Tercera entrega del diario de la Caravana por la Paz, la Vida y la Justicia en Colombia

Encuentro de madres de desaparecidos en la Escombrera en Medellín

La Caravana por la Paz llegó a apoyar a las familias que siguen buscando los restos de sus seres queridos desaparecidos en la Comuna 13 de la capital antioqueña.

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Mujeres en Medellín relatan en colchas la búsqueda de los retos de sus seres queridos en la escombrera de la ciudad.
Cortesía.

Maricela Orozco proveniente de Veracruz (México), no imaginó que en su viaje a Colombia con la “Caravana por la Paz, la Vida y la Justicia” fuera a encontrarse con el mismo drama que vive hace dos años cuando desapareció su hijo, el estudiante de arquitectura Gerson Quevedo. Ese mismo día también asesinaron a su otro hijo de 15 años Alan Quevedo, jugador profesional de fútbol y a su yerno, Miguel Caldenas, cuando fueron al lugar donde aparentemente habían retenido a Gerson.

Maricela dice que el mismo día que desapareció su hijo nació su lucha en la búsqueda de miles de personas que son buscadas con angustia por sus madres, esposas, hijos y hermanos. Más que el dolor de pensar que pudieron ser asesinados, es no tener la certeza, es levantarse cada día esperando una llamada, una noticia, un indicio.

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Maricela llegó con la “Caravana por la Paz, la vida y la Justicia” a Medellín junto con 30 personas y allí se encontró con otras mujeres que desde hace años viven la misma situación como Luz Elena Galeano, quien de inmediato al saber que vendríamos, nos acompañó con otras mujeres al que puede ser uno de los cementerio más grande del horror paramilitar en Medellín: la escombrera, en la Comuna 13.

En ese lugar que ahora está rodeado de torres de edificios, durante años se han arrojado los escombros de la construcción de la ciudad de Medellín, y según testimonios de los habitantes del sector y del mismo Diego Fernando Murillo (Alias Don Berna), hoy extraditado en los estados unidos y quien controló a los poderosos paramilitares desde Medellín, era justamente en la escombrera donde iban a parar los cuerpos de todas las personas que eran asesinadas por los paramilitares en Medellín.

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El encuentro entre Maricela y Luz Elena fue emotivo, y pareciera que una a la otra quisieran devorarse a preguntas de ¿Cómo desaparecieron sus hijos?, ¿Qué pistas tienen?, ¿Dónde han buscado?, como si las respuestas de una pudieran ayudar en la búsqueda de la otra, o tal vez porque cada cual sabe perfectamente el dolor que sufre una madre que pierde a sus hijos gracias a la violencia.

Lo que tampoco imaginaba Maricela, ni la misma Luz Elena, era que su tránsito por Medellín también nos llevaría por barrios como Santander o París (Bello), donde organizaciones que trabajan con jóvenes y que buscan reparar desde los símbolos, la música y la cultura las profundas heridas de la guerra, nos permitieran encontrar que en medio de tanto dolor que vive el país, se viene abriendo una fuerza llena de esperanza en las nuevas generaciones, que “se siegan a repetir la misma historia” como dirían los jóvenes de la Corporación Casa Mía en una de las comunas.

“No me esperaba encontrar tantas personas haciendo grandes cosas por sus jóvenes y niños en las comunas: danza, música, teatro y todos saben que es una respuesta a la violencia” dice Maricela, quien reconoce que en México el miedo tiene a las comunidades paralizadas como lo vivimos en Colombia en los años noventa. No obstante, ella lidera junto con muchos colectivos en México una búsqueda autónoma de sus familiares descubriendo fosas comunes en estados como Veracruz (El paso del Macho, Amatlan y Veracruz Puerto), justamente para poner en evidencia la poca voluntad de las autoridades por esclarecer los hechos que, como en Colombia, están sepultados bajo montañas de tierra y escombros.

“Me conmueve la solidaridad y la esperanza de tantas personas, de jóvenes y de comunidades que en Medellín están negándose a que sus jóvenes sigan siendo reclutados por los diferentes carteles armados”. Maricela se refiere a colectivos que como la Legión del Afecto surgieron en los años 90 como respuesta desesperada al sicariato y una generación del “No Futuro” que fue explotada además por una crónica roja que desde muchos medios no le da la misma importancia al trabajo de rehacer una sociedad en medio de la guerra.

Seguimos nuestro tránsito camino al Valle del Cauca en medio de exuberantes paisajes, de verdes en un plural lleno de colores y olores a humedad y bosque.