La historia de violencia y poder detrás de las joyas subastadas de los paramilitares

La primera subasta pública de bienes del excomandate paramilitar alias “H.H” propone una nueva forma de reparar a las víctimas de departamentos como Antioquia, Cauca, Huila y Quindío.

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Las joyas que subastaron eran del exparamilitar alias "HH"
La argolla de oro blanco pesa 5,8 gramos y está avaluada en $348.000.
Cortesía

El domingo 12 de junio El Espectador publicó un aviso que pasó desapercibido: subastarían las joyas y relojes del extraditado paramilitar Éver Veloza García, alias “HH”.  Escondido entre los edictos y anuncios judiciales estaba un inusual listado de relojes de oro rosado y blanco de 18 quilates, anillos dorados con incrustaciones de piedras semipreciosas y dijes de plata. En total, 23 joyas de diferentes narcotraficantes y paramilitares, diez de estas pertenecientes a Veloza. No fue hasta el martes 28 de julio, cuando mandaron el comunicado de prensa, que los medios se abalanzaron sobre la noticia en busca de un vistoso titular.

Todos se apresuraron a anunciar que las “lujosas joyas de un exjefe paramilitar fueron subastadas por internet”, “extravagancias de ‘HH’ irán a subasta”, o hasta preguntar “¿Compraría las joyas de un exparamilitar?”. Pero detrás de la deslumbrante noticia está la historia de décadas de violencia en el Urabá, Cauca, Huila y Quindío.

El evento tenía como propósito recaudar un poco más de $57 millones para indemnizar a las víctimas del líder de los bloques Calima y Bananero. Si repartieran ese dinero entre las alrededor de 3.200 víctimas directas de Veloza, serían $17.800 para cada una.  

Aunque la cantidad de dinero no es representativa, el mensaje que deja es claro: la Unidad de Víctimas busca que los victimarios reparen monetariamente a los sobrevivientes de las masacres. La reparación, explicó Eugenia Morales, directora de Reparaciones de Uariv, no es solo física sino simbólica. “Es empezar a minar esos imaginarios en los que con la violencia se puede conseguir poder y felicidad”.

Esta es la primera de una serie de subastas que harán con bienes incautados y entregados, objetos que simbolizan el poder que otorgó la violencia. La siguiente será con motos y carros de alta gama.

En  agosto de 2008, cuando alias “HH” se acababa de someter a la ley de Justicia y Paz, reconoció el poder del simbolismo detrás de esos objetos. Embelesado por ellos llegó, a los 15 años, a trabajar como raspachín en el Guaviare. En esa ocasión reconoció, usando uno de sus relojes Bulgari, que haberse ido de su casa desde tan joven lo marcó. Pagar el precio del poder lo introdujo a la guerra.

Años antes, en 1996, el mismo Veloza se preguntó por la diferencia entre el valor y el precio de muchas cosas, entre ellas la vida. Vio que las matanzas en las que participaba por todo el Urabá antioqueño lo empezaban a afectar y tuvo ganas de retirarse. Se fue para “La 35”, la finca en Antioquia que servía de cuartel general de las Autodefensas Unidas de Colombia, y les dijo a los hermanos Castaño que no quería trabajar más. No lo dejaron retirar, sino que le dieron una licencia de seis meses de la que salió prematuramente cuando atacaron su finca en Tuluá. Volvió y se puso al frente del Bloque Calima. Eso sucedió a mediados del 2000, meses antes de que ese bloque masacrara a por lo menos 30 personas en El Naya (Cauca).  

Juan Carlos Niño, abogado de seis víctimas de la masacre, asegura que aunque este tipo de reparaciones son importantes, las víctimas también demandan garantías de no repetición. “La seguridad de que eso no volverá a ocurrir solo se la dará la penalización de los militares que ayudaron a ejecutar los homicidios. Ellos no están dentro de la justicia transicional acordada en Justicia y Paz y deben recibir sanciones de acuerdo a ley”, aclara.

El bloque Calima siguió delinquiendo hasta el año 2004 cuando se desmovilizaron con la Ley de Justicia y Paz. El 5 de marzo del 2009 alias “HH” fue extraditado a Estados Unidos y hoy cumple allá una condena de ocho años en el Metropolitan Correctional Center de Nueva York. De la cruenta violencia que ejerció quedaron tres herencias: las Bacrim, más de 9 mil víctimas y los relojes de oro.