En el Día de las víctimas de este flagelo

Un alivio contra el dolor de la desaparición forzada

Veinte mujeres familiares de víctimas de desaparición forzada civiles y militares se reunieron en talleres de reparación para confrontar sus dramas a través del arte. Las Madres de Falsos Positivos y miembros del Ejército comprendieron que el dolor por la ausencia es el mismo. Hoy exponen su obra en el Museo del Oro.

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Gloria Martínez plasmó en esta exposición a su hijo Daniel Alexánder rodeado por toda su familia. Él fue ejecutado extrajudicialmente. / Mauricio Alvarado - El Espectador

Era la segunda vez que nos veíamos. Estábamos sentadas, formando una U en el salón. En ese momento nos explicaban qué íbamos a hacer con los objetos dañados que nos habían pedido que lleváramos. Debíamos repararlos. Al finalizar la explicación, Olga Esperanza Rojas sacó de su bolso una chaqueta del Ejército. Su esposo, el sargento José Vicente Rojas, desapareció hace 26 años y ella quería recordarlo y reparar su dolor por medio de esa prenda. El ambiente se tornó tenso, todos los rostros estaban expectantes, menos dos. Los de Ana Páez y Blanca Monroy, madres de Eduardo Garzón Páez y Julián Oviedo Monroy, quienes fueron desaparecidos y asesinados extrajudicialmente por miembros del Ejército, se descompusieron.

Nos habíamos conocido una semana antes de ese episodio, cuando llegamos al Museo del Oro con el objetivo de recibir un taller de reparación. Ellas se habían visto antes, en otros espacios, pero a mí no me conocían. En ese primer encuentro recorrimos parte del museo y de su exposición temporal ¿Esto tiene arreglo? ¿Cómo y por qué reparamos las cosas?, para luego pensar cómo las podíamos componer.

Al finalizar la primera sesión nos dieron una cartulina blanca y un lápiz de color. Escribiríamos o dibujaríamos las cosas que para uno son muy importantes, a pesar de que se averiaron. Yo no pude dibujar mucho, porque se me paró encima el peso de la ausencia familiar. Mejor, de la distancia. Pero ellas, que tenían una ausencia irreparable, encontraron objetos y maneras para recordar y reparar lo que se dañó o les dañaron.

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Entonces, en esa segunda ocasión ya todas habían decidido qué iban a hacer. Y apareció el camuflado militar. Olga Esperanza lo ofreció, pero Ana no lo pudo seguir viendo sobre la mesa. En cambio, tuvo que decir lo que estaba sintiendo. Ella veía ese camuflado y recordaba la primera imagen que tuvo de su hijo después de que fue desaparecido: un joven vestido de guerrillero, asesinado en un combate que nunca existió.

Las diferencias se manifestaron en ese momento. ¿Podían compartir un mismo espacio las mujeres cuyos hijos fueron asesinados y desaparecidos por militares con las mujeres cuyos esposos e hijos militares sufrieron los mismos hechos, pero a manos de otros actores? ¿Estaban ahí representando una institución o acaso era su dolor personal? ¿Qué era más importante para ellas: repararse o sentar una posición?

La discusión fue larga. Aparecieron voces para responder de manera distinta a cada pregunta. Apareció el dolor de años de ausencia, el dolor que a veces no permite continuar. Pero continuamos. Ana salió del salón para tomar aire. Olga Esperanza puso en palabras sus únicas intenciones de recuerdo y luego, cuando dijeron “manos a la obra”, ambas se miraron para luego abrazarse. Así comenzamos a entender que el dolor que causa la desaparición forzada no distingue formas de vestir ni instituciones.

Beatriz Méndez pide paz para que ninguna madre tenga que llorar la ausencia de un hijo. / Mauricio Alvarado - El Espectador

Esa era la búsqueda del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación al proponer estos talleres. “Queríamos saber qué significa la reconciliación para una ciudad como Bogotá, y esto nos lleva a pensar que, más que lograr una reconciliación con los perpetradores, debemos entender que quienes tienen historias que las han alejado por los hechos o por el sector al que pertenecen son las víctimas”, dice Carlos Arturo Charria, coordinador de la entidad. Entonces, por medio del arte, la estrategia de reconciliación de la Alcaldía Mayor de Bogotá pensó en propiciar un proceso para que las víctimas le hablaran a la ciudad sobre su forma de repararse, incluso unas con otras.

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Y eso hicieron. Cada una se dedicó a reparar su objeto con materiales dorados. Zoraida Muñoz, por ejemplo, llegó temprano a la tercera sesión para poder adelantar su trabajo. En sus manos tenía una flauta que ató a una cartulina y a una malla. Con paciencia iba pasando el alambre alrededor de ese cuerpo, porque no lo quería rayar y menos echarle silicona. ¿Cómo lo iba a hacer? Era la flauta de su hijo, Yonny Duvián Soto Muñoz. La flauta en la que tocaba melodías y la misma flauta que le recordaba a su muchacho yendo a la casa de este y de aquel, jugando por aquí y por allá, barriendo la casa, lavando los platos y haciéndole chistes a su mamá. Zoraida pasó el alambre y ató la flauta al papel como su hijo está atado a ella en su memoria: sin violencia ni malos tratos. Como lo recordaba antes de que fuera un “falso positivo”.

Y a su lado estaba Jaqueline Castillo, compañera en la Fundación Madres de Falsos Positivos, que olvidó en casa sus materiales y el trabajo adelantado. Su idea era materializar la necesidad de estar unidas en la búsqueda de la verdad. Para eso, de manera muy ágil, tomó un cartón y recortó cuatro figuras feminizadas. Cortó tela camuflada de la chaqueta que llevó Olga Esperanza y tela de un retazo propio. Recortó dos faldas y me pidió ayuda. Mi tarea era escribir y recortar dos palabras: verdad y justicia. Terminamos. ¿El cuadro final? “Las mamitas de la Fuerza Pública y las mamitas de Soacha que están buscando lo mismo”, les dijo a todas. Buscan esas dos palabras, pero también a los más de 80.000 desaparecidos que dejó el conflicto armado, según cifras del Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica.

No fueron sólo civiles, eso lo saben bien Ana Cárdenas y Bibiana Garay, quienes no vieron volver a su hijo y esposo, respectivamente, un soldado y un sargento mayor del Ejército. Uno a manos del Eln y otro a manos de las Farc. Ellas, además, vivieron la inoperancia del Estado cuando no las reconoció como víctimas. Pero esta vez tenían la opción de narrar otra cosa: el amor. El amor que tuvieron cuando estuvieron con sus seres queridos y que no cesa con la desaparición.

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Entonces, casi al finalizar la penúltima sesión, Olga Esperanza hizo una petición: que cada una le aportara algo a su obra. Ella quería tenerlas juntas. Cuando estuvo terminado lo vio y, entre lágrimas, supo que en su larga búsqueda no estaba sola. Y ahí estuvieron todas para abrazarla.

Pero los abrazos más largos surgieron cuando vieron montada la exposición, que no distinguía a unas de otras, que no tenía uniformes ni siglas, sólo oro. Al empezar nos dijeron que el oro, para los indígenas precolombinos, era lo que venía del dios sol y lo representaba. Es decir, el valor no era económico. Esta vez el oro que brilla en la exposición Nósfera de reparación es la presencia que se robaron, pero que ellas, con sus manos, fueron capaces de volver tangible. Así trajeron de regreso lo más amado. Repararon por un momento la ausencia.