“La verdad es la garantía para lograr justicia”: Tom Koenigs

En entrevista, el enviado especial del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania para el proceso de paz habla sobre las similitudes que puede llegar a tener Colombia con el proceso de unificación y reconciliación que vivió Alemania hace 27 años. 

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Tom Koenigs, enviado del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania para el proceso de paz. / Cortesía

Hace 27 años, Alemania dio el primer paso para dejar atrás décadas de odios y radicalismos políticos. El 3 de octubre de 1990 decidieron unificarse como nación y terminar con la división entre Alemania Occidental y Alemania Oriental. Fue el comienzo de un proceso de reconciliación, mas no de olvido del muro que los separó tras los nefastos hechos de la Segunda Guerra Mundial y los años de la Guerra Fría. Desde entonces, nadie duda que los alemanes se hayan convertido en ejemplo en temas de verdad, justicia y memoria.

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En esta entrevista Tom Koenigs, enviado especial del Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania para el proceso de paz en Colombia, explica que si bien la unificación alemana dejó muchas lecciones en temas de memoria y reconstrucción del tejido social, aún quedan pasos gigantescos para lograr ser un país tolerante. Agregó que Colombia es un ejemplo para el mundo en temas de justicia transicional, porque por primera vez la verdad es un requisito previo para ser juzgado y obtener beneficios.

¿Por qué el proceso de unificación alemán puede ser una lección para Colombia?

En todos los procesos de paz hay una lección por aprender. El proceso de unificación de Alemania fue entre un Estado económicamente avanzado y una región subdesarrollada. Faltaba hacer un esfuerzo enorme para desarrollar la infraestructura económica de industria y agricultura. En el caso de Colombia es parecido: hay que desarrollar el campo y vincularlo con el proceso que se adelanta en las ciudades. Es un esfuerzo financiero. En Alemania se han gastado sumas enormes en la unificación para otorgar condiciones iguales de vida y 25 años después seguimos pagando un impuesto de solidaridad.

Y en lo que ha visto del proceso colombiano, ¿cree que hay voluntad política para pagar un impuesto para mantener la paz?

Lo dudo un poco, porque aumentar los impuestos es un acto político muy difícil. Uno debe tener en cuenta que hace falta pagar un impuesto especial para desarrollar la infraestructura. Per no es un asunto de hoy para mañana, sino de largo plazo.

¿Qué puede aprender Colombia de los procesos de memoria en Alemania?

Hemos tenido dos procesos de justicia transicional: uno después de la Segunda Guerra Mundial y otro después de la unificación. En los dos procesos hemos creado instituciones para la memoria. En el caso de la unificación, se creó un archivo especial de acceso público para que se conociera qué hicieron los responsables. Pero los temas de justicia se resolvieron en la jurisdicción ordinaria. En cambio, tras la Segunda Guerra Mundial se creó una justicia especial, como los juicios de Núremberg. Sin embargo, ahí sólo se juzgó a los máximos responsables, mientras los de más bajo rango tenían que presentarse a la justicia ordinaria, lo que nos costó décadas para conocer la verdad. La justicia transicional no puede durar pocos días. Los alemanes admiramos el esfuerzo colombiano que se concretiza en la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).

¿Por qué tanto interés en la JEP?

La JEP tiene una especialidad que no ha existido en otro país fuera de Sudáfrica: el principio para acceder a la justicia es la verdad. Comienza con los perpetradores aceptando su responsabilidad y contando lo que hicieron. A diferencia de lo que sucede en otros juicios, donde el acusado tiene el derecho a callarse. Aquí el proceso comienza con la verdad y por eso tiene una relación entre las víctimas y los acusados, porque los segundos deben colaborar para obtener los beneficios de la JEP. Es una situación única, porque en Alemania, a pesar de haber tenido tantos juicios, ningún acusado habló con la verdad. Los alemanes y los colombianos tenemos algo en común: somos todos abogados, por lo que la mayoría de veces queremos solucionar los problemas por la vía de la justicia y no de la política.

Alemania ha trabajado por varias décadas en los procesos de reconciliación, ¿es posible aplicar esa experiencia al caso colombiano pese a las diferencias de los procesos?

El aporte mayor es reforzar la evidencia de que en Alemania hizo falta la verdad. Que no sirve una amnistía ni la amnesia. No sirve olvidar, como se hizo en otros procesos de reconciliación, porque los actores callan y la verdad no es explícita. Para una reconciliación y reconstrucción de la sociedad, lo fundamental es la verdad. Por ejemplo, cuando comandantes de la guerrilla piden perdón en regiones donde aún hay víctimas de sus hechos, es una vivencia importantísima. Eso no se vivió en Alemania y aún sufrimos por esos hechos 70 años después. La garantía de no repetición es primordial.

¿Qué es lo primero que debe hacer un país para aceptar y convivir con los horrores del pasado y así lograr procesos exitosos en la reconstrucción de memoria?

Lo primero es crear la Comisión de Verdad, porque lo que se ha visto en otros procesos de reconciliación demuestran que es la posibilidad para que las víctimas se expresen y se deje por escrito qué sucedió. Lo segundo, es que la justicia especial cumpla con los estándares internacionales. Después viene superar el drama, donde víctimas y victimarios se encontrarán. Y luego viene el castigo. Pero es más importante el proceso que el castigo, porque todos sabemos que en la cárcel no se hace mejor a la gente y lo que garantiza la no repetición es un cambio en la forma de pensar del victimario. Esa es la fuente de la reconciliación.

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¿Cómo lograr que las sanciones impuestas en el proceso sirvan para lograr un desarrollo en el país y no se conviertan en un obstáculo?

Un aspecto importante es la actividad política. No solo se trata de un proceso netamente jurídico, sino que la guerrilla ejerció oposición política. El resultado de la negociación no solo fue para lograr la reconciliación sino para tener la posibilidad de perseguir los fines políticos a través de organizaciones legales. Era cambiar las armas por los votos. Es un ejemplo porque la mayoría de los conflictos se terminan con armas. El proceso de la unificación alemana tenía sus similitudes, porque ahí no se escapó un solo tiro porque fue una revolución pacífica con la creación de organismos políticos de unidad. Y el parlamento unido actualmente es un lugar donde las contradicciones se pueden dar y decidirse.

¿Cómo hizo Alemania para superar los odios entre opositores políticos?

Hemos aprendido después de la guerra que debe existir un esfuerzo particular para lograr la paz. Pero hemos colaborado con organismos internacionales para establecer una institucionalidad de la paz y que da guía para fortalecer los procesos políticos. Pero eso solo lo logramos después de décadas de lograr una atención especial a las víctimas. El proceso de Colombia ha tenido la gran sabiduría de comenzar con la participación de las víctimas. Creo que en ese sentido podemos aprender más los alemanes de los colombianos.

Tras los procesos de reconciliación, ¿por qué genera tanto miedo el ascenso de la extrema derecha en Alemania, representada por el partido Alternativa para Alemania (AFD) que llegó por primera vez en 50 años al parlamento?

En su gran mayoría son personas que no conocen ni han vivido la guerra, y que tampoco tienen una sensación positiva de la inserción alemana en organismos internacionales. Es una postura radical de ultraderecha, una posición provocadora y lamentablemente es un fenómeno que también se presenta en los países vecinos. Es una oposición a la Unión Europea. Pero también tiene sus raíces en algunas partes del país olvidadas donde, aparentemente, no han tenido la posibilidad de expresarse de una u otra forma.

¿Qué falló para que estas nuevas generaciones que “no han vivido la guerra” no tengan presente la necesidad de vivir en un país unido y reconciliado?

No se trata solamente de conocer la historia, sino de aprender los valores de la tolerancia y la convivencia pacífica. Nosotros somos un país multicultural. Una parte de las contradicciones entre Oriente y Occidente es que el Oriente es monocultural. Por ejemplo, en mi ciudad Fráncfort la mitad son inmigrantes, y la integración es un reto particular. Entre algunos, la respuesta es el aislamiento y el nacionalismo. Pero el camino que más tiene futuro es crear instituciones de integración y enseñar el valor de la tolerancia. Es una discusión que se hace en varios países del mundo como Estados Unidos y Francia.

Si bien las críticas a la política migratoria alemana le permitieron el ascenso al partido AFD, ¿se podría hablar de heridas no cerradas en el proceso de unificación de Alemania que provocaron el auge del nacionalismo?

Una parte sí. Es un problema más grande, pero parcialmente la parte oriental de Alemania no se ha acostumbrado a recibir extranjeros, turistas o migrantes, y ahora se han visto enfrentados a vivir con una cantidad de personas que nunca imaginaron. Pero son posturas muy ideológicas, porque para la parte oriental tener un 10% de inmigrantes es demasiado. En occidente ni siquiera consideran que el 40% sea mucho. Por lo que es una sensación de que falta aprender de integración. Fue una grata sorpresa porque llegaron millones. Y cuando uno ve el proceso de reintegración de los guerrilleros de las Farc, que son alrededor de 15.000, frente al millón quinientos mil inmigrantes en Alemania, entiende que es un reto enorme. Eso crea roces, pero la tolerancia hay que aprenderla. En el Parlamento necesitamos todas las corrientes, de derecha e izquierda, porque es el lugar para encontrar puntos en común y darles voz a todos los sectores del país.

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¿Y frente a las heridas no cerradas del proceso de unificación?

Hay heridas no cerradas y aún es difícil crear condiciones de vida parecidas en las dos partes del país, porque fue un cambio muy brusco. En este momento estamos muy integrados al mercado internacional y a la globalización, pero antes Alemania Oriental era una sociedad cerrada. Eso crea inquietudes, miedos y perdedores, lo que se refleja en la discusión ideológica. Pero la salida es aprendiendo del pasado y promoviendo la tolerancia, porque la migración hacia Europa no va a parar y necesitamos estar preparados para recibirlos. Son nuevas generaciones que nos pueden ayudar y, por ejemplo, en Berlín ya se habla español, turco y árabe.

¿Qué hacer para que los sentimientos de odio, nacionalismo y xenofobia no vuelvan a ganar un espacio en la cultura alemana?

Lamentable han ganado cierto espacio, un 12 % con la última elecciónCada quien debe aprender su rol en este proceso de modernización del país. De eso se trata, porque la parte oriental debe aprender a desarrollarse y a competir. Nosotros debemos invertir más en infraestructura social para generar un desarrollo equitativo entre las diferentes regiones del país. Es lo mismo que veo en Colombia, un factor de inequidad de las condiciones de vida frente a las ciudades modernas con el campo o lugares donde ocurrió la guerra.