Lleva años trabajando por la escuela y la biblioteca de San Vicente

El bibliotecario que busca narraciones “farctásticas”

Pablo Iván Galvis está a cargo de una de las 20 colecciones móviles enviadas a prestar servicios al interior de las zonas donde las Farc dejarán las armas. Dicta talleres de escritura creativa a los guerrilleros.

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Pablo Iván Galvis es el bibliotecario de la zona veredal Mira Valle, para la dejación de armas de las Farc en San Vicente del Caguán.
/Cortesía.

Cuando Pablo Iván Galvis recorre en moto el camino que lo lleva desde la vereda Las Morras hasta el punto transitorio de Mira Valle, en San Vicente del Caguán, entre el ruido del motor y la montaña se filtra el grito de los excombatientes que hacen guardia: “¡cuenta la leyenda!”. Galvis sonríe al recordar el silencio que hace dos meses sintió al hacer ese mismo trayecto.

(Vea nuestro especial sobre las zonas veredales)

El 11 de marzo de este año, Galvis desempacó en Las Morras, a unos minutos de San Vicente del Caguán, 380 libros físicos, 200 ejemplares digitales, 17 tabletas, una planta eléctrica y un servidor de internet inalámbrico con el que vienen equipadas las 20 bibliotecas portátiles que el Ministerio de Cultura, junto a la Biblioteca Nacional, decidió enviar a los municipios cercanos a las zonas donde las Farc dejan las armas para iniciar su reintegración a la vida civil.  

Mientras en Las Morras la gente se apresuró a ofrecer la caseta comunal para la biblioteca y ayudaron en los preparativos del almuerzo de inauguración, el comienzo de la historia de Galvis en este “punto transitorio de normalización” con guerrilleros fue más complicado.

En la primera reunión que tuvo para mostrar los servicios bibliotecarios que prestaría en Mira Valle los delegados de las Farc le pidieron que regresara en quince días. “Había mucha desconfianza porque ellos habían entendido que la biblioteca iba a estar dentro del punto transitorio” dice Galvis, quien pese a la negativa asistió puntual a su siguiente cita con la guerrilla.

En esa segunda ocasión, se sintió abrumado por el silencio que escuchó durante la casi media hora que tardó en llegar al punto transitorio. Las cosas empeoraron aún más cuando lo recibió un comandante que reunió a todos los exguerrilleros concentrados en Mira Valle y le dijo que querían escuchar de su boca por qué la biblioteca había sido instalada en Las Morras.

Galvis miró a las más de 70 personas con uniforme camuflado que ocupaban el auditorio improvisado, tomó aire, y repitió la misma fórmula que usó en sus años de maestro en San Vicente: “cuenta la leyenda…”. En seguida, el cucuteño empezó a despachar una historia:

“El ataúd de Joana, una mujer caguaneña, es llevado de regreso al barrio El Paraíso, acompañado por la misma multitud que hace unos minutos lo había llevado al cementerio.

La pala del sepulturero descargó en la fosa los primeros enviones de tierra cuando sonó un celular. El primer esposo de Joana decía que lo esperaran, que venía en camino y que quería despedirse de su esposa en la gallera municipal, donde la conoció.

El problema vino cuando los otros seis esposos de Joana pidieron el mismo trato y el ataúd tuvo que desfilar por las calles de San Vicente para dejarlos satisfechos. Si quieren saber lo que pasó con Joana, nos vemos en los talleres de la biblioteca” remató el bibliotecario que respiró tranquilo cuando empezó a escuchar chistes sobre las Joanas que estaban entre el público.

En 2009 Pablo Iván Galvis llegó a San Vicente del Caguán para hacer su tesis de antropología. La historia de Joana fue uno de los muchos relatos sobre la vida cotidiana que recopiló para su trabajo de grado y que en 2013, cuando regresó convertido en el maestro del pueblo, le sirvieron para hacer que sus alumnos visitaran la biblioteca pública en busca del final de las historias que él siempre empezaba con un “cuenta la leyenda…”.

“En un pueblo de bullicio, de trago, de baile, de comercio y algarabía, la biblioteca era un lugar para entender todo lo que pasaba afuera. En San Vicente hay un gran sentido del presente, hay una enorme pasión por vivir porque nunca se sabe qué puede pasar al otro día” cree Galvis.

Además de volverse su refugio, la biblioteca también se convirtió en el lugar al que Galvis convocaría a jóvenes y ancianos para atender una de las preocupaciones que le dejó su trabajo de grado. En los relatos que recopiló para graduarse de antropólogo, la gente de San Vicente casi siempre le contaba que las armas se habían convertido en un destino y en una compañía cotidiana.

Junto a Lizeth Amézquita, la bibliotecaria del pueblo, Galvis empezó a buscar nuevos referentes para sus alumnos. La biblioteca Clara Inés Campos Perdomo se fue llenando de gente y de la voz de ancianos que contaban las historias de los primeros colonos del pueblo, de la galería, de las discotecas e incluso la de Sixto Muñoz, el último indígena de la tribu originaria de San Vicente que ahora vive a doce horas del pueblo añorando la lengua que sólo puede hablar con las plantas, la luna y sus gallinas.

Tanto buscaron con sus talleres de memoria, sus círculos de lectores y cine foros que, en 2015, lograron llevarse a San Vicente el premio Nacional de Bibliotecas.

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En Mira Valle, sentados alrededor de una mesa larga, varios guerrilleros escuchan la historia que Kevin tiene escrita en su cuaderno: El viejito de Ítaca tuvo 14 hijos con María. Una mañana despertó para darse cuenta de que a ella le faltaba una pierna y para ver cómo, por la puerta de su casa, desaparecía la rana que se la llevaba en la boca.

Galvis empieza los “talleres de escritura farctástica” que dicta a los excombatientes de Mira Valle con su tradicional “cuenta la leyenda”. Después de escuchar la historia del día, los miembros de las Farc compiten en una dinámica de grupos al final de la cual empiezan a escribir sus propias historias.   

“A través de la escritura de sus memorias y sus creaciones queremos acompañar procesos de ortografía, creación y lectura en voz alta” dice Galvis que, además de prestar todos los servicios de la biblioteca móvil, también se encarga de formar a dos bibliotecarios, uno en la vereda y el otro en el punto transitorio, con la esperanza de que algún día, ambos puedan hacerse cargo de la colección con la que lo envió el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional.

En otra de las historias que salió de los talleres, una niña llega a la escuela sin zapatos. La maestra le dice que no la puede recibir así, y ella decide irse con las Farc. Años más tarde, la misma niña está sentada en una biblioteca aprendiendo a contar historias.

“Ese cuento me tocó muchísimo” recuerda Galvis, “hace dos meses, yo entraba a trabajar con combatientes de las Farc y ahora estoy compartiendo la vida con seres humanos que tienen un mundo que contar. Poco a poco se va desdibujando el camuflado y van saliendo campesinos que estuvieron en la guerra porque no tenían otra opción”.

De los dos meses que Galvis lleva visitando Mira Valle, los talleres de escritura apenas han ocupado un poco más de tres semanas. A pesar de que no se anima a sacar conclusiones, el bibliotecario se entusiasma cuando dice que cada vez son más las historias con personajes que defienden el medio ambiente contra personajes recalcitrantemente malos que se roban la llave de la libertad y le hacen daño a los animales y la selva.

También empiezan a aparecer historias sobre la vida cotidiana en la guerra. La desconfianza de hace unos meses parece haber desaparecido: “el hecho de que ya les permitan ir a los talleres sin fusil es muy significativo. Ahora llegan con su cuaderno y con sus lápices a contar cuentos”.

La iniciativa de las bibliotecas móviles para la paz contempla que, al cabo de seis meses, Galvis tendrá que dejar la colección en manos de la administración local. Para saber qué pasa durante el periodo que le queda en Mira Valle y Las Morras, y para escuchar el final de cada uno de los cuentos que recoge en sus talleres, como en todas las historias que empieza a contar el cucuteño, hay que irlo a buscar a su biblioteca.