Carta de un colombiano enceguecido

Cuánto más avanzaba el Proceso, más empecé a dudar sobre el hecho de que la tan anhelada paz perteneciera a Juan Manuel Santos. Incluso, concluí que afirmar tal cosa representa una de las falacias más comunes en la mala argumentación: desacreditar algo descalificando a la persona que lo promueve.

Escribo estas palabras porque quiero que les pase lo mismo que a mí. Desde niño fui criado en un hogar con todas las comodidades. Realmente, nunca crecí en un ambiente de guerra. Ni siquiera he visto un fusil, mucho menos a alguien empuñando uno. Lo poco que conocí fue desde una pantalla cuando en la televisión hablaban de asesinatos, desapariciones y mencionaban a un tal “Tiro Fijo”, o algo así. Honestamente, he llegado a pensar que la Colombia en la que crecí es muy distinta a la de muchos de ustedes.

Cuando yo era pequeño todos se referían a la paz como si fuera un mal chiste. Parecía que nos acostumbrábamos a vivir en un país en conflicto. Aunque en realidad nunca me preocupé por ese tema, pues con paz o sin ella mi vida seguiría igual. Estudiaría en reconocidas instituciones, compraría un carro y me posicionaría en un trabajo bien pago. ¿Qué mejor que eso?

Sin embargo, desde el año 2012 el asunto de las negociaciones de paz entre el Gobierno y las Farc empezó a tratarse en serio. Fue entonces cuando me molesté. ¿Cómo es posible que le vayamos a entregar el país a las FARC?, me pregunté. ¿Acaso no conocemos del modelo Castro-chavista de nuestros vecinos? ¡Esa no es la paz de ningún Santos!, afirmé sin descanso. Paz sin impunidad; todos los guerrilleros merecen pagar con cárcel, fue mi consigna. Por mucho tiempo me resistí a la idea de un proceso de paz. Incluso, vi como muchas personas como yo estaban de mi lado. Las redes sociales se convirtieron en el mejor espacio para manifestar mis inconformidades y odios. Sin embargo, hoy reconozco que estuve equivocado.

Quise ir más allá del resto de opositores para así informarme mejor sobre todo lo que circunda la idea de un proceso de paz. En primer lugar, comprendí que la apología al Castro-chavismo no es más que una falsa analogía. En Colombia hay un modelo económico estable desde hace décadas. Poseemos un régimen macroeconómico sano, sostenible y fuerte ante los shocks externos. Tenemos apertura económica, libre cambio y el mercado funciona hasta donde le sea posible y el Estado interviene hasta donde sea necesario. Definitivamente entendí que el famoso Castro-chavismo es tan solo un concepto acuñado por una oposición que poco conoce de Colombia. Creo que la oposición a la cual hice parte está mal informada, utiliza juicios de valor como su mejor herramienta y pretende predecir lo impredecible.

Tampoco le vamos a entregar el país a las FARC. Entiendo que causa indignación la idea de que por dos periodos legislativos consecutivos el Congreso de la República cuente con 10 curules para este grupo. Sin embargo, ¿cómo no preferir que pregonen sus ideas con el discurso y no con las armas? Además, es tan solo una medida transitoria que deberá contar con el apoyo popular. Es decir que es hora de ejercer el derecho al voto y así destruir el tradicional abstencionismo de más del 50% que nos agobia. Por eso más allá de crear pánico y desinformación, recordar la utilidad del voto es nuestra mejor herramienta. El país no se le entregará a nadie; con la firma de la paz es más nuestro que nunca.

Cuánto más avanzaba el Proceso, más empecé a dudar sobre el hecho de que la tan anhelada paz perteneciera a Juan Manuel Santos. Incluso, concluí que afirmar tal cosa representa una de las falacias más comunes en la mala argumentación: desacreditar algo descalificando a la persona que lo promueve. El Presidente Santos fue quien tuvo la iniciativa y a él se le atribuye gran parte del eventual éxito del Proceso. Sin embargo, la paz no es una apuesta política sino una alternativa al conflicto intergeneracional. Hablar de ella trasciende a los hombres que hoy pisan nuestro país; la paz que buscamos construir cobijará a colombianos y colombianas que aún no han nacido pero que desde este momento se apropian de ella.

Nuestro Proceso de Paz está lleno de mitos, algunos infundados por odios políticos, por desinterés y otros por el simple desconocimiento. Algunos se preguntarán, ¿por qué cambié mi opinión frente a la firma de la paz? Porque esta guerra es tan mía como suya, pero no la sufrí tanto como muchos de ustedes. Al decirle no a la paz, estaría condenando a las personas que sí han sufrido el conflicto en carne propia a vivir episodios similares en el futuro. Y mientras tanto yo, en mi cómodo lugar en la sociedad, me volvería a acostumbrar a ello. Recuerden que a la guerra no van personas como ustedes y como yo, que vivimos en un mundo lleno de oportunidades; a la guerra van personas que no tienen otra opción. No quiero volver a ser cómplice de eso.

Por eso es momento de dejar la indiferencia; no quiero ser uno más de esos que se acostumbraron al conflicto. Los invito a que desmitifiquen la paz y superen la ceguera. Yo lo hice y no se imaginan el hermoso panorama que ahora veo.    

 

Atentamente,

Un colombiano como ustedes