Cerrando brechas entre las “dos Cartagenas”

Con franquicias, reconversión de negocios familiares y talleres de mercadeo y finanzas, la Cámara de Comercio de Cartagena, la Alcaldía y el PNUD, más la cooperación del gobierno de Corea, empezaron a crear un tejido empresarial que les está permitiendo a decenas de familias de la región Caribe superar la extrema pobreza.

principal_cartagena.jpg

En Cartagena se impulsan proyectos para cerrar las brechas de desigualdad que en la ciudad son tan marcadas.
Gustavo Torrijos

A cinco minutos del centro histórico de Cartagena hay un puente conocido como “El puente de la Cuchilla” que comunica Marbella con el barrio Torices. Este se convirtió en una de las divisiones entre las “dos Cartagenas”: desde lo alto se puede ver claramente que Bocagrande y Castillogrande, con sus altos edificios blancos rodeados de jardines cuidadosamente diseñados, quedan atrás y empiezan a aparecer casitas de cartón y ladrillos sin resanar. Más de 300 mil personas viven en condiciones de pobreza, según el informe Cartagena Cómo Vamos presentado en junio de 2016.

En muchos casos, las casas se conectan con la polvorienta Vía Perimetral por medio de improvisados puentes de madera para que los habitantes no tengan que pisar los desagües a cielo abierto. La falta de servicios públicos, escuelas de calidad y transporte adecuado es obvia, pero una de las necesidades que primero mencionan los habitantes de barrios como Olaya Herrera, Nelson Mandela y El Pozón es la falta de ofertas laborales legales y estables.

Fue con esta carencia en mente que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en Colombia (PNUD), con la cooperación de Corea, la Alcaldía y la Cámara de Comercio de Cartagena aunaron esfuerzos con universidades y otras entidades para poner en práctica estrategias que no sólo les den a decenas de familias vulnerables un empleo sino que las conviertan en empresarias que, a futuro, lo ofrezcan.

Esta estrategia, explica Eugenia Mier, coordinadora local proyecto Desarrollo Económico Incluyente de PNUD, buscan también incluir al sector privado y su conocimiento del mercado local, y promover la educación para el trabajo con el fin de que los nuevos empresarios tengan conocimientos sólidos del negocio. El resultado fueron más de 20.000 personas capacitadas por medio del Centro de Emprendimiento y Empleo en Cartagena, y la consolidación de más de 100 microempresarios que tuvieron acceso a microfranquicias y soluciones innovadoras para sus negocios en Cartagena, Barranquilla, Santa Marta e Ibagué.

Estos resultados llegan en un momento en que la región Caribe enfrenta importantes retos en materia de atención a víctimas. Cartagena, en particular, debe encontrar estrategias para minimizar los conflictos urbanos que enfrentan sus barrios vulnerables, que crecieron rápidamente por décadas de desplazamientos forzados desde la región de los Montes de María, el departamento de Córdoba y otras comunidades costeras.

Estos son sólo algunos de los proyectos que se crearon como soluciones innovadoras para que familias vulnerables tengan mejores ingresos.

Una casita de papel reciclado

Cuando la mamá de Zulay Pérez la vio licuando papel mojado pensó que se había vuelto loca. Lo hacía porque el Sena había llegado al barrio Olaya Herrera, al suroriente de Cartagena, dictando talleres de artesanías con papel reciclado, y a ella le gustó la idea de crear a partir de la basura.

Eran tiempos difíciles para ella y sus tres hijos. Vivían apretados en el patio de la casa de su mamá y Zulay no conseguía un trabajo estable para ofrecerles algo mejor. “Recuerdo que seis meses después de empezar a reciclar papel alguien me compró un sobre por $12.000. Yo le dije que eso era demasiado dinero, pero la persona me explicó que eso era lo que valía mi trabajo”. Desde ese momento Zulay quemó muchas licuadoras procesando papel reciclado.

Empezó a participar en talleres en Cemprende, una estrategia de la Cámara de Comercio, la Alcaldía y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para facilitar el acceso de comunidades vulnerables a un buen trabajo.
Con las capacitaciones aprendió a manejar la caja menor y dividir los recursos de la casa y del negocio. También participó en proyectos de capital semilla y microcréditos. Compró un lote y empezó a construir una casa que sirve de fábrica, centro de acopio y hogar para su familia. También consiguió la maquinaria necesaria para el proceso, incluida una licuadora industrial.

En 2016,  un grupo de jóvenes de la Universidad San Buenaventura la ayudó a crear una estrategia de mercadeo que incluía convertir su casa en un punto de turismo ecológico. Diseñaron unos muebles con materiales reciclados y así crearon una sala de ventas.

Hoy, la Casita de Papel, como se llama la empresa, recibe kilos de papel en calidad de donación de hoteles y el Centro de Convenciones. Les da trabajo a tres adultos de la tercera edad y algunas jóvenes del barrio que crean las artesanías. Los papeles que están en buen estado los convierten en portavasos, portarretratos y demás. Con el resto hacen cuadernos y tarjetas.

Samanea, por una ciudad sostenible

Todos los miércoles, Yaneth Cuello y Absalón Pacheco pasean por la calles del centro histórico de Cartagena recogiendo los residuos de aceite que quedan en los restaurantes luego de preparar las famosas arepas ‘e huevo, las apetecidas carimañolas o hasta los exóticos platos que preparan los restaurantes gourmet en una de las zonas más exclusivas de Colombia.

 Se trata de Samanea, una microfranquicia que acaba de cumplir un año de creada, pero ya se ha vuelto la favorita de muchos gerentes de restaurantes porque ofrece un servicio vital para que los angostos desagües del Corralito de Piedra no se tapen y desborden. El aceite se envía a Bogotá, donde se convierte en biodiésel.

Yaneth es la más habladora del equipo. Cuenta que inició el proyecto luego de un año sin empleo y con hija pequeña. Estaba desesperada. “A mis padres les tocó muy duro al desplazarse por la violencia desde Córdoba, pero siempre nos enseñaron a soñar y por eso siempre quise tener la oportunidad de no sólo tener, sino ofrecer empleo”. Cuando en Cemprende le ofrecieron la oportunidad de ser copropietaria de Samanea y le mostraron el tratamiento que le hacen al aceite para convertirlo en biodiésel, inmediatamente se visualizó con una planta en la ciudad.

Después de pasar por una serie de filtros para asegurarse que podían sacar adelante la empresa, empezaron las capacitaciones y allí conoció a Absalón, su socio. Ajustaron las herramientas que les daba la franquicia a la idiosincrasia de la costa, donde la gente está acostumbrada a un trato mucho más informal.

Les entregaron una base de datos de 30 hoteles y restaurantes, hoy tienen 180. Todavía no han llegado a su punto de equilibrio, pero ven un cambio fuerte en sus ingresos: la primera quincena fue de $300.000, hoy cada uno gana $900.000 al mes. Además, añade Yaneth, tienen la perspectiva de cumplir un gran sueño a futuro y dejar una huella positiva en el medioambiente.

Pulpas caribeñas

Pulpas Meca es una empresa creada por mujeres y para mujeres. Han establecido unos horarios de trabajo para que las cuatro madres que trabajan despulpando fruta puedan dejar a sus hijos en el colegio y hacer el almuerzo antes de llegar a trabajar.

Todo empezó cuando María Acevedo tuvo un problema en la columna luego de trabajar por años en un restaurante. Sus jefes le propusieron crear una empresa que fuera su proveedora. Así ella y su hija, Mayra Cabarcas, iniciaron la empresa para producir pulpas orgánicas.

Con el tiempo la empresa empezó a decaer, porque el restaurante empezó a pedirles a otros proveedores. “Me acerqué al Centro de Emprendimiento y les dije: No vengo a que me den. Soy una esponja y puedo aprender y hacer todo lo que me digan para sacar adelante mi empresa”.

Entró en contacto con un programa del PNUD que llevaba un técnico al negocio para identificar los problemas. “Eso para mí fue como tener un médico en casa”, dice Mayra. Les enseñaron a no gastar lo que producía la empresa en sus necesidades diarias. También a entrevistarse con clientes sin tener miedo, “porque uno a veces llegaba a esas empresas y salía triste por no poder expresar nuestros puntos fuertes”.

Luego entraron a un proyecto de capital semilla y adecuaron un espacio de trabajo. Participaron en un proyecto de crowdfunding organizado por el PNUD. Subían su historia a una plataforma virtual para que los conocieran y le aportaran dinero. Por cada peso donado, Corea daba otro. Así obtuvo $1’300.000 para una licuadora y materia prima. Gracias a otra iniciativa, llamada Campus de Innovación, estudiantes  del Tecnológico de Comfenalco crearon un nuevo empaque para las pulpas y un sistema para llevar la contabilidad que tenía en cuadernos.

“Hace poco estuvimos en una macrorrueda de negocios en Cali y a los grandes empresarios les gustó que tuviéramos pulpas de frutas caribeñas como el corozo, el zapote y el tamarindo. Estoy organizando para llevarlas a otras ciudades”, concluye.

Libertad para coser y crear

Ana María Ibáñez cuenta que hace poco una de sus excompañeras de colegio se le acercó corriendo mientras ella salía a trabajar: le quería contar que se había matriculado para estudiar una carrera técnica. “Iré a clases con mi bebé y todo”, dijo emocionada”. Ana María sonrió porque hace solo nueve meses ella se encontraba en una situación similar. Con 25 años y tres hijos había resuelto buscar trabajo para no tener que sobrevivir con el salario mínimo del papá de sus hijos, pero no encontraba nada. 

Desde los 15 años había tenido ganas de crear una empresa, así llegó al Centro de Emprendimiento y Empleo (Cemprende) a buscar alternativas para crear un negocio. Le dieron la oportunidad de hacer una carrera técnica de confecciones y una ayuda para comprar una máquina de costura. Empezó a trabajar desde la casa.

En el 2016, uno de sus mentores en Cemprende la llamó a contarle que el PNUD y otras entidades habían iniciado un proyecto con microfranquicias y una de ellas era  de confección y reparación de ropa. Ella aceptó y empezaron las capacitaciones. “Mi mamá y el papá de mis hijos me veían como un ama de casa y cuando les dije que iba a montar un negocio me dijeron que no me metiera con esa vacaloca”, cuenta ella.

Con mucho esfuerzo consiguió un local donde montarlo y al poco tiempo llegaron a ponerle los muebles. ¿Cómo los vas a pagar en los próximos meses?, le preguntaba asustada su mamá. “Yo seguí adelante porque sabía que tenía los conocimientos y el respaldo para hacerlo. Cuando lo terminé y los traje, no creían que esto fuera mío”.

El sistema de microfranquicias la ayudó, porque ha tenido acompañamiento de la Cámara de Comercio en temas de finanzas, del PNUD para optimizar los recursos y de la dueña de la franquicia para entender los detalles del negocio. Siete meses después de abrir su taller, Ana María llegó al punto de equilibrio. “Con el dinero que he ganado reuní para mudarme a un lugar donde los niños estuvieran más seguros. La que teníamos tenía piso de tierra, no tenía servicios básicos y el vecindario no tenía parques para que ellos jugaran y era peligroso de noche”.

A futuro sueña en grande. Se visualiza con cinco máquinas más y seis trabajadoras. Además quiere montar una boutique donde pueda crear su propia ropa.