Mapiripán: del conflicto de la guerra al conflicto de la paz

Sentados cado uno en la esquina de sus recuerdos, tres víctimas del conflicto armado reconstruyeron los escombros de las masacres ocurridas hace 20 años en la región, de las que todavía se pueden palpar las esquirlas,  la más dolorosa, tal vez, la del olvido.

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Entre el 15 y 20 de julio de 1997, los paramilitares de Carlos Castaño perpetraron la masacre en este municipio del Meta / Rafael Espinosa - Unidad para las Víctimas

 “A mi familia le tocó la violencia desde el 53, en Icononzo, en el Tolima; fuimos desplazados y estuvimos un año en el monte hasta cuando Rojas Pinilla entregó el poder. En los años 60, la guerrilla se organizó y comenzó a reclutar, por lo que mi madre prefirió vender la finca a que le quitaran los hijos, y así en el 69 llegamos Bogotá… más adelante me fui para Villavicencio donde oí de Mapiripán y me dije vamos para allá.

Cuando llegué, hace 36 años, había pasado el auge de la marihuana y estaba el de la coca, una economía flotante porque era como el dólar, a veces subía y a veces bajaba. Se movía mucho la plata, la gente vivía de sus negocios, nadie compraba una pastilla, ni media, compraba el mercado completo.

Se estudiaba solo la escuela. El más berraco estudiaba hasta quinto de primaria, porque el pelado que tenía 15 iba a raspar coca, ahí estaba la plata, había la fiebre de las alhajas, del revólver, de las mujeres –como era vendedora ambulante conté 120 cabareteras que iban al control en el centro de salud–, pero luego el negocio se ponía mal y la gente se iba, después mejoraba y volvían. Pero no todo era coca, había papa, yuca, algodón, arroz y la ganadería era excelente”. Fátima Gómez, 65 años, víctima de desplazamiento.  

Actividad guerrillera

“Antes de lo de Mapiripán, las Farc me reclutaron un hijo de once años en la inspección de Puerto Alvira, a una hora y media en lancha, en julio de 1987, una mañana cuando se fue con otros muchachos a pescar para traer la comida a la casa. No habíamos recibido amenazas, pero antes se habían llevado a otros jóvenes. Dijeron que los regresarían en dos meses, pero nunca volvieron. Aquí primero llegó el negocio de la coca y luego la guerrilla.

Tengo entendido que llegaron a organizar la problemática de los grandes terratenientes que eran muy crueles con la comida y con el pago, porque cuando el trabajador, luego de camellar un año, le decía al patrón que se iba, le pagaban, pero por el camino lo esperaban y la platica volvía al dueño. Además, los dueños de las cocaleras y los terratenientes enviciaban a la gente. Optaron por ganar de la coca. Tenían de bueno que hacían cumplir ciertas leyes. Al trabajador no se le podía dar mala comida y tenían que darle su pago. Hacían jornadas de aseo y ponían a trabajar a todos. En diciembre ordenaban que se pintaran las casas y, a veces, traían los galones de pintura.

Cuando yo era joven no había amenazas; esto era de ellos y se trabajaba para ellos, ya que coordinaban los trabajos. Todo cambió cuando se formó la UP. Había que ir a las reuniones del partido, nadie podía quedarse en la casa. Nosotros nos tuvimos que venir y perder la finca en la vereda por no perder los muchachos.

La primera organización que hubo por aquí fue la Unión Nacional de Oposición (UNO), luego se formó la Unión Patriótica, después escuchamos de Los Guerreros, de los Muchachos. Había leyes buenas y leyes malas. De estos ‘ires y venires’ se presentó la toma de la policía  y a los dos años fue la masacre. Se dice que había unas razones de esa toma, no las justifico: que la policía negociaba directamente la coca, ayudaban a llevarla y hacían torcidos. Es que usted veía un policía raso, nuevo en el pueblo, y a los dos o tres meses parecía una vitrina de alhajas que no se compraban con el sueldo, entonces quién sabe qué hicieron y por eso se tomaron esa vaina.

A algunos personajes de San José les dijeron que dentro de poco tiempo se iban a cobrar la humillación con la toma de la Policía. Los rumores se convirtieron en una crónica de una masacre anunciada. Por eso, la guerrilla impuso una ley que prohibía la entrada de camiones… todo entraba y salía por avión, y así hubo una época que la gente de Mapiripán no podía salir ni a San José del Guaviare. Luego de la toma no volvieron a enviar policías”. Esperanza Corredor, 58 años, víctima de paramilitares y de guerrilla.

La matanza de Mapiripán

“Hacia las 9 o 10 de la mañana, del 15 de julio de 1997, entraron al pueblo hombres vestidos de soldados que llegaron de San José del Guaviare por el río, con botas plásticas hasta la rodilla, peinillas y puñaletas ‘terciadas’, sombrero enroscado; todo el atuendo era militar. Ellos dijeron: ‘llegó el Ejército’. Dieron vueltas por el pueblo, cortaron la comunicación, no dejaron salir a nadie de Mapiripán, el que entraba ya no podía salir, y si no tenía identificación lo ‘pelaban’. Cuando se empezó a escuchar que la gente gritaba, dijeron que eran un grupo paramilitar y comenzaron a sacar gente de las casas, a llevarlos al matadero viejo donde los amarraban y los torturaban. Ellos traían una lista y cogían a la gente según la lista”, evocó Esperanza Corredor.

“Se supone que era un listado de colaboradores de la guerrilla y de gente que había tenido problemas con personas que se fueron de esa comarca y se metieron al paramilitarismo y que se desquitaron, por lo que también fue un acto de venganza”, aseveró Francisco Hincapié, víctima de la masacre de Caño Jabón, inspección de Mapiripán.  (Ver La última batalla de Puerto Alvira)

“La teoría es que hubo gente camuflada de los ‘paras’ o del ejército en las Farc, que se enteraron quiénes eran más allegados a la guerrilla, quiénes iban a determinadas reuniones. Yo como soy atrevida conversé personalmente con uno de ellos y le pregunté que quiénes eran los paramilitares, qué buscaban, cuál era su ideal, porque no entendía nada, y me respondió: ‘a nosotros nos pagan los ganaderos, los grandes finqueros a los que la guerrilla explota; no nos tenga miedo a nosotros, téngales miedo a los que los señalan, me lo dijo un negro grandísimo, que daba terror verlo. Con el problema de las acusaciones se perdió la confianza hasta la fecha, hubo acusaciones con razón o sinrazón, porque en esa mezcla hubo gente que le trabajo al Ejército, otros a la guerrilla o a los paramilitares”, indicó Fátima Gómez.

“Usted tenía que saber qué decir, porque podía morir por lo que decía. Nos encerraron en las casas. Vivimos una zozobra horrible. Debido al terror tuve una trombosis facial, se me pudrió la mitad de la cabeza, me chorreaba sangre y me torcí, lo que afectó mi embarazo de cuatro meses: tuve a mi hija con malformación física. Un día, como a las dos de la tarde, cuando creíamos que los paramilitares se habían ido, nos dijeron que fuéramos al río a ver si los muertos que estaban flotando los conocíamos para sacarlos. Vimos los cuerpos quemados, sin pelo y abiertos por el frente”, aseguró Corredor.

“Yo como salía a trabajar vi que al señor Ronald Valencia le habían quitado la cabeza… hubo un juez que alcanzó a denunciar la masacre el mismo martes que llegaron, pero el Ejército llegó el domingo después de las dos de la tarde. A ese señor lo tuvieron que sacar del país”, apuntó Gómez.

“Uno ‘rendijeaba’ a ver qué pasaba, y nos preguntábamos cuándo nos tocaba a nosotros. Una noche nos quedábamos en una pieza, a la siguiente, en otra. Incluso, cuando todo terminó vino un medio de comunicación que nos encontró escondidos en la trinchera que cavamos. Allí teníamos agua, una manguera, un colchón, una cobija, que tapábamos con un tendido de tablas. La trinchera la tuvimos porque, antes de la llegada de los paramilitares, una vez vino el ejército y tuvo un enfrentamiento con la guerrilla, y en la noche la calle se iluminaba de rosado, morado, amarillo, por las bombas que caían… no sabíamos quiénes las botaban. Incluso, por el enfrentamiento, un sargento estuvo en la casa y nos dijo que nunca más nos escondiéramos en ese hueco porque si una bomba caía más cerca, la ola nos reventaba, que pusiéramos colchonetas y nos acostáramos encima, que la ola la recibía el colchón y que el golpe era como una palmada, pero no tapamos la trinchera porque no le creímos”, narró Corredor.

“Entre el 2001 y el 2005, era impresionante 30 o 40 cilindros diarios en una época. Todo el mundo corría, la gente hacía trincheras. Uno tenía que salir de donde estuviera a mirar el cielo a ver por dónde venía y correr para el otro lado. Los cilindros traían botella, tachuela, puntilla, estiércol de marrano. Eso para mí fue más terrible que la misma masacre, porque uno no sabía a qué horas caían. Hubo un muerto, pero no porque le cayera un cilindro sino por avisarnos que iban a caer en tal parte”, dijo Gómez.

Pesadilla en Puerto Alvira

“Luego de Mapiripán, los paramilitares pasaron por el caserío de La Cooperativa que queda a una hora. Por allá hubo más de 100 muertos. Después se despertó el rumor de que a Puerto Alvira iban a entrar los paramilitares a hacer una masacre, y quienes nos advirtieron fueron los guerrilleros del frente 44 que estaban por allá. Como la única ley era la de la guerrilla, ellos decían que había que estar alerta, pero no pasaba nada. El día menos pensado, 10 meses después de lo de Mapiripán, un 4 de mayo, de 4 a 5 de la mañana, llegaron los camiones de las remesas cargados de paramilitares.

Nadie se ‘escamoseó’. Eso lo tengo muy presente porque yo cumplo años el 3 de mayo y tenía un guayabo muy berraco. Se escucharon unos tiros, pero yo no les puse cuidado porque cada rato hacían disparos, hasta cuando el pelado me dijo mire ‘mano’ que llegaron unos ‘manes’ en camiones vestidos de uniforme y están matando a la gente en el centro; claro yo quedé despierto y más no demoramos en acomodarnos cuando ya los teníamos encima.

Estaba lloviendo. Llegaron tumbando puertas, “madreando” a la gente y sacándola de las casas. Nos reunieron en el polideportivo, en la cancha de fútbol y en la pista. A mí me tocó en el polideportivo. Se presentaron como autodefensas de Urabá y tenían un listado de nombres, pero buscaban gente que ya no estaba ahí, así que dijeron: ‘fórmense de a grupos de seis’. Sacaron siete personas de los grupos y se los llevaron para el lado del puerto de la bomba.

Incendiaron el pueblo, saquearon, golpearon gente, amenazaron y, que yo sepa, no hubo actos de violación contra las mujeres… en esas duraron de las 11 hasta las 3. Se fueron, pero amenazaron con volver y si encontraban a alguien a su regreso los iban a matar a todos. Cuando los vimos lejos nos dijimos: bueno, a abrirnos del ‘parche’, porque estos manes se devuelven y nos ‘pelan’ a todos. A los siete que sacaron de las graderías los mataron y los quemaron y ahí quedaron arrumados.

Esa tarde de un 100% nos abrimos un 95% río arriba y río abajo. Al otro día los más ‘entrompadores’ nos devolvimos a ver cómo había quedado todo. Llegaban camionetas con los muertos, como el que destriparon al pasarle la camioneta por encima, porque los ‘paras’ a todo el que encontraban por el camino lo iban ‘pelando’ para que no fueran a avisarle a la gente.

Después hubo otras entradas paramilitares. ‘Los Buitragos’ llegaron a buscar a los que tenían conexión con la guerrilla, se llevaron a unos milicianos y a unas guerrilleras, pero advirtieron que si había alguien que estuviera untado de guerrilla que se abriera porque volvían a entrar y lo ‘pelaban’”, contó Hincapié.

“’Los Buitragos’ fueron peor, no hubo muertos por masacre, pero se llevaron gente que nunca volvió, atropellaron gente, en las veredas violaron mujeres. Si a algunas personas no les diera miedo hablar lo que estoy hablando, contarían la cantidad de violaciones que hicieron, la cantidad de gente que mataron en las veredas”, corroboró Gómez.

“También viví el secuestro masivo en Mocuare (Guaviare), a tres horas en voladora de Mapiripán, por parte de la guerrilla, que se llevó a todo el pueblo de Puerto Alvira para evitar que el Ejército los atacara. Allí nos tuvieron retenidos, en el 2002, como 4 meses, para evitar que el Ejército los atacara. Cuando regresamos todo el mundo se abrió como pudo, hasta que se desocupó el pueblo totalmente. Cayó el cuento de la coca y ahora es un moridero.

En Puerto Alvira yo conté 47 muertos, fuera de los que agarraron en las fincas. Dicen que La Cooperativa puso más de 100 muertos. La historia es que en la región de Mapiripán hubo más de 250 muertos que no han esclarecido. Si tuvieran la oportunidad de ir al Rincón del Indio a Mocuare, a unos caseríos donde también mataron y les tocó mirar, a Charras y Juana Palo, en Guaviare, que son familia de gente que vive aquí, tendrían la historia completa”, recalcó Hincapié.

Señales de tranquilidad

“Después del 2005, en Mapiripán la vida comenzó a normalizarse; duramos un tiempo que parecía un pueblo fantasma. Mucha gente que se fue no volvió y la economía no volvió a surgir”, declaró Gómez.

Pasaron las masacres pero quedamos entre dos fuegos: el que viviera en el pueblo era considerado paramilitar y el que viviera en las veredas era guerrillero, es que de aquí para arriba le tenía que vender a los ‘paracos’ y los de aquí para abajo tenían que venderle a la guerrilla. Perdimos la finca y no teníamos derecho de regresar… nos quedamos en el pueblo con la misma zozobra.”, expresó Corredor.

“A mí me tocó trabajarle a la guerrilla, al ejército y a los paramilitares… yo trabajaba por mi plata, no por regalado. Ellos decían que eran conscientes de que a todos les trabajaba y a todos les cobraba; si usted se ponía de lambón y no cobraba, ahí sí se podía ganar un tiro. Hubo muchos que la embarraron. Ahora, en otras poblaciones uno reconoce a tal persona que era del frente 44 o del 17 y que hoy en día es un civil que está trabajando, y si me saluda lo saludo, como va a pasar aquí, tarde o temprano nos va a tocar convivir con esa gente”,  subrayó Hincapié.

El conflicto de la paz

 “En este momento las víctimas tanto de paramilitares y de guerrilla convivimos tranquilamente, sabemos que somos víctimas del conflicto tanto de un grupo como del otro”,  enfatizó Corredor.

“El cuento de la paz es muy bueno, pero mientras en Colombia el negocio de las armas sea uno de los mejores negocios que hay, la paz en Colombia es una gran mentira. Ya se sabe que el frente primero de la guerrilla no se desmovilizó, pero de los paramilitares no he sabido, ni me he encontrado, ni me han dicho. Como esto se quedó sin Dios y sin ley ha habido problemitas: por allá abajo mataron a un señor por robarlo, después mataron supuestamente a uno de los ladrones. Esto es parte de lo que se viene con el posconflicto y se va a poner más berraco porque el ejército no va a poder llenar todos los reductos.

Además, esta vez viene la persecución de los que no se han querido desmovilizar, que tal que usted pase por una zona donde están persiguiendo a un reducto y es tan de malas que se enamoran de usted, resulta que aparecerá como guerrillero o como paramilitar. Los que vamos a poner los muertos y la cara somos los campesinos en el conflicto de la paz, primero fue el conflicto de la guerra ahora viene el conflicto de la paz”, anunció Hincapié.

“Con tanto escándalo con el cuento de las víctimas de Mapiripán, se debería tener un pueblo mejor, al que cogieron las iglesias para acabar de embrutecer a la gente; ahora todo se volvió el temor a Dios”, manifestó Gómez.

“Aquí en Mapiripán, las víctimas no sabemos bien cómo quedamos con los acuerdos… hasta ahora nos van a dar una cátedra sobre cómo nos beneficiamos las víctimas del conflicto armado. Hace un mes comenzaron a mover el tema de la indemnización. Ya han llamado a unos. Van a venir charlas psicológicas, que viene la Unidad para las Víctimas y la Unidad de Tierras, gracias a que se ha estado puyando por un lado y por el otro”, confesó Hincapié.

“Espero que organicen un pueblo dignamente, que pongan a la gente a vivir dignamente, que tecnifiquen el campo… la construcción de la carretera y del puente para sacar los productos a vender es bueno pero no la panacea. Para que el posconflicto y el cuento de la paz sea un éxito en Colombia se necesita que de verdad le pongan la mano al campesino, porque en Colombia en 10 años vamos a estar aguantando hambre, no porque el país no produzca, sino porque tienen abandonado al campesino”, vaticinó Gómez.

Perdonar o no perdonar, esa es la pregunta

“Yo le manifiesto una cosa: a mí no me gusta la violencia y estoy de acuerdo con la paz, pero si la guerrilla o los paramilitares me hubieran destrozado un hijo como hicieron con muchas mamás de aquí, no sería capaz de decirle a don ‘Pinochenko’: usted mató a mi mamá, tranquilo... no tendría ese corazón de perdonar”, admitió Gómez.

“Cada día buscamos que no haya conflicto, vivir en paz, vivir mejor, y aunque la vida nos dio muy duro hay que salir adelante y perdonar a mucha gente que ha hecho tantas masacres, tantas cosas. Yo puedo decir que he perdonado, uno le pide a Dios que le ayude y lo saque adelante, aunque es muy difícil, pero uno tiene que buscar la solución a las cosas, porque toda la vida no podemos vivir con esa tristeza”, concluyó Corredor.

*Nombres cambiados por razones de seguridad.

*Periodista Unidad Nacional de Víctimas