Apuntes de paz para Sofía

Lo que sí tengo claro es que vivimos un momento al que no le podemos dar la espalda, y que el primer paso es preparándonos en las aulas para asumir el reto histórico que debe transmitirse a las nuevas generaciones.

Por: Natalia Herrera Durán*

Sofía,

Recuerdo la primera vez que te lleve a clase. Tenías dos meses y medio de nacida. Dormías plácidamente en tu coche mientras yo temblaba de susto frente a la puerta cerrada del salón universitario. Habíamos llegado tarde y temía que me dijeran que no podías estar ahí. Te miré, prometí en silencio que nada malo podía pasarnos y entré. Acomodé a mi lado el aparatoso coche como pude. Te miraron con empatía y ternura. Nadie se molestó cuando lloraste ni cuando te lacté en clase. Ni ese, ni los otros días que fuiste, como certeza de que la academia y la maternidad deben ir más de la mano.

Estaba en ese salón convencida de que quería seguir estudiando por qué la humanidad ha rechazado la violencia como método para cambiar la injusticia o la arbitrariedad. Estaba en ese salón para buscar una definición de paz, quizás una de las palabras más usadas y a la vez desconocidas.

Una definición, y eso lo entendí en el trayecto, que se alejara del paraíso utópico y estéril donde no existen diferencias y discusiones. Una paz -evocando un concepto de la filósofa y politóloga Chantal Mouffe- más cercana al “agonismo” que al “antagonismo”; donde los “otros” no son percibidos como enemigos a ser destruidos, sino como adversarios que legitiman y reconocen mi propia existencia.

“Cuando uno estudia paz y conflictos y opta por la no violencia toma un camino que no es pasivo ni indiferente”, decía Pedro Valenzuela en su clase de la especialización en Resolución de Conflictos, que a muchos encauzó para siempre. Yo fui una de esas y ahora hago parte de la primera promoción de la Maestría en Estudios de Paz de la Universidad Javeriana. Y lo soy, amada Sofía, en un momento que nunca pensé vivir; a un año del acuerdo de paz entre el Estado y la guerrilla de las Farc, firmado luego de más de 50 años de enfrentamientos armados y más de ocho millones de víctimas, que algunos parecen olvidar. El padre jesuita Francisco de Roux no, no las olvida, y lo menciono porque él hace parte de la memoria de esta maestría, de esta universidad y de este país.

Esta semana, con voz temblorosa y afligida, lo escuché recordando a las víctimas de la arremetida paramilitar y guerrillera en el Magdalena Medio, a finales del siglo XX. Estaba en el encuentro nacional de Colombia2020, el proyecto periodístico y pedagógico para el posacuerdo del periódico El Espectador, en el que trabajo hace unos meses como editora. En ese espacio el padre De Roux dijo: “La guerra vulneró espantosamente nuestra dignidad. Éramos nosotros quienes vivíamos esto, éramos nosotros indígenas, nosotros afros, nosotros campesinos y nosotras mujeres. ¿Dónde estábamos? ¿Por qué no acabamos de salir de esa realidad? ¿Por qué seguimos siendo espectadores?”. Habló también del enorme desafío que tiene la Comisión de la Verdad que va a presidir en unos meses, en esa búsqueda por el dolor profundo de todas las víctimas, que no quiere escalar más odios o venganzas.

Lo vi estrechando la mano de Jairo Quintero, excomandante guerrillero, y la de Rodrigo Pérez, excomandante paramilitar; a quienes en el pasado conoció convencidos de la guerra y con quienes hoy habla de reconciliación. Allí, hija, lo vi diciendo que la construcción de la verdad es compleja y que debe hacerse desde todos los lugares, desde la visión campesina, pero también desde la empresaria, la militar y la guerrillera. Y, claro, desde la verdad de las mujeres. Porque, por ejemplo, cerca de 15.000 de ellas fueron violentadas sexualmente durante el conflicto armado, según el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica. Sobrevivientes de esa violencia, y de tantas otras, cotidianas y dolorosas, que muchas nos resistimos a normalizar. En especial en una fecha como hoy; cuando conmemoramos el Día de la No Violencia hacia la Mujer.

No sé qué pasará en algunos años, Sofía. No sé tampoco qué rumbo político tomará el país en apenas algunos meses, ni mucho menos avizoro si el proceso de reincorporación de cerca de 14.000 excombatientes podrá superar los enormes obstáculos que hoy tiene, sobre todo por los incumplimientos estatales y las desconfianzas mutuas. Lo que sí tengo claro es que vivimos un momento al que no le podemos dar la espalda, y que el primer paso es preparándonos en las aulas para asumir el reto histórico que debe transmitirse a las nuevas generaciones. Por eso Sofía, celebra conmigo este grado y canta como hacía Mercedes Sosa su mensaje eterno: “¿Quién dijo que todo está perdido?, yo vengo a ofrecer mi corazón”.

 

Muchas gracias.

 

*Editora de Colombia2020 de El Espectador. Estas palabras fueron su discurso durante la ceremonia de grado de la primera promoción de la Maestría en Estudios de Paz de la Universidad Javeriana.