Especial: Paz territorial

“Las comunidades necesitan ser escuchadas”: Diego Bautista

El director  de Paz Territorial de la Oficina del Alto Comisionado para la  Paz  hace un balance luego de dos años de trabajo en las regiones del país más afectadas por el conflicto armado.

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Diego Bautista, director de Paz Territorial de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz.
/ Gustavo Torrijos

La urgencia de entender y reconocer el papel de los territorios y las iniciativas regionales en el proceso de construcción de paz llevó a que hace dos años y medio la Oficina del Alto Comisionado para la Paz emprendiera un proyecto de capacidades territoriales para dar luces sobre el tema y que sirviera para conocer las inquietudes y preocupaciones de quienes han vivido en carne propia los rigores del conflicto con el fin de explicarles de qué forma se conectaría lo acordado en La Habana por el Gobierno y las Farc con las necesidades propias de sus regiones.

Con ese norte, la iniciativa Diálogos y Capacidades para la Paz Territorial enfocó su trabajo en tres líneas claras: fortalecimiento de capacidades para la transformación de conflictos, cultura de paz y comunicaciones y encuentros regionales de paz.

El proyecto ha funcionado desde 2015, con el apoyo de la Redprodepaz, la Ruta Pacífica de las Mujeres, las embajadas de Suecia, Suiza y Noruega, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Agencia Presidencial de Cooperación Internacional de Colombia (APC) y el Instituto Kroc de la Universidad de Notre Dame.

Diego Bautista, quien ha coordinado el proceso desde su creación, ha tenido la titánica labor de recorrer los rincones más alejados del país en la búsqueda de transformaciones sociales e institucionales tan necesarias en un momento histórico para el país, pensando en la construcción de la tan anhelada paz estable y duradera. El balance da cuenta del papel protagónico que cobran las comunidades y los territorios en el escenario de posconflicto.

¿Cómo ha sido la experiencia del proyecto?

Este ha sido un proceso que ya cumple dos años y medio visitando los territorios del país que han sido afectados fuertemente por el conflicto armado. Nos fuimos a hablar con las comunidades, con las organizaciones sociales, con las autoridades locales, con empresarios y comerciantes, y la experiencia ha sido muy positiva. Nos ha permitido conocer y visibilizar una gran cantidad de experiencias de paz en los territorios, de organizaciones que llevan décadas trabajando en esto. No sólo los programas de desarrollo y paz que han hecho una labor muy importante sino las organizaciones de víctimas, de mujeres, ambientales. Antes de que iniciáramos el proceso de paz, esas personas venían con el viento adverso trabajando por un tema que en su momento no era valorado. Nos ha permitido enriquecer el concepto de paz territorial que hemos propuesto como principio para la implementación de los acuerdos. Además, ha sido muy valioso ser catalizadores de procesos que se venían dando en la dinámica de la mesa de conversaciones. Mientras en La Habana se avanzaba, en los territorios se daban debates sobre lo que ocurría en Cuba.

¿Qué ha sido lo más valioso del proceso?

Que se abrió la discusión en espacios regionales con actores que generalmente no se hablan, entre sectores que muchas veces no tienen interlocución. Eso produjo conversaciones valiosísimas. Tuvieron una posibilidad de conocerse y romper esas dificultades que había de acercamientos entre ellos.

¿En cuántas regiones trabajaron?

Este proyecto tuvo dos fases. La primera parte comenzó con unos encuentros regionales para la paz que hicimos con la Redprodepaz y con el apoyo de embajadas, Naciones Unidas y otras organizaciones, y en los que hicimos reuniones de pedagogía de lo que en su momento se iba acordando en La Habana. Asimismo recogimos expectativas, preocupaciones y observaciones de las regiones frente al tema de la paz y lo que significaba llegar a ella. Esa primera parte fue en 17 regiones. Luego, la segunda fase, que se adelantó en nueve regiones, buscó focalizarse más en capacidades de diálogo y fortalecer condiciones para generar confianza.

 

Estas son las nueve regiones donde se realizó el Proyecto Diálogos y Capacidades para la Paz Territorial. Esta es la primera entrega de cinco publicaciones sobre la paz territorial en el país.  

¿Cómo fue el ejercicio que se realizó en regiones? 

En esa primera fase lo importante fue ir contando qué era lo que se estaba discutiendo en La Habana, explicar que el proceso de paz iba más allá de resolver el tema político de las Farc y de ponerle fin a la relación armas y política, y que envolvía otros elementos importantes para la construcción de una paz estable y duradera. Alrededor de los puntos acordados en la mesa de diálogos recogíamos las expectativas y dudas de cada región y se exponían esos puntos desde distintas perspectivas a las del Gobierno, con líderes campesinos, comunidades étnicas y expertos en los temas. En la siguiente parte se trabajó alrededor de mesas redondas temáticas en las que las comunidades se agrupaban según su preferencia y de las que salían relatorías que teníamos en cuenta para mandar a La Habana. Estos espacios se caracterizaron por tener muchas expresiones culturales que enriquecían los encuentros y eran importantes para que se diera un diálogo abierto y poco acartonado.

La expresión cultural se ha convertido en una herramienta clave en muchas regiones a la hora de tratar de contar lo que ha pasado en el conflicto. ¿Cómo se vinculan esos procesos en todo esto?

En muchas regiones del país esas manifestaciones culturales han sido lo único que ha permitido que la gente siga creyendo y que tenga una salida del ensimismamiento que producen los efectos de la violencia. Son una suerte de fase de catarsis que ayuda a contar por otros medios lo que sucedió y contribuye a darle visibilidad. Muchas de estas expresiones se refieren a la necesidad de perdonar, de conocer la verdad como parte del proceso de reparación. A futuro, creo que ofrecen un potencial grandísimo para permitir que otras comunidades se vinculen a estos procesos. Ahí hay una riqueza impresionante y es un reto ver qué se puede hacer con esto.

Ahora que se ha iniciado la implementación de los acuerdos, ¿se van a fortalecer los procesos culturales y simbólicos para la memoria y la reparación?

Yo creo que es algo que ya viene sucediendo y ejemplo de ello es el caso de las cantadoras de Bojayá que hicieron presencia en el acto de perdón de las Farc a las víctimas de esa masacre en Chocó. En la firma del Acuerdo de Paz en Cartagena también tuvieron un lugar muy importante. Creo que hace parte de ese reconocimiento que tiene que darse en este país. Esto nos ha permitido visibilizar una cantidad de gente que el conflicto tenía tapada. Hoy hay muchas expresiones, hay movimientos de toda índole, de distintos temas, no solamente las víctimas sino muchas otras manifestaciones. Eso ha derivado en una visibilidad cultural que hoy hace parte de lo que significa el ejercicio de construir paz, que no solamente se traduce en planes y proyectos.

¿Cuál es su balance de todo este proceso que ha vivido a partir del proyecto?

Creo que logramos darle protagonismo al tema del territorio, que estaba como guardado por allá en los libros de los académicos o que estaba representado en las discusiones de alcaldes, gobernadores y el Congreso. Hoy, el territorio es muy importante, así como lo es la ciudadanía. Cualquier cosa hacia adelante para implementar los acuerdos no va a poder prescindir de estos dos elementos. El proceso en sí mismo ha sido muy útil. Hace un año era un trabajo de pocos y hoy es un proceso de todos, independientemente de que estemos o no de acuerdo con él. No hay ningún colombiano que hoy no tenga una reflexión interna sobre lo que significa este proceso —independientemente de su juicio— y eso nos ha puesto en una senda importante para la construcción de paz. El suceso del plebiscito tuvo muchas ventajas y hoy tenemos un proceso mucho más incluyente, sin que estemos todos de acuerdo, y eso va a ser muy útil de cara a la implementación.

Hay alguna experiencia personal que lo haya marcado en este trabajo...

No hay particularmente una, pero sí creo que soy otro. Mi experiencia antes era la de un funcionario del Gobierno central inquieto por el tema del territorio, pero que no conocía de cerca lo que significa escuchar a las personas, construir un nuevo diálogo, que es lo que nos está haciendo falta entre la gente que trabaja en las políticas públicas desde el nivel central y aquellos que están viviendo en el territorio la cotidianidad y los impactos de esas políticas. Ha sido un diálogo diverso con, indígenas, afrodescendientes, campesinos, cocaleros, organizaciones de juntas de acción comunal en lugares profundos donde la presencia de las Farc era la única, y poder aprender desde la experiencia de las comunidades ha sido de gran valor para mí y todo el equipo involucrado en este proyecto.

¿Algún personaje que le haya dejado una enseñanza importante que pueda ilustrar ese ejercicio?

Hay muchos casos. Se puede rescatar tal vez el valor de las comunidades de Putumayo para poder unirse a pesar de diferencias que tienen entre ellos mismos, para sentar una postura del territorio. Está la determinación particular de personas como Pastora Mira, que continuó con la lucha a pesar de que su propia vida corría riesgo y de que los generadores de violencia estaban todavía presentes en su territorio. Sobrevivir a eso y mantenerse en esa labor de construcción de paz educando a la gente, dando un ejemplo y siendo un referente de reconciliación, de perdón para los demás colombianos. También está el caso de monseñor Ómar Sánchez, en Catatumbo, que representa esa parte de la Iglesia en muchos territorios en los que ellos son los únicos que tienen una capacidad real de convocatoria, de poder contrarrestar los efectos de violencia, y que hacen una tarea silenciosa, solos frente a un Estado débil.

¿Qué espera que haya quedado en las comunidades después de este proceso de encuentros territoriales?

La mayoría de las comunidades en los territorios no habían tenido la posibilidad de ser partícipes de un diálogo respecto a los destinos de sus territorios en la cotidianidad. En este país, las comunidades tienen una necesidad grandísima de ser escuchadas y por eso los encuentros siempre tuvieron un espacio para que las personas pudieran desahogarse, irse contra el Gobierno durísimo y quejarse. Este proyecto también sirvió para que sus casos fueran visibilizados y el país entendiera que existen y que los territorios van más allá de lo que los medios relatan. El ser visibilizados les da cierta seguridad y protección. Esto ha hecho que haya nuevos liderazgos o que los existentes, a pesar del miedo, persistan y se fortalezcan.