aquellos que les gobernaron.

De donde más podría salir la idea de “El patrón”; el afán por la  acumulación de tierras, el estilo ganadero y caballista; en genera,  el afán por acumular propiedades y ostentar lujos se convirtió el patrón para ser patrón. En esa faena el surgimiento del “usted no sabe quién soy yo”: forma de autoreferencia para señalar que se hace parte de ese camino o que se tiene relaciones con quienes ya transitan esas rutas.

Para buena parte de la población “el duro”, “el capo” y “el jefe” es la representación más cercana del gamonal político, del que busca incesantemente ser  compadre, entonces las formas básicas de identidad nos remiten cerca a la edad media: una bandera, un escudo, un muro, un castillo y un ejército de escoltas bastarán para sentirse parte del feudo.

“Gobiernan con nuestras vísceras”

Encontré esta frase haciendo un análisis del comportamiento electoral del estrato 1 y 2 en nuestro país; si bien el fenómeno electoral en Colombia es la abstención, buena parte de los votos cautivos de la clase política tradicional vienen de la misma gente que perjudican o victimizan.

Explicarlo rebaza la idea de la compra y venta de votos, pasa por formas de adhesión, simbologías y división del trabajo; son capataces, cuidadores, funcionarios, son las familias de sus empleados a la espera de un contrato, sus invitados ocasionales en las fiestas populares y religiosas, los que hacen fila para “ser tenidos en cuenta”, relaciones donde la lógica del favor es también  relación de identidad con el gamonal local que significa ilegalidad estatal, representación política  y bonanza económica.

Relaciones que producen normas que justifican la ilegalidad: “esto funciona así”, ”esto no lo cambia nadie”, ”que roben pero que hagan” la norma se vulnera porque el poder gamonal dice que hay que hacerlo; al tiempo que hay un ejercicio de facto del estatus quo: 200 años en los que regionalmente la doble moral se expresa en defender el legalismo mientras se estimula la ilegalidad.

Es una simbología de poder contenida en las narrativas regionales; que les hace esculcar en el árbol genealógico la traza española para considerarse más blancos o menos mestizos; que les identifica con los patrones o los duros, que les hace sentirse parte del feudo haciendo el cálculo de creerse accionistas del club El Nogal con membresía SISBEN, que les hace sentirse terratenientes con un minifundio, que les hace confundir un Duque con un Vasallo.

Hoy la clase ascendente que cree en la ilegalidad está en un momento de ruptura, porque se enfrenta a sus propios límites: no podrán nunca compartir los privilegios de los gamonales políticos, nunca podrán ascender más de lo que el poder les permita y su ilegalidad les llevará a ser perseguidos por los mismos que quieren imitar.

La clase política tradicional  también está en punto de inflexión: el colapso de su forma de gobierno les lleva al dilema de destruir lo poco de democracia existente para mantener sus privilegios o profundizarla para enfrentar los retos contemporáneos y los del futuro.

En la oportunidad de cambio que tenemos en frente, es importante afirmar que tanto la figura de la clase ascendente ligada a la ilegalidad como la del  político corrupto NO son nuestro modelo a seguir. Ante todo y con urgencia la clase ascendente deber ser cada vez más consciente que para poder progresar es la política tradicional la que debe acabar de caer.