“¿Dónde está mi hijo?”, le pregunta una familia a las Farc

Sergio Mauricio Araque Cordero, de 14 años, fue reclutado por esa guerrilla en 1999, según sus familiares, y desde entonces le perdieron el rastro. Tuvieron que esperar 18 años para dejar a un lado el miedo y acudir a las autoridades.  

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Sergio Mauricio Araque Cordero, de 14 años, se fue a trabajar como "raspachín" en el sur de Bolívar, en 1999, y, según testimonios dados por sus familiares, fue reclutado por la antigua guerrilla de las Farc. /Archivo particular

Dieciocho años después, ante la Fiscalía de Soledad (Atlántico), la familia Cordero se armó de valor para romper el silencio. Sentían que estaban listos, a finales de 2017, para contarle al Estado la historia de la desaparición de Sergio Mauricio Araque Cordero, de 14 años, ocurrida en 1999. Una historia que quedó inconclusa desde el momento en que un hombre, que se identificó como miembro del Frente 24 de las Farc, llegó hasta su casa, en Barrancabermeja (Santander), les entregó una carta y les dijo que el menor ahora hacía parte de las filas de esa guerrilla.

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Todo comenzó cuando las bajas calificaciones escolares de Sergio Mauricio, así como sus problemas cardiacos, se convirtieron en motivos suficientes para afianzar su convicción de empezar a trabajar. Renunció a la escuela y se dedicó a ayudar a su mamá, la señora Farides, en el modesto restaurante que levantaron en el barrio Las Camelias, en el mismo lugar donde residían. Su vida transcurría entre trabajar y viajar a la vereda Pénjamo, a 20 minutos del casco urbano, en donde vivían sus familiares más cercanos.

Allí se hizo amigo de un joven de su edad. Hablaron de formas de ganarse la vida y, al cabo de un tiempo, él le dijo a Sergio Mauricio que había salido una oportunidad para ganar buen dinero en una finca en el sur de Bolívar como cosechadores de hoja de coca. Buscaban “raspachines”. No se resistió: empacó su maleta con un par de mudas de ropa, se embarcó con su amigo en una lancha por el río Magdalena y volvió pasadas dos semanas. Lo hizo antes de lo previsto, debido a que una gripa lo obligó a guardar reposo en casa.

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Con el dinero producto de su trabajo compró medicamentos y ropa. Una vez se recuperó, volvió a emprender el mismo viaje 20 días después. “Cuando se fue dijo que iba a estar trabajando y que regresaba pronto”, indica la señora Farides. Al cabo de una semana, el muchacho con el que Sergio Mauricio inicialmente había emprendido el viaje regresó a Barrancabermeja. Le dijo a la familia Cordero que le había perdido el rastro de su compañero. “El dueño de la finca, conocido como El Pollo, y los compañeros de trabajo de la finca, le contaron que se había ido con las personas del Frente 24 de las Farc. A él le entregaron la maleta con sus cosas (una muda de ropa) y él nos la dio a nosotros”, asegura Marco Alexander Portilla Cordero, hermano del joven.

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Los familiares de Sergio esperaban que él volviera por sus propios medios. Las noticias llegaron un año después con un emisario joven, vestido de civil, quien se presentó como miembro de ese frente que delinquía en el Magdalena Medio. “Nos pedía que le mandáramos dos camisetas verdes y un radio de esos en los que se escuchan las noticias. Decía que estaba bien y que quería irse con ellos”, añade Marco Alexánder.

Relatan que el emisario volvió a las dos semanas para recoger las cosas. La señora Farides y Marco le pidieron verlo, hablar con él, decirle que no estaban de acuerdo con esa supuesta decisión de unirse a las Farc. “Nos respondió que en ese momento no se podía ir a verlo, que la situación estaba muy complicada por allá”, recuerda su hermano. Ese joven se fue. Nunca más lo volvieron a ver, así como a Sergio Mauricio.

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A pesar de su sufrimiento, la familia Cordero se abstuvo de acudir a la justicia. Para ellos era claro que cualquier intento por acercarse a las entidades estatales le podría representar a Sergio Mauricio un castigo impredecible. Por eso decidieron permanecer en silencio.

En medio de la espera, transcurridos tres años, un grupo de hombres que dijeron pertenecer a las autodefensas llegaron hasta la casa de la señora Farides para hacerles una exigencia que se había vuelto común en la zona: abandonar el territorio. “Nos dijeron que éramos colaboradores de la guerrilla porque Sergio Mauricio estaba en las Farc”, explica Marco Alexánder. Les dieron unos días para que empacaran sus cosas y se fueran. De lo contrario su vida estaría en riesgo. En menos de una semana ya estaban hasta Soledad (Atlántico), su nuevo lugar de residencia.

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Fueron reconocidos por la Unidad de Víctimas por desplazamiento forzado, pero no denunciaron el reclutamiento de Sergio. Decidieron buscarlo por sus propios medios. A través de Facebook se pusieron en contacto con personas que aseguraron haber pertenecido a ese frente de las Farc. Les enviaron la fotografía, el nombre, y les dieron detalles del momento en que fue reclutado. “Hablé con una mujer que dijo que las bases de datos se habían perdido y que si él no había vuelto a la casa era porque ya no estaba en este mundo”, dice Marco. También habló con otro hombre que estuvo interesado en conocer el caso, pero cuando le explicó que Sergio Mauricio tenía 14 años cuando fue reclutado, el individuo dejó de responder.

A finales de 2017, la familia Cordero fue a la Fiscalía para dar a conocer su caso. “Más que una indemnización, nosotros queremos saber qué paso; si está vivo, ¿en dónde está?; si está muerto, ¿cómo murió, bajo qué circunstancias?”, agrega su hermano, quien cada vez que habla de él recuerda un momento clave de su infancia, por allá en los años 80, cuando Marco estuvo a punto de ahogarse en un río de Pénjamo y, mientras trataba de salvar su vida, veía a Sergio Mauricio llorando ante la impotencia de no poder salvarlo. Ese día, él logró sobrevivir, pero hoy siente una impotencia similar, perenne, que lo agobia por no poder hallarlo.