Los hermanos que fueron enemigos en la guerra

 Raquel Montaño, la mujer que viajó hasta la zona veredal de Tierra Grata (Cesar) a abrazar a su hermano guerrillero luego de creerlo muerto. A la ansiedad del reencuentro se sumó la angustia de tener que contarle que el hermano con el que él más jugaba es hoy miembro del Ejército.

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Raquel Montaño y Aldair en el momento del reencuentro. Hace 22 años no se veían /Mauricio Alvarado

El 20 de mayo a las 7:39 a.m Raquel Montaño publicó en su perfil de Facebook un texto que revelaba cómo sintió durante 22 años la ausencia de su hermano Aldair*: “Una gota de sangre perdida entre las selvas colombianas. Ese abrazo que por muchos años se perdió, esas lágrimas que no se han compartido, esa juventud que se fue y no volvió”.

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En 1998 Aldair llegó a Codazzi (César) a trabajar como labriego. “Me salí de la casa y me dediqué a andar porque era muy inquieto”. En sus correrías llegó hasta ese municipio donde recogía café. Al mismo tiempo la violencia arreció. Un día presenció una masacre perpetrada por paramilitares del frente Juan Andrés Álvarez. En un retén, ese grupo armado ordenó que varios campesinos se bajaran de los carros donde se movilizaban y los asesinaron. Aldair dice que por miedo a que cualquier día  lo mataran entró al frente 41 de las Farc.

El mismo día que Raquel escribió ese mensaje en su perfil viajó hasta La Paz (César), un municipio a 20 minutos de Valledupar en carro. Llegó hasta allá con sus tres hijos porque al otro día se iba a reencontrar con su hermano.
Raquel hacía parte del proyecto piloto que ideó Pastoral Social de La Paz, con el apoyo de la Iglesia Católica, para que los guerrilleros que están en zonas veredales se reencentren con sus familias. Solo en las zonas veredales de Tierra Grata (César) y Pondores (Guajira) 99 guerrilleros esperan encontrar a sus seres queridos.

La noche de ese sábado las seis primeras familias se reunieron en un hotel a la entrada de La Paz. Cada una contó cómo sobrellevaron el vacío durante tantos años y las expectativas que tenían. “Es una alegría porque nosotros pensábamos que él ya no existía”, puntualizó Raquel. También se hizo evidente el nerviosismo que generaba la idea de volver a ver a sus hermanos, hijos y tíos. 

Esa reunión dejó al desnudo los miedos que suscita ser familiar de un guerrillero. Una mujer, proveniente de los Montes de María, contó que su madre no quiso ir hasta la zona veredal por miedo a que la secuestraran. Las seis familias presentes confesaron que les dijeron mentiras a sus allegados sobre el viaje por miedo a ser estigmatizados y a represalias en sus regiones. “Esa es una mentira piadosa y usted me la va a perdonar, padre”, dijo entre risas una mujer que llegó en busca de su hermana que no veía hace 17 años. Se dirigía al sacerdote Miguel Ávila, de la Parroquia San Francisco de Asís de La Paz, quien instaló y cerró la reunión con oraciones.

Por esos miedos, personas de la Comisión de Conciliación Nacional nos advirtieron, al fotógrafo Mauricio Alvarado y a mí, que fueramos cuidadosos con las identidades de los familiares. De las seis familias que fueron, solamente Raquel accedió a que su nombre no fuera modificado, pero advirtió que no quería que se  revelara los de sus hijos.  El resto decidió hablar sin equipos de grabación.

Raquel es una mujer trigueña de pelo rizado, trabaja como madre comunitaria en el municipio de Ocaña, Norte de Santander. Su madre murió hace 10 años orando por el regreso de su hijo. Tras su muerte la esperanza de encontrarlo decayó. “Hasta que en enero de este año una tía me informó que se le acercó una persona y le dijo que si queríamos saber de mi hermano teníamos que llamar a un número telefónico”.

Pensó durante tres horas para hacer la llamada, se armó de valor y se enteró que su hermano hacía parte de la guerrilla. El hecho la afectó porque su  familia es cristiana y porque otro de sus  hermanos  pertenece al Ejército. 

“El mundo se me partió en dos”, dijo. Cuando ella le contó a su hermano del Ejército que Aldair estaba vivo él le insistió para que se subieran al carro y fueran a buscarlo. No sabía cómo decirle que su hermano mayor era guerrillero. Después de varias evasivas le dijo: “Es que usted no puede ir por allá”. En ese momento le contó que Aldair se encontraba en la zona veredal de Tierra Grata esperando a dejar el arma  que empuñó durante 19 años. “Jueputa”, exclamó él. Tras un silencio agregó: “Lo interesante es que está vivo”. Raquel descansó.

Su alivio era parcial. Todavía faltaba decirle a Aldair que su hermano hacía parte del Ejército. En ella se mezclaban la ansiedad y la incertidumbre. “En mi mente él sigue siendo el niño con el que nos templábamos los cabellos. No me lo imagino  con arrugas y canas”, dijo. Luego agregó: “He pensado mucho cómo decirle que su hermano pertenece a la Fuerzas Militares, pero en este momento todavía no sé cómo lo voy a hacer. Tengo que orar mucho para que ninguna de mis palabras  lo vaya a lastimar”.

Raquel se subió a un bus que llevó a las seis familias a la zona veredal de Tierra Grata. El vehículo llegó hasta una especie de parqueadero. Raquel y sus tres hijos se bajaron y empezaron a caminar hacia la recepción por un camino lodoso. “Menos mal no me traje unos tacones que pensaba ponerme”, dijo cuando sus zapatos negros estaban cubiertos de barro.
El primer reencuentro se dio tras unos 10 minutos de caminata. Al lado de un riachuelo la señora que le pidió perdón al padre se reencontró con su hermana que había ingresado a la guerrilla en 1999. El abrazo fue largo y mientras eso transcurría Raquel buscaba a su hermano entre las personas que estaban esperando al grupo de familiares. No lo vio, pero en ese momento llegó una camioneta y el conductor le dijo que se subiera.

Tres minutos de camino la separaban de la recepción de la zona veredal. La puerta de la vieja camioneta roja se abrió. Ella bajó y fijó sus ojos en su hermano mayor. Soltó a su hijo de tres años  y  se aferró a Aldair durante diez minutos en los que las palabras fueron reemplazadas por el llanto. Se soltaron y una comitiva de guerrilleros llegó a saludarla y a abrazarla. Sus tres hijos saludaron a ese tío que durante años fue un recuerdo de su mamá. Ya no era un niño. Tenía canas, arrugas y sus manos curtidas por largos años en la guerra. “Recuperé la gota de sangre perdida en las selvas colombianas”, dijo Raquel.
Se acomodaron en una caleta que el mismo Aldair había acondicionado. Asistieron a una misa que ofició  Monseñor Oscar José Vélez y luego almorzaron juntos. Hasta ese momento Raquel no había soltado su “nudo en el alma”.

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Empezó preguntándole en cuáles zonas había estado “rogándole a  Dios que no hubiera operado en Caquetá (la región donde su otro hermano transitaba)”. Él le dijo que nunca había salido de César y La Guajira. Luego Aldair le preguntó por su hermano con el que más jugaba, con el que más travesuras hacía. Ella le dijo que estaba bien y le preguntó: “¿Sí sabe que él hace parte del Ejército?”. Aldair se quedó en silencio, luego salieron las palabras: “Yo lo entiendo”.

Después del almuerzo y en medio de una entrevista, en la cual estaban Raquel y Aldair, este último sentenció: “Yo no lo tengo como enemigo. Somos la sangre. Nunca nos podremos odiar, aunque haya diferencias. La familia es familia donde quiera que vaya”. 

Todavía falta  el reencuentro entre los hermanos que durante años integraron ejércitos en confrontación. Las cinco hermanas de la familia están arando el camino. “Todas amamos a esos dos hombres y vamos a tratar de que no haya ningún contratiempo entre ellos y que podamos reír como lo hacíamos de niños”, concluye Raquel.

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Los reencuentros que faltan

En febrero de este año los comandantes “Solis Almeida” y “Aldemar”, integrantes de las Farc encargados de la zona veredal de Tierra Grata (Cesar), donde se reúnen 160 guerrilleros para dejar sus armas y reintegrarse a la vida civil,  solicitaron los buenos oficios de la Iglesia Católica para encontrar a las familias de 99 guerrilleros. 

La labor apenas comienza. Todavía falta encontrar a 38 familias de guerrilleros en La Paz y 55 de Pondores. Una de las personas que no han podido contactar a sus seres queridos es “Solis Almeida” que está en las Farc hace 40 años. Perdió el rastro de su familia debido a que se desplazaron más de tres veces por la violencia. “Volver a ver a mis papás y a mis hermanos debe ser la felicidad más grande”.

Además, en otras dos zonas veredales vieron en los reencuentros familiares de Tierra Grata un ejemplo a seguir. Por eso se comunicaron con Pastoral Social para arrancar un proyecto de esa naturaleza. Sin embargo, los detalles no los hacen públicos porque no ha habido una solicitud formal de parte de la guerrilla y porque siguen buscando apoyos económicos para sacarlo adelante.

El llamado que hizo la profesora Socorro Ramírez, integrante de la Comisión de Conciliación Nacional, resume la importancia que tanto las Farc como la Iglesia Católica hallan en estos reencuentros: “Sus familiares necesitan echar raíces. Si el proceso de paz se arraiga en las regiones este país va a cambiar”, concluyó en un mensaje ante excombatientes y sus familiares.