Los errores de la justicia transicional

En los foros internacionales se suelen mencionar los casos de Ruanda y Sudáfrica como ejemplos emblemáticos del tema. Sin embargo, sudafricanos y ruandeses critican las experiencias.

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Una sobreviviente del genocidio ruandés en una corte local, conocida como Gacaca, es escoltada luego de enfrentar a sus victimarios.
Una sobreviviente del genocidio ruandés en una corte local, conocida como Gacaca, es escoltada luego de enfrentar a sus victimarios.
EFE

Hoy, la justicia transicional hace parte del paquete del posconflicto. Trata, dicho de manera simplista, de conseguir el equilibrio entre la justicia y la paz. Antes de los años noventa, las víctimas no aparecían en la ecuación del fin de las guerras como sujetos con derechos. Hoy existe todo un sistema de justicia penal internacional que se opone a la impunidad; pero en rigor, todo proceso de paz implica una cuota de impunidad y su tamaño depende de lo que la sociedad decida.

Sudáfrica

En 1948 se estableció institucionalmente una política racial que venía de tiempo atrás. Había playas y transporte público solo para blancos, para citar solo un ejemplo. Y nadie imaginaba que un régimen tan férreo podría caer algún día. Eso generó actos de violencia por parte del Congreso Nacional Africano, CNA (de Nelson Mandela) contra el régimen del apartheid, caracterizado por un alto nivel de represión contra las comunidades negras. Mandela lideró un proceso de paz que le permitió finalmente llegar al poder por la vía democrática.

Ya en el poder, había que enfrentar el problema del pasado lleno de violaciones de derechos humanos. Para eso se creó la Comisión de la Verdad y un sistema popular de confesión de crímenes. Pero ese proceso debió pagar un peaje en amnistías e indultos para ser aceptado. Cuando una de las víctimas aceptaba este sistema judicial, renunciaba al camino de la justicia penal y a pedir más reparaciones.

Miles de casos llegaron a ese mecanismo de audiencias públicas, tratando de encontrar la verdad y algún tipo de reparación. Hubo sesiones en 65 lugares, entre 1996 y 1997, examinando los crímenes entre 1960 y 1994. La gente contó su verdad y propuso mecanismos de reparación.

Casi todas las recomendaciones sobre rehabilitación y reparación, propuestas por la Comisión de la Verdad, fueron ignoradas. De hecho, hubo en 2005 un único pago igual para todas las víctimas de 5.000 dólares, como forma única y definitiva de reparación; medida criticada porque no diferenciaba el grado de pérdida y, además, porque en las listas no estaba el 100% de las víctimas. El descontento de las víctimas es muy alto. Hubo una alta expectativa en la reparación económica y la verdad que emergió no convenció.

La agenda de reformas económicas y sociales nunca se dio. Hoy, la esperanza de vida al nacer ha disminuido de 61 a 52 años (en el período 1994-2010); 20% de la población vive con VIH-sida; la violencia deja un promedio de 50.000 muertos al año y es uno de los países con mayor índice de desigualdad en el mundo.

 

Ruanda

Fruto de la invención de diferencias raciales entre comunidades (los hutus y los tutsi), más problemas estructurales como la tenencia de la tierra, generaron la violencia genocida de los hutus que dejó en 100 días, de 1994, al menos 800.000 muertos; es decir: 8.000 muertos al día.

Los guerrilleros del Frente Patriótico Ruandés, que expulsó a los genocidas fuera del país, timaron el poder y encarcelaron a más de 120.000 personas acusadas de genocidio, pero la destrucción del país también involucró al sistema judicial ruandés: no había cadena de custodia posible para las pruebas, ni tribunales eficientes; con lo cual finalmente el nuevo gobierno abrió las cárceles del país.

Por eso, la comunidad internacional decidió establecer un Tribunal Internacional para examinar los crímenes en el marco del genocidio. Pero el Tribunal era engorroso, costoso e ineficaz: gastó 2.000 millones de dólares para juzgar tan solo 62 casos.

En 2000, el gobierno decidió activar un mecanismo local que fuera subsidiario al Tribunal Internacional, conocido como las Gacaca (se pronuncia Gachacha), que funcionaron entre 2002 y 2012 y conocieron de cientos de miles de casos, reuniéndose semanalmente. El problema es que el país no tenía una capacidad jurídica para responder a las necesidad de justicia y esto llevó a “formar” 250.00 jueces con una breve capacitación de tan solo seis días. Las Gacaca solo costaron 40 millones de dólares y trataron de luchar contra el olvido y contra el revanchismo.

Como positivo está la función como espacio de reunir víctimas y victimarios, además del valor simbólico de estos espacios. Pero la lista de errores parece más larga: falsos testigos, falta de debido proceso, y la priorización de la reconciliación sobre los deseos de justicia. Además, algunos victimarios se presentaban como víctimas de las circunstancias, y se estableció un marco de impunidad que fue llamado un “muro de silencio”.

Ruanda optó finalmente por un Tribunal local que respondiera lo que no pudo el Tribunal Internacional que, paradójicamente, buscaba responder por la casi inexistencia de un sistema nacional de justicia. 

Cinco enseñanzas

La tensión estuvo entre lo ideal y lo posible, en el plano institucional. La acción de la comunidad internacional quedó aún más en entredicho tanto por su pasado (apoyar por años el régimen del apartheid en Sudáfrica, así como por no evitar el genocidio en Ruanda) como en su modelo de justicia transicional: el Tribunal de Ruanda fue costoso y lento, con famélicos resultados.

La verdad no sólo libera, la verdad también destroza, especialmente cuando las confesiones no se ven acompañadas de mecanismos de reparación. Revivir el dolor sin las ayudas del caso es frustrante, como se vio en los dos casos.

Lo jurídico no ofrece todas las respuestas, no puede. Hay elementos de convivencia y del comportamiento humano que buscan respuestas más allá de las normas, pero eso no quiere decir que el andamiaje jurídico no cuente. Cuenta y más aún cuando falla, como fue el caso de las ignoradas recomendaciones de la Comisión de la Verdad en Sudáfrica.

La cultura de la venganza contaminó parcialmente el proceso ruandés, porque algunas víctimas no buscaban justicia en términos legales sino castigo ejemplar, desconociendo las tareas hacia la reconciliación. En el caso de Sudáfrica decía Desmond Tutu: “nos educamos creyendo estrictamente en la justicia como desquite”.

A veces la voluntad de perdonar de las víctimas (incluso de perdonar lo imperdonable), no encuentra la voluntad de los victimarios de confesar sus crímenes y de pedir perdón. Es perverso recargar el éxito o el fracaso del proceso de verdad, justicia y reparación en el lado de las víctimas, pidiéndoles que cedan cada vez más, mientras los victimarios se niegan a hablar.

Un proceso de paz exitoso pasa por modelos imaginativos de justicia transicional, más hoy en día cuando la Corte Penal Internacional (que no existía cuando los procesos de paz de Centroamérica) recuerda con su presencia que una paz con total impunidad tampoco es posible.
*Profesor Universidad Javeriana