Tiene casi 170 años de experiencia, 19 museos y una colección de 159 millones de objetos

El Smithsonian y su aporte a la paz de Colombia

La institución más grande en temas de museografía es la encargada de guiar al equipo del Museo Nacional de la Memoria. Creen que no hay mejor momento para crear un espacio en el que se expongan las diferentes visiones del conflicto.

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Liz Tunick, representante de la oficina de relacionales internacionales del Smithsonian; Magdalena Mieri, directora del programa en Historia y Cultura de Latinoamérica del Instituto, y la curadora Olivia Cadaval.
Cristian Garavito

Que detrás de la construcción del Museo Nacional de la Memoria esté un grupo asesor del Instituto Smithsonian es garantía de éxito. El proyecto del Centro Nacional de Memoria Histórica, que buscó crear un espacio en el que se lograra relatar desde múltiples perspectivas el conflicto –puntos de vista de las víctimas y sus actores–, viene realizando una serie de reuniones con expertos del Smithsonian, quienes aseguraron que se trata de una experiencia incomparable, pues se está reconstruyendo la memoria de violencia y desplazamiento en medio de un conflicto que continúa.

No se trata de un asesor común que en sus manos tenga métodos revolucionarios. El Smithsonian es una institución en Washington (EE.UU.) con casi 170 años de experiencia, 19 museos, un zoológico, más de una decena de centros culturales y de investigación y una colección de más de 159 millones de objetos. Su colaboración en la planeación del Museo Nacional de Memoria se dio gracias a la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), a través del Programa de Fortalecimiento Institucional para las Víctimas.

Esta es la segunda visita –van tres reuniones en total, dos en Colombia y una en Estados Unidos– que realiza el equipo del Smithsonian. En esta oportunidad la asesoría estuvo a cargo de Magdalena Mieri, directora del programa en Historia y Cultura de Latinoamérica del Smithsonian, de la curadora Olivia Cadaval y de Liz Tunick, representante de la oficina de relaciones internacionales del Instituto. Al preguntarles por qué escoger el proyecto de Colombia, su primera respuesta es: “¿Por qué no?”.

Olga Cadaval manifiesta que es un momento de cambios culturales e históricos y “en medio de una historia que no ha terminado. El museo es una respuesta a la necesidad de tener una forma de explicar la complejidad de lo que sucedió”. Para Liz Tunick, las similitudes del proyecto con los propósitos del Smithsonian son lo que llama su atención, pues el objetivo es ser incluyente, contar difíciles historias –como lo hace el Smithsonian con el pasado americano– y generar espacios de diálogo entre personas que nunca han sido escuchadas.

Magdalena Mieri dice que el proyecto le fascina, al ver que la base para construirlo son las múltiples investigaciones que se han desarrollado en distintos territorios del país afectados por el conflicto. “El museo es más que un lugar icónico en Colombia que demuestra lo que pasó y lo que podría volver a pasar”, explica. “En el Smithsonian nos preocupamos por dar a conocer la historia de distintos grupos culturales y etnias. Los museos de la memoria se han convertido en centros muy importantes en el mundo. Como los del holocausto en Europa y otros relacionados a grupos indígenas. Es un interés global. También es muy importante que el Gobierno reconozca que esto es importante, pues brillante que apoye el proyecto”, agregó la curadora Olga Cadaval.

El debate de si el museo en realidad será el espacio apropiado para lograr la reconciliación en el país, lo resume Tunick en una respuesta: “Los museos pueden ayudar al desarrollo económico, a crear iniciativas educativas, a construir la identidad del país. Creemos en el rol cívico de un museo. Es un espacio donde las personas pueden estar inconformes y tener un diálogo que en otros escenarios no lo pueden hacer. Es cuestionar por qué las cosas sucedieron y por qué hicieron tanto daño por tanto tiempo. Algunas veces la gente no sabe que había una guerra en Colombia. Es un espacio donde se reconoce oficialmente lo que sucedió”.

“Este museo es el único que va a reunir a toda la nación. Es preservar la memoria y el material cultural, como las colecciones, los testimonios, para que, en cuatro o cinco generaciones, la gente que vaya al museo pueda ir a ver un brazalete o un fusil y entender lo que sucedió. Si no se resguarda ese material cultural, ¿dónde queda la memoria? Lo programas son geniales, pero son efímeros si no hay material”, es la razón para Mieri. Mientras que Cadaval agrega: “No hay nada más poderoso que tener un espacio, porque es un lugar real. Es decirles a las personas que tienen un espacio y que sus historias son importantes y deben ser contadas”.

El gran reto que el Smithsonian le ha planteado al Centro Nacional de Memoria Histórica es que no todo puede contarse inmediatamente. “El museo es un espacio que antes no existía. Lo importante es buscar la forma de poner a dialogar en un mismo espacio todas esas visiones. Somos observadoras externas y podemos decirles las cosas que están bien y preguntar cómo piensan hacerlo”, advierte Cadaval. Para Magdalena Mieri la respuesta la tiene el mismo equipo del Museo Nacional de la Memoria y que el Smithsonian les comparte su experiencia, metodologías y formas de organizar y construir un museo.

El Smithsonian encontró un proyecto con muchos avances, especialmente el diálogo con las comunidades –indígenas, campesinas, afrodescendientes, etc.– afectadas por el conflicto. Los documentos e investigaciones para las asesoras son de gran importancia, pues el museo, según ellas, se construye al tener buenas relaciones con los actores y las víctimas. Además, que permite que la imagen del museo se consolide en las regiones y no se piense como un espació alejado, construido en Bogotá y sin ninguna implicación para ellos.

Dinámicas de trabajo, metodologías, planeación, sostenibilidad de un museo, relaciones institucionales, estudio de públicos y manejo de colecciones son algunos de los puntos en los que se ha centrado la asesoría. El reto principal que han encontrado es cómo van a lograr contar 50 años de conflicto. “Es muy diverso y es necesario saber a quién incluir. Es mucho lo que han hecho y quieren todo. El reto es cómo priorizar”, sostiene Cadaval. Mieri añade: “Es un tema tan delicado que debe ser hecho de la mejor forma posible, para que la gente no se sienta excluida o agredida. Toda esa campaña de conocer cómo es el museo lleva mucho tiempo”.

Pero Tunick cree que el mayor obstáculo será unir al país en una misma dirección para construir el museo, pues al tratarse de temas complejos, como por ejemplo la forma de ver el conflicto, es difícil convencer a algunos sectores. “Por ejemplo, en Estados Unidos sucedió con el Museo de historia de la cultura afroamericana, hubo mucho debate. El reto va a ser tratar de construir el museo de la forma que se quiere. Hay mucho potencial, hay muchas voces incluidas”.

La primera propuesta que hace el Smithsonian es empezar con una exhibición por todo el país y de ahí sacar una primera evaluación. “Dejarse conocer, recabar las bases de los territorios, reflejar cómo se ve la gente a sí misma. Esa es nuestra recomendación, como para animarlos. Para que la gente se sienta vinculada y que ellos son parte de esa pluralidad”, dice Magdalena Mieri.

Para la directora del Museo Nacional de la Memoria, Martha Bello, la asesoría del Smithsonian también es un reto para ellos, pues el proyecto cuenta con poco tiempo y recursos para ejecutarse y no entienden cómo se van a contar 50 años de conflicto y responder a todas las demandas de las víctimas. Por eso las recomendaciones se han centrado en borrar la pretensión de querer contar e incluir todo y de fijar metas logrables. “Tenemos que responder a muchos sectores sociales que quieren que sus voces estén. No podemos dejar esto para años después, porque es el contexto especial para escuchar esas experiencias”, precisa Bello.

La directora del Museo Nacional de la Memoria considera que el proyecto es un dispositivo pedagógico, pues su construcción hace en el marco del conflicto armado. “El objetivo es crear un espacio desde distintos lenguajes artísticos, que permitan encontrar las diferencias y hacer una lectura crítica del pasado para pensarnos diferentes a futuro. Ese es el reto, un lugar en el que se diga desde el principio que todos no están de acuerdo, pero que eso no significa que nos sigamos matando”, concluye.

Tunick resalta que, más allá de su misión de compartir el conocimiento, lo que más han aprendido en el proceso es “la resiliencia de los colombianos, de pasar de algo increíblemente doloroso a querer entender qué significa y discutirlo con otras personas. Pienso que eso es muy poderoso e inspirador trabajar con este grupo. Es aprender sobre la resiliencia de la humanidad”. Para el Smithsonian existe una necesidad de contar, desde distintas voces, qué pasó en 50 años de conflicto y que el mundo conozca la capacidad de los colombianos de adaptarse a las dificultades vividas para que en un futuro no se repitan.

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