Sobrevivientes de la guerra: guardianes del bosque seco

Después de los enfrentamientos entre grupos armados, las pocas familias que quedaron en la vereda Brasilar, en los Montes de María (Bolívar), están aprendiendo a proteger las cuencas de los ríos y las especies nativas de ese ecosistema que está en peligro de extinción, y a reforestar los nacederos de agua.

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Las quebradas son vitales para la comunidad de la vereda de Brasilar porque no tienen acueducto. / Fotos por: Gustavo Torrijos

Eduardo Segundo Rodríguez lleva más de cinco décadas viviendo en la vereda Brasilar y todavía se sorprende con los sonidos que entonan los canarios, las loras, las guacharacas, las cigarras y los grillos cuando amanece. Esa sinfonía natural y tener “un arrume de ñame y los huevos de las gallinas para comer sin problema” fue lo que lo mantuvo en esta vereda del departamento de Bolívar durante lo más duro del conflicto armado en los Montes de María.

Él y su familia se quedaron cuando el Ejército sólo les permitía traer una libra de carne al día para su familia de 12 personas. Volvieron después de que los enfrentamientos se habían hecho tan intensos que se tuvieron que desplazar al casco urbano de San Jacinto, a una hora de su vereda, por seis meses. Regresó después de pasar seis meses en la cárcel porque un informante, en la época del gobierno del presidente Álvaro Uribe, lo acusó de surtirle comida a la guerrilla.

Mientras veía decenas de familias salir corriendo, él sentía que debía quedarse porque la tierra en la que vivía era demasiado rica: todos los diciembres observaba cómo los árboles se desnudaban dejando sobre el suelo una crocante capa de hojas secas. Luego, a finales de marzo, empezaban las primeras garúas, como llaman los vallenatos a las lloviznas. Entonces, de un día para otro, como si se tratara de una explosión verde, todos los árboles se llenaban de frutos y follaje, los insectos salían de sus túneles subterráneos y los pájaros llegaban a comer.

La sospecha de que vivía en un lugar privilegiado fue confirmada en marzo de 2014, cuando el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Instituto Alexander von Humboldt y la Corporación Paisajes Rurales llegaron a la zona a iniciar un proyecto para usar de forma sostenible y conservar la biodiversidad. Les contaron que priorizaron esa zona porque es un bosque seco, uno de los ecosistemas más degradados del país y en riesgo de desaparecer. Estas tierras, altamente productivas, se han usado históricamente para plantar toda clase de cultivos o criar ganado.

Estudios realizados por el Instituto Alexander von Humboldt han determinado que originalmente este ecosistema cubría más de 9 millones de hectáreas, de las cuales queda apenas el 8 %. Preocupa que tan sólo el 5 % de lo que queda, es decir, el 0,4 % de lo que había, hace parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (Sinap) del país.

Lo más grave es que las tierras que fueron deforestadas para ganadería o agricultura dejan de ser productivas hasta para dichas actividades, por eso son insostenibles. Estudios del Instituto Humboldt han demostrado que el 65 % de las zonas que han sido deforestadas y eran bosque seco presentan desertificación. Los nacederos de agua se secan, el suelo se erosiona, las temporadas de lluvias se vuelven cada vez más cortas y las especies animales empiezan a extinguirse.

La falta de agua, por ejemplo, es especialmente problemática para la vereda Brasilar, que nunca ha tenido acueducto ni alcantarillado y depende directamente de los arroyos y los manantiales para su sostenimiento. “Con este verano tan terrible, llegó un punto en que se me iba todo el día sólo buscando agua para mí y para la casa. Hasta pensé en vender todo e irme. Pero un día, mientras buscábamos, mi hijo menor descubrió otro ojo de agua en medio de una tierra que habían quemado para sembrar. Gracias a ese ojo de agua tenemos para la siembra y los animales”, cuenta Marisol Castro, una campesina que lleva casi 30 años en la zona y hoy participa en el proyecto del PNUD como guardiana del bosque.

La experiencia fue un alivio inmenso para la familia, pero también un aviso sobre lo delicados que son los nacederos y lo mucho que los afectaría si se secaran del todo.

Con experiencias como esta, los campesinos se han convencido de la necesidad de entender y preservar cada una de las conexiones que hacen parte del bosque seco y que hacen posible que sea la gran despensa ecológica que es.

Quizás por esa comprensión las familias de Marisol y Eduardo se convirtieron en guardianas del bosque. Empezaron a proteger y reforestar los cauces de quebradas y ríos; crearon un vivero donde cuidan cedros, caracolíes y otros árboles autóctonos para luego llevarlos a otras zonas deforestadas, y también tienen una zona de árboles adultos en edad fértil que cuidan y limpian para que sean su banco de semilla. “En todo este proceso los árboles se vuelven como parte de uno”, dice José Luis García, esposo de Marisol, mientras sostiene las plantas con orgullo. Con la guía de expertos, los campesinos también están sacando adelante cultivos ecológicos en sus fincas: dejaron de hacer quemas agrícolas, no comercializan madera de los árboles nativos, no cultivan cerca de los nacederos de agua y cuando talan árboles para poder plantar lo hacen teniendo en cuenta su edad y salud. Talan pero luego dejan que la madera se descomponga durante un año para que actúe como abono. “La protección de los suelos es vital, porque si no hay cobertura vegetal, las fuertes lluvias causan derrumbes y erosiones que afectan la fertilidad de los suelos”, explica Yinethsy Pérez, funcionaria del PNUD que coordina las relaciones entre la comunidad y las instituciones y asesora los procesos de restauración del bosque. Estas estrategias luego las replican entre las otras 10 familias de la vereda.

El PNUD reconoce cada mes el trabajo de conservación de las familias y, a través del BanCO2 y la Fundación Masbosques, les paga por cuidar los recursos ambientales. Esto, dice Marisol, los ha ayudado a costear parte del estudio de sus hijos y les ha demostrado lo importante que es a nivel nacional que ellos cuiden su pedacito de bosque.

Como Bolívar es uno de los departamentos que más conservado tienen el ecosistema, su experiencia ha servido como ejemplo para el Cesar, La Guajira, Valle del Cauca, Huila, Tolima y Nariño. Allí, aproximadamente 360 familias que viven en territorios donde el ecosistema también está en riesgo, participan en el proyecto como guardianas de los bosques.

En busca de guardianes

Acompañar a las familias que volverán a sus territorios gracias al Acuerdo de Paz que alcanzó el Gobierno con la guerrilla de las Farc es el reto hoy, explica Yinethsy Pérez. Esto es vital ya que en esta zona en particular el conflicto ralentizó la deforestación. La idea es que los actuales guardianes del bosque, las entidades del Estado y la cooperación internacional ayuden a replicar las prácticas de agricultura sostenible con los campesinos que retornarán. “Queremos ayudarlos a encontrar formas de usar el bosque para mejorar su calidad de vida y al mismo tiempo preservar la biodiversidad. Crear un equilibrio entre lo que tomamos de la naturaleza y lo que preservamos”, comenta Yinethsy.

Hacer que el campo sea rentable y sostenible es muy importante, ya que la causa más recurrente de desplazamiento del campo no es sólo la guerra, también la pobreza extrema. Según el censo agrario de 2015, el índice de pobreza multidimensional en el campo es del 44,7 %.

“No se olviden del campo. Debemos llevar este mensaje al Gobierno y a las aulas escolares para resignificar la importancia de la naturaleza y que valoren el trabajo del campesino y quieran quedarse en su tierra. Aquí hay una riqueza muy grande, y si la sabemos cuidar, muchas otras generaciones podrán disfrutarla”, concluye José Luis García.