La experiencia de “Desaprender”

Siéntase unos minutos dentro de la guerra

Una exposición en el Festival de la Memoria de la Universidad de Córdoba permite a la gente sentir los olores, ruidos y miedos del conflicto.

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Con los ojos vendados se transita por una de las salas de la exposición “Desaprender”.
/ Fotos: Fundación Chasquis

El bochorno típico de Montería se estaciona bajo árboles que disipan la luz del sol entre un bloque de salones y otro. Relajados, varios estudiantes de la Universidad de Córdoba esperan sus turnos. Por ahora seremos siete los que ingresaremos. En cola, coincidimos en que no sabemos a qué nos enfrentaremos en aquella exposición denominada Sala Situacional Desaprender: Una oportunidad para la paz, novedad que trae este año el Festival de la Memoria que por estos días celebra la universidad.

La Universidad de Córdoba es la única institución pública de Colombia objeto de reparación colectiva debido a su victimización durante el auge paramilitar en el departamento. Como parte de este proceso lleva a cabo desde hace tres años el Festival de la Memoria: estudiantes, docentes, directivas y empleados rememoran a quienes fueron asesinados, amenazados o exiliados, y se preocupan por fortalecer el tejido social y evitar que se olvide lo sucedido.

Nos quitamos los zapatos y concentramos nuestras miradas en la caja donde debemos depositarlos. Descalzos, en fila y curiosos por saber qué ocurre adentro, en la Desaprender nos olvidamos del canasto del calzado. Ya adentro, habiendo caminado entre telones oscuros, nos dirigen a una pequeña sala ambientada con cantos de pájaros y mugidos de vacas que resuenan por altoparlantes. La munición de cada uno es un marcador. Nos invitan a dibujar en las paredes improvisadas de una casa rural caribe y a palpar la arena que se nos pega en los pies.

Una voz reemplaza el sonido de los animales y narra sucesos relacionados con los ataques paramilitares en el departamento. Estamos en la Universidad de Córdoba, la misma que vivió bajo la estela “mancusiana” desde 1995 hasta 2009. Fueron años en los que Salvatore Mancuso orquestó desapariciones y asesinatos de profesores, líderes sindicales y estudiantes. Fueron más de 15.

Movía a su antojo, como en la política del departamento, los cargos en la U. Fue así como designó a Víctor Hugo Hernández como rector en 2001 y posteriormente lo reemplazó por Claudio Sánchez, reconocidos como paramilitares, no sin antes citar al consejo superior a una reunión en Santa Fe de Ralito para obligarlo a votar por su candidato.

Miguel Martín Peña conoce bien esa historia. Cursa décimo semestre de ingeniería mecánica y dirige el colectivo de jóvenes Poder Mestizo: “Trabajamos por recuperar nuestra memoria histórica, por reconstruir tejido social. Cuando la violencia llega a comunidades como la universitaria, genera miedos muy difíciles de borrar; esos imaginarios colectivos que rotulan a la U como para. Era un viaje que tenía a la universidad en un círculo vicioso de miedo. Empezamos a romper paradigmas haciendo murales, con procesos de creación colectiva y debates. Nos dimos a la tarea de demostrar que los estudiantes no somos guerrilleros”.

En la Sala Situacional seguimos ahora a otra estación. Con los ojos vendados nos llevan hasta un reducido espacio por el que debemos pasar uno tras otro arrastrándonos sobre nuestras rodillas. Ya en una nueva estación —oscura, tenebrosa— nos contactamos con la reconstrucción del asesinato de Marlys de la Ossa Quiñónez, la estudiante a quien los paramilitares mataron en el año 2000 por oponerse a políticas internas de la U. Tenía siete meses de embarazo. Los integrantes de Poder Mestizo aseguran que son “los hijos de Marlys de la Ossa”, un simbolismo para decir que “son esas flores que en algún momento quisieron cortar, pero que aún resisten”.

Quitarnos la venda para pasar a la siguiente escena es el segundo despojo que vivimos tras haber dejado nuestros zapatos y nuestros miedos afuera. En esta tercera fase vemos en pantalla los testimonios de varias víctimas que explican cómo, a pesar del dolor y de la guerra, han podido construir paz y memoria. Entre ellas Esther Polo, quien con fortaleza cuenta la historia de la legendaria María Zabala, su madre, una de las recias y bondadosas mujeres que dan un mensaje de paz desde la zona rural de Valle Encantado, luego de haber sido víctimas del conflicto. Mujeres sonrientes que son muestra de que se puede desaprender la guerra.

Nos levantamos y pasamos a la última etapa del recorrido de Desaprender: una sala a la que llegamos finalmente a conversar y reflexionar sobre lo vivido, mientras probamos rosquitas sinuanas. Así, hemos involucrado todos nuestros sentidos. Cada respuesta es diferente. Coincidimos en que fue una experiencia diferente, fuerte y transformadora.

Al salir, todavía con arena entre los pies, buscamos nuestros zapatos, volvemos a la intemperie. Afuera, el sol sigue escondido entre las ramas, ahora hay más gente que quiere ingresar a la Sala Situacional, que quiere conocer lo desconocido, lo que vivieron las 300.000 víctimas de la región. Quienes, como yo, no hemos sido tocados directamente por la guerra, nos pusimos en sus zapatos, nos quitamos las vendas de los ojos, entendimos que la oscuridad que sembró la violencia no es más grande que la esperanza por reconstruir la memoria y la historia de este país.

Emociona la posibilidad de que un espacio como este se replique en centros comerciales, colegios, universidades, lugares en los que muchos no han volteado a mirar la guerra y a sentirla como propia: con sus olores, ruidos, miedos y despojos, pero sobre todo con la maravillosa visión que tienen las víctimas para desaprender y perdonar. Esa es la estación que falta en la vida de miles de colombianos que sólo han visto el dolor y el perdón en las noticias, como espectadores de una historia que en verdad es de todos.

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*Los aliados territoriales en esta región son: Corporación para el Desarrollo Social Comunitario;  CORSOC ; Corporación de Desarrollo y Paz de Córdoba y Urabá;  Cordupaz; Diócesis de Montelíbano; Fundación del Sinú y PNUD.

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