En la piel de las víctimas del conflicto

Como juez promiscua de Bojayá (Chocó), Nigeria Rentería tuvo que vivir la ola de violencia que golpeó a la población cuando el paramilitarismo se asentó en el municipio.

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Nigeria Rentería nació en Codazzi (Cesar), pero la mayor parte de su vida ha transcurrido en el departamento del Chocó.
Nigeria Rentería nació en Codazzi (Cesar), pero la mayor parte de su vida ha transcurrido en el departamento del Chocó.
Nelson Sierra

¿Cuáles serán sus prioridades como defensora delegada para los derechos de los indígenas y las minorías étnicas?

Contribuir al fortalecimiento de las comunidades de base pertenecientes a los grupos étnicos, estimulando su ordenamiento social interno y su participación permanente en escenarios de posconflicto. No olvidemos que son más de 800.000 las víctimas del conflicto que hacen parte de grupos étnicos como los afrocolombianos, los indígenas, los gitanos, los raizales y los palenqueros. En este sentido, los procesos de capacitación sobre la propiedad colectiva y la defensa de sus territorios será fundamental para la garantía de sus derechos.

Ante la inminente firma de un acuerdo de paz entre las Farc y el Gobierno, ¿cómo está el panorama de verdad, justicia y reparación para las minorías?

 

Hay una gran oportunidad para las minorías étnicas, que han sido las más afectadas por el conflicto armado. Por eso, instrumentos como la Comisión de la Verdad serán fundamentales para la efectiva materialización de principios como verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición en favor de estas comunidades.

¿Cree que las minorías étnicas han sido bien representadas en La Habana?

Al inicio de las conversaciones, las partes establecieron una agenda de cinco puntos, con una ruta de participación en la cual se tuvo en cuenta a las minorías étnicas para que expresaran sus inquietudes en forma directa, además de otros mecanismos de participación. Sin embargo, hay cierta preocupación en los grupos étnicos frente a la implementación de los acuerdos y el impacto en sus territorios.

¿Colombia es racista?

Persisten hechos que demuestran que estamos todavía en una sociedad donde no toleramos ni aceptamos la diferencia, y es hora de que superemos eso si realmente queremos un país en paz. Aún vemos situaciones donde los niños tienen dificultades en los colegios por el color de su piel, y también en el tema laboral se frena el acceso de algunas personas por tener una condición social o racial diferente. Eso tiene que cambiar.

¿Cree que las leyes en Colombia fomentan la igualdad y la inclusión de las minorías?

La Constitución del 91 abrió ese camino. Últimamente las instituciones han ido avanzando, y hoy sus planes y programas de desarrollo incluyen un enfoque étnico diferencial. Claro, queda mucho camino por recorrer, porque no se trata simplemente de un reconocimiento sino de una verdadera igualdad de oportunidades para el acceso a la educación, a la salud y a otros derechos fundamentales.

De acuerdo con su experiencia, ¿cuáles son las principales barreras que tienen las mujeres para ocupar cargos públicos?

Vemos todavía con extrañeza que en ciertos escenarios, sobre todo en el sector privado, el salario no es en todos los casos equitativo con el de los hombres, aun cuando se trata de mujeres ejerciendo la misma tarea. Es un escenario que tenemos que superar. Asimismo, hay todavía barreras de acceso a escenarios de poder de decisión, pues aún se genera resistencia frente al tema de la mujer, y creo firmemente que el retén debe estar determinado únicamente por la capacidad de la persona.

¿De qué tipo de discriminación ha sido víctima?

Durante toda mi vida he estado en diferentes partes de Colombia, pero he estado muy ligada al Pacífico, donde me parecía normal la situación porque la mayoría éramos negros; algunas veces había indígenas y mestizos. Cuando llegué a la universidad me encontré con personas que, quizás queriendo que les agradara, me decían que yo no era como mi papá o mi mamá, y yo les decía que sí, que yo era como ellos porque eran mi familia y no tenía por qué desconocer mi raza o mi condición. Fue allí donde encontré ese escenario, que para mí no es aceptable porque nunca me he avergonzado ni dejado atrás mi origen ni mi esencia.

Hizo parte del equipo negociador del Gobierno en el proceso de paz con las Farc. ¿Qué aprendizajes le dejó esta experiencia?

Aprendí que es posible el respeto, que, a pesar de las diferencias e incluso las agresiones entre unos y otros, es posible sentarse a dialogar con la perspectiva de una paz estable y duradera para Colombia. Y esto debe servir para que como ciudadanos reconstruyamos también el tejido social y solucionemos las dificultades en los territorios.

¿Cuál fue su aporte más valioso como consejera presidencial para la Equidad de la Mujer?

Haber hecho parte de ese equipo de gobierno significó, por una parte, abrir un panorama frente a cargos de esta naturaleza, que generalmente habían sido ocupados por mujeres no negras, y se hizo un aporte en aspectos como visibilizar la victimización de las mujeres, no sólo desde el conflicto armado, sino también frente a factores como la violencia sexual y psicológica. Los avances en el teletrabajo para las mujeres cabeza de familia o que por sus condiciones de salud necesitan desempeñarse fuera de la oficina con igual reconocimiento y valoración, así como la lupa al embarazo en adolescentes, fueron otras de nuestras preocupaciones. Pero sin duda, la aplicabilidad de la Política Pública Nacional para la Equidad de la Mujer, adoptada en el Conpes 161 con 30 instituciones del Estado comprometidas, y la creación de la subcomisión de una mesa de género en el proceso de paz, con el fin de garantizar los derechos de la población femenina y hacer seguimiento a los acuerdos de La Habana, fueron los logros más destacados en esa gestión.

Fue juez promiscua de Bojayá. ¿Qué tan difícil fue ejercer este cargo, teniendo en cuenta que para esa época los paramilitares se estaban tomando parte del territorio?

Ese es un tema todavía muy sensible para mí. Tan sólo la forma de transportarme, que era en un panga, tres o cuatro horas desde Quibdó a Bellavista, era complicada. El hecho de estar en el mismo juzgado y sentir el mismo miedo que el resto de la población... Nunca viví en el juzgado porque era una construcción de madera, y justamente lo que uno pensaba era que podía ocurrir cualquier cosa. De tal forma que trabajaba allí en el día, pero en la noche dormía en una casa de cemento pagando alquiler, así tuviera que sacarlo de mi bolsillo, porque estaba primero el tema de la seguridad y el autocuidado. Yo tenía dos personas a mi cargo: el secretario del juzgado y la escribiente. Una tarde él se presentó y me dijo: “Jefa, me dieron 24 horas para irme o está en riesgo mi vida”, y tuve que quedarme con la escribiente porque nadie quiso reemplazarlo. Fueron meses de muchísima angustia, porque además, como juez promiscua, yo era la única autoridad y tenía que realizar los levantamientos.

¿Se arrepiente de alguna manera de su paso por la política?

No me arrepiento. Creo que fue una decisión bien tomada porque es necesario que surjan nuevos liderazgos que trabajen por las comunidades del Chocó. No quiero ser uno de aquellos espectadores de mi región, que se limitan a ver o criticar la situación de mi departamento en temas como la corrupción, la pobreza extrema, la educación y la salud deficientes, además de la violencia misma.

¿Volvería a aspirar a la Gobernación del Chocó?

Si las condiciones se dieran, sí. Creo que en tan sólo tres meses de campaña logramos una respuesta masiva que demuestra que las comunidades, a pesar de las dificultades, quieren salir de esa crisis de gobernabilidad y han empezado a tomar conciencia para decidir e incidir en su futuro.

¿Es cierto que en algún momento le ofrecieron ser reina? ¿Por qué no aceptó?

Sí, eso fue recién terminé el bachillerato. Me mandaron a la universidad. Fui inicialmente a Medellín, y la típica historia: iba por la calle, me bajé del bus y me encontré a una señora que justo era quien venía manejando a las reinas del Chocó, y después quería apoyarme en ese sentido. Pero mi papá dijo que él quería que su hija estudiara y que fuera una profesional, porque era la herencia que podía dejarme, y que él no tenía hija para reina. No me puse a contradecirlo y realmente me concentré en mis estudios. Me sacaron de Medellín a Manizales. Luego me presenté a la universidad en Bogotá.

¿Qué tan chocoana se siente y qué tanto cesarense?

Nací en Codazzi. Pero mi papá fue nombrado alcalde de Quibdó y nos devolvimos al Chocó cuando yo tenía seis meses. Realmente toda mi familia, mis abuelos y demás son del Chocó. Por eso viví mi infancia y mi juventud en esa región, y una vez me gradué regresé a Quibdó con la intención de sacar a mi mamá de la pobreza extrema y de ayudar a mi gente.

¿Siempre tuvo claro que quería estudiar derecho?

La verdad, no tan claro desde un principio. Mi papá me marcó mucho. Él es ingeniero agrónomo y fue uno de los primeros hombres negros, chocoanos, que pudieron estudiar. Estudió en la Universidad de Manizales, por eso me quería allá, y él me escogió las carreras cuando me gradué a los 16 años. Me dijo: “Mira, tienes cinco carreras, de las cuales puedes escoger una. Yo te voy a ayudar, pero tiene que ser una de estas cinco”. Las otras eran áreas de la salud (odontología y medicina),pero estaba también arquitectura. Las que él consideraba que eran el futuro para mí, y ahí estaba derecho. Yo estaba un poco afligida porque tenía dificultades para expresarme en público y socializar, y soñaba con poder subirme a una tarima a hablar y que la gente no se riera de mí. Así que pensé que lo más parecido y lo que me iba a ayudar a soltar la lengua era el derecho, y a partir de allí fui encontrando una gran afinidad con mi carrera.

Su mayor anhelo.

Que las comunidades tengan igualdad de opciones para mejorar su calidad de vida.

Una frustración.

La desesperanza de los jóvenes ante la falta de oportunidades, particularmente en territorios apartados como el Chocó. Unos estudiantes de Riosucio me preguntaban hace poco por qué ellos no son iguales al resto de los estudiantes, por qué no tienen el mismo apoyo que los demás.

Una embarrada.

No haber aprendido a nadar, teniendo el río Atrato cerca.