La Paloma se alista para el desarme

La zona veredal para el desarme del frente 29 de las Farc tiene el nombre del símbolo del proceso de paz. Entre el arte y el miedo, los pobladores esperan que esa parte de la cordillera occidental reconstruya su pasado para no repetirlo.

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El corregimiento de Sánchez hace parte del municipio de Policarpa, Nariño, en plena cordillera Occidental.
/ César Muñoz

Entre el 1º de diciembre, cuando comenzó el Día D para el proceso de reincorporación de las Farc a la vida civil, y la redacción de esta crónica han pasado exactamente 56 días. Hasta la fecha, el alistamiento de las zonas veredales ha sido más complejo de lo planificado en el Acuerdo. A cuentagotas, los guerrilleros de los distintos frentes se han ido dirigiendo a estos lugares para empezar los procesos de desarme, capacitación, nivelación educativa y todas las actividades de reincorporación de la guerrilla a la vida civil.

En este complejo panorama, las noticias de la visita del presidente de Francia, François Hollande, a la zona veredal de Caldono (Cauca) y algunas imágenes de comandantes guerrilleros en Nariño ingresando a la zona veredal de Policarpa generan la esperanza en que el proceso de implementación está retomando el rumbo. En estos territorios reconocidos como zonas veredales las personas han vivido de manera particular el conflicto armado. Esta crónica gira en torno a las historias de la gente, las condiciones de vida en los territorios, las maneras como han resistido a la guerra y la incertidumbre, los miedos y las esperanzas que tienen en el proceso de paz.

El pasado

Desde Bogotá hasta Remolino Panamericano (corregimiento de Taminango, Nariño), sin trancones ni accidentes, son entre 16 y 18 horas: bajando desde la sabana, cruzando la cordillera Central por la mítica Línea, pasando el plan del Valle del Cauca en medio del latifundio cañero, hasta adentrarse en el piedemonte de la cordillera Occidental por la vía Panamericana, atravesando el plan del Patía hasta llegar a la frontera entre Cauca y Nariño en una zona árida, sin agua, a pesar del caudal del río Turbio.

Remolino Panamericano, como se conoce comúnmente al primer poblado del norte de Nariño, es una recta larga con casas a lado y lado, al oriente la montaña y al occidente el río que divide la cordillera entre la modernidad y el pasado. Este pueblo es un lugar de tránsito, un centro turístico para los pastusos que quieren algo de sol y un espacio donde los viajeros hacen una pausa para divisar el paisaje, estirar las piernas en medio del largo viaje y continuar el camino hacia su destino final.

De las personas que transitan cada día por la Panamericana, sólo unos tantos campesinos y afrodescendientes dejan atrás el asfalto de la vía moderna para treparse a la cordillera por una carretera destapada que serpentea hacia las nubes. Entre los municipios de Policarpa, Cumbitara, Magüí Payán, Olaya Herrera y Santa Bárbara de Iscuandé, las personas viven en condiciones de abandono y exclusión social.

Para ellos, la tecnología sólo ha llegado vestida de militar. En sus casas, el agua potable es la que baja del río, los centros educativos quedan a larga distancia entre caminos de herradura, los sistemas de salud están en las cabeceras municipales y las carreteras y caminos son sólo transitables para camionetas de doble tracción, retroexcavadoras y las mejores recuas de mulas del país. En esas condiciones, la única economía posible ha sido la de la coca y la minería ilegal.

Este recorrido es un camino hacia el pasado porque, en la memoria colectiva de las personas que habitan estas veredas y poblados, cada paraje les recuerda el horror causado por los actores de la guerra.

El conductor de la camioneta que nos lleva hacia la vereda de Sánchez, en el bajo Patía, inicia su historia contando que lleva más de 30 años recorriendo estos caminos, por eso conoce de memoria cada lugar y las historias que allí han ocurrido.

Al pasar el puente sobre el río Turbio, a sólo unos kilómetros de Remolino Panamericano, se lamenta: “Sólo Dios sabe la cantidad de muertos que tiene ese río. La gente dice que en la marcha del 2006 fue mucha la gente que tiraron al Patía. Uno apenas escuchaba a los negros llegar al pueblo diciendo: ‘Ay, mi primo se perdió’”.

Los hechos a los que hace referencia son los de la movilización campesina del mes de mayo de 2006. En ese momento, el defensor del Pueblo de Nariño, Carlos Maya, manifestó a los medios de comunicación, respecto a la reacción de la Fuerza Pública: “Nos disparaban gases y tiros de fusil desde dos helicópteros, incluso atacaron nuestra misión. Fueron 30 minutos de un ataque violento que no discriminó que entre el grupo de campesinos había menores de edad, ancianos y mujeres embarazadas”.

En el mismo tono de esta historia, el conductor nos va contando que afuera de Policarpa, en la vía que conduce al corregimiento de El Ejido, en el árbol antes de la curva, los paramilitares hacían el retén. Ahí, a gritos e hijueputazos, decidían quién vivía y quién no.

El puente de San Pablo, en este mismo corregimiento, en la vía hacia Cumbitara, era otro de los lugares donde arrojaban a los muertos. Entre El Naranjo, Remolino, Bajo Patía y Sánchez, El Nené, el Niño y otros paramilitares impartieron el terror asesinando y descuartizando, mientras las Farc, entre ataques, minas y bombas, convertían esas veredas en campos de guerra.

Son pocas las personas que, como el conductor, deciden contar sus historias, y mucho menos las que quieren dar sus nombres. La pedagogía del terror les enseñó que una de las formas de preservar la vida era el silencio.

Por esa razón, a pesar de los relatos casi clandestinos de las personas que buscan a sus desaparecidos en el caudal del río, los reportes oficiales del Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres (Sirdec), del Instituto de Medicina Legal, confirman que la cifra de desaparecidos en Policarpa es sólo de una persona y en todo el departamento de Nariño de 1.338 personas. Escuchando a la gente se ve que los desaparecidos en este municipio son muchos más. El periodista Mauricio de la Rosa Salazar, en las investigaciones que ha realizado sobre la región, ha establecido que los muertos arrojados al río Patía suman más de mil.

Lograr que las personas confíen en las instituciones y decidan reportar oficialmente a sus familiares desaparecidos para iniciar los procesos de búsqueda, localización, identificación y entrega digna será uno de los primeros retos de la implementación del Acuerdo de Paz, más aún cuando este municipio ha sido priorizado y en el corregimiento de Madrigales, en la vereda La Paloma, se ubica una de las zonas veredales transitorias que recibirá a los guerrilleros de los frentes 29 y 8 de las Farc.

Las ruinas

Luego de más de 24 horas de viaje desde Bogotá, sobre las ocho de la noche logramos llegar al poblado de Sánchez, una vereda conformada por unas cuantas cuadras desordenadas de casas en cemento, madera y paredes pintadas con grafitis sosteniendo las ruinas de lo que alguna vez fueron viviendas y negocios. En el medio hay una cancha de microfútbol con postes y lámparas que a esa hora están prendidas alumbrando a los mosquitos que se reúnen alrededor de los bombillos. El sonido de la camioneta es lo único en ese pueblo que rompe el silencio.

Ese lugar perdido en el piedemonte de la cordillera Occidental ha sido habitado históricamente por comunidades negras. En los años 90, colonos de otros municipios de Nariño y desplazados cocaleros del Putumayo y otros departamentos del sur del país fueron poblando de manera desordenada cada uno de los pueblos del bajo Patía. La historia es la misma de los últimos cuarenta años: los lugares abandonados por el Estado son copados por los pobres de la tierra que buscan sobrevivir detrás de las bonanzas.

En otros tiempos, estas calles fueron centros de comercio donde el negocio de la coca movía grandes cantidades de dinero, luego llegaron los enfrentamientos entre la guerrilla, el Ejército y los paramilitares, que convirtieron estas casas en escenarios de guerra. Después vinieron la muerte, la tortura y el desplazamiento por cuenta de los paramilitares, para terminar en las ruinas y el silencio.

Por esta cordillera pasaron los 12 diputados del Valle del Cauca secuestrados el 11 de abril de 2002 en la Asamblea Departamental. El 18 de junio de 2007 se conoció la tragedia: 11 de ellos fueron asesinados por las Farc, como lo reconoció esa guerrilla a las familias de los políticos en diciembre pasado, durante el acto de perdón y reconocimiento de responsabilidad. Los cuerpos finalmente fueron recuperados por la Cruz Roja Internacional, en límites entre los municipios de Cumbitara y Policarpa (Nariño).

Una de las últimas alertas que vivió la región por cuenta del conflicto entre el Gobierno y las Farc se registró a finales de 2013, cuando un grupo de hombres, al parecer del frente 29 de las Farc, atacó la estación de Policía del corregimiento Madrigales y murieron los civiles Juan Agustín Gaviria Delgado y Auro de Jesús Benavides Rosero y resultaron heridos dos menores de edad con esquirlas de los artefactos explosivos. Asimismo resultaron averiadas al menos 40 viviendas, según un informe de la Defensoría del Pueblo.

Con el proceso de paz, la consolidación de la zona veredal en el municipio de Policarpa y la ubicación de la zona campamentaria cerca a la vereda de Sánchez, al territorio llegaron dos artistas urbanos, Resistiza y Frailejón. Acompañados de algunos habitantes de los pueblos fueron convirtiendo las ruinas en testimonio de esperanza. De esta manera, el silencio fue tomando forma de dibujo, trazo, frase, nombre, cara. En las paredes donde antes los grupos armados ponían siglas del terror, ahora se ven mensajes de esperanza.

“La paz con chontaduro pega duro”, se lee en una de las paredes de lo que antes fue una casa y ahora son sólo ruinas. Un habitante del pueblo me cuenta que en ese lugar vivía la familia de un comandante de la guerrilla conocido como el Flaco. Hasta ahí llegó un grupo armado, del cual se reserva el nombre, desplazó a la familia y destruyó la casa buscando unas caletas de dinero de las Farc. Ahora esas paredes dicen lo que la gente calla.

La incertidumbre

Ramiro Cortés, de piel trigueña, cara afilada, barba tipo candado, contextura gruesa, camisa recogida en las mangas, pantalón cargo y un sombrero vueltiao que se distingue de la demás vestimenta, es el comandante del frente 29. Tiene un pasado como profesor en Leiva (Nariño) y hace parte de la última generación de comandantes guerrilleros y mandos medios de las Farc.

Conversa con la misma tranquilidad y paciencia con la que le da horma a un sombrero que un campesino acaba de traerle. Cuenta que antes de entrar a la guerrilla siempre usó esta prenda. Después se convirtió en un guerrero y tuvo que cambiar el sombrero por la gorra militar. Con el trajín de los días se acostumbró a ella y la usó como lo hizo con sus botas, con su fusil, con su pistola, que todavía mantiene en el cinto. Ahora que vuelve a estar de civil, el sombrero regresa.

Conoce esta zona al detalle, cada recoveco, carretera o camino. En sus años de vida guerrillera, caminando la cordillera del mar a la sierra, como quien viaja en bus de Bogotá a Ibagué, ha visto nacer y morir a las gentes de estos territorios, se sabe los nombres de los habitantes de las veredas, conoce sus hijos y sus historias.

Afirma que lo más difícil es la incertidumbre de todos los guerrilleros por el temor a que los maten desarmados en medio de la construcción de la paz.

Dos líderes del corregimiento de Madrigales me confirman los temores que circulan entre las personas por el proceso de paz y el tránsito de las Farc a la vida civil. Entre susurros me cuentan algunos hechos de violencia que han sucedido en la región. El pasado 25 de diciembre, una persona fue asesinada en medio de una disputa territorial y familiar entre dos grupos de pequeños mafiosos. La comunidad teme porque se escuchan rumores de alianzas entre grupos armados para copar el territorio donde anteriormente estaba la guerrilla.

* Periodista e investigador del Programa de Estudios Críticos de las Transiciones Políticas (PECT).

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