Une a tres parques naturales: Sumapaz, Picachos y Tinigua

Buenavista, la vereda donde las Farc dejaron las armas

Está a una hora de la cabecera de Mesetas (Meta). En esta tierra tuvo arraigo la Unión Patriótica y fue epicentro de la violencia después de que se rompieran los diálogos de paz con Belisario Betancur, muy cerca de esta vereda, en La Uribe (Meta). 

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En la vereda habitan 100 personas que están integradas en 30 familias.
Gustavo Torrijos

La vereda Buenavista está asentada en una meseta rodeada por la cordillera Oriental y el paisaje de la serranía de La Macarena. Desde cualquier punto de la comarca se alcanzan a divisar las sabanas de los Llanos Orientales y, de vez en cuando, formas que nacen en las montañas y que interrumpen el paisaje sabanero. A lo lejos, el Indio Acostado o el cerro de La Tetona son figuras que se reflejan en las rocas. (Vea nuestro especial sobre las zonas veredales)

Es una tierra bañada por las aguas del río Cafre y por decenas de riachuelos que descuelgan desde el páramo de Sumapaz y del Parque Nacional Natural Tinigua. A una hora, si la trocha no está melcochuda o bloqueada por la lluvia, queda la cabecera municipal de Mesetas.

Camino a Buenavista, por los bosques que ampararon la guerra, hay 500 metros de tierra despejada en medio de cientos de árboles de más de 20 metros de altura. En medio de los árboles, las hojas secas están apiñadas en forma de montañas, lo cual permite ver los palos delgados que marcan los tramos en donde hubo o hay minas antipersonales. Es la señal de que las están desenterrando. (Puede leer: "¡Adiós a las armas! ¿Y ahora qué?")

La carretera que abrieron entre la comunidad y la guerrilla, a punta de pica y pala, y durante la época del proceso de paz del Caguán, con máquinas que la insurgencia adquirió, conduce a La Julia, una inspección considerada como la última trinchera del Estado Mayor del Bloque Oriental (Embo) y la cuna de los padres de la insurrección fariana. Ese territorio ya forma parte del municipio de La Uribe, sitio donde se desarrolló el acuerdo de cese al fuego entre las guerrillas de izquierda y el Gobierno de Belisario Betancur. Ahí bombardearon a los miembros del Secretariado de las Farc cuando ese intento de paz fracasó en 1990.

Manuel Santiago Pilcué llegó a la vereda Buenavista en 1982. Es un indígena nasa de Tierradentro, Cauca, que arribó dos años después de que Antonio López, Jesús Zambrano y un tal Primitivo, como él le llama, llegaran a fundar esas tierras. “Ellos alcanzaron a coger mucha tierra, pero la norma acá siempre fue que lo máximo que uno podía tener eran 50 o 60 hectáreas”, afirma mientras arranca los granos de café en una loma de la finca, donde también tiene una reserva de bosque que un comandante de la guerrilla quería obligarlo a cortar. (Vea: "La Secreta: del miedo a la esperanza y el progreso")

Manuel Santiago Pilcué / Foto: Gustavo Torrijos

Esa historia la cuenta sin temores. Al fin y al cabo, es la enseñanza de la resistencia de los que no tenían fusiles, porque no eran guerrilleros ni soldados. “Un día llegó un comandante repugnante de las Farc y me dijo que por qué no tumbaba esa mogota (área boscosa), que servía para dejar acampar a los soldados, que no sé qué. Yo le dije: comandante, aquí de todas maneras ha llegado guerrilla y también ha acampado. ¿Entonces? Y esa es la mogota que tengo de reserva y no la voy a tumbar, así me tumben a mí”, le dijo el señor Pilcué al jefe insurgente. Pilcué tiene 65 años, 37 de los cuales los ha vivido en Buenavista.

Esa vez la guerrilla acampó en la mogota y al día siguiente se marcharon. Ocho días después a la finca de Pilcué llegó el Ejército. “Que por qué él mantenía con la guerrilla”, le reclamó el comandante militar. “Todos son humanos, como ustedes que un día vinieron y me pidieron permiso para quedarse una noche y yo les dije que sí”, dice este indígena nasa, quien vive en 10 hectáreas de tierra.

A finales de 1985, cuando la Unión Patriótica (UP) se había convertido en la opción política de la guerrilla para dejar los fusiles, las reuniones se hacían en el Alto Cafre y los de Buenavista y otras veredas eran llamados a participar. Después de que empezara el exterminio contra ese partido político, el frente 26 de las Farc se instaló en ese caserío y hasta el pasado martes 27 de junio impuso la ley del monte. Ese día, con la fase final de desarme, empezó a conformarse, nuevamente, el partido político de las Farc. (Lea: "Jesús Santrich y la huelga de hambre de los presos de las Farc")

La escuela, que queda en una loma desde donde se ve la figura del Indio Acostado, se construyó con las manos de las 30 familias campesinas que habitan estas tierras. El lunes y martes pasado, en un lote donde las Farc construirán un polideportivo para el centro educativo, aterrizaron los helicópteros para dejar a los comandantes de la guerrilla, al presidente Juan Manuel Santos y a los invitados especiales que protagonizaron el acto final del desarme.

El ruido de las aeronaves y la borrasca que generan las hélices hicieron salir del aula a los niños y a la profesora para conocer de cerca un helicóptero sin que disparara una bala. Ese pedazo era sobrevolado en los días de combates con las Farc. Ahí daban la vuelta y peleaban durante horas y horas con la guerrilla. Una vez a la profesora Helena Trujillo le tocó escuchar muy cerca de ahí el bombardeo que la Fuerza Aérea hizo sobre un campamento del frente 26 en El Pescuezo, un sitio donde la insurgencia tenía un dispensario importante para la guerra.

A la escuela también alcanzaron a llegar las reglas que impuso la insurgencia. Como era el sitio a donde la gente asistía a las reuniones, ahí llegaban y me pedían permiso, cuenta Trujillo. Ahí le informaban a la comunidad que no se podía transitar después de las 6 p.m., y hasta las 6 a.m.; y a la docente le señalaban dónde estaban las minas, por dónde podían caminar los estudiantes y, algo importante, que no se salieran del camino pisado. Una sola vez escucharon sonar dos minas que el Ejército desactivó cerca de la escuela.

La profesora es de Villavicencio, la capital del Meta, pero hace diez años llegó a Buenavista después de estar ejerciendo la docencia en escuelas de municipios que tuvieron nombre de guerra: Mapiripán (Meta) y Miraflores (Guaviare). En la escuela hoy están matriculados 19 estudiantes de preescolar a quinto. La vereda es grande y desde la parte alta llegan niños que están a una hora y media de camino. No hay restaurante escolar ni refrigerios, y los que consiguen últimamente es porque los dona Aldinéver Morantes, el coordinador de la zona veredal donde viven los guerrilleros que están en proceso de reintegración a la vida civil.

Con la instalación de esta zona veredal, la primera que se designó en el Acuerdo de Paz el 14 de julio de 2016, a la vereda Buenavista llegó el fluido eléctrico sólo para las casas que quedan a la orilla de la carretera y a la escuela. De las tres vías de acceso con que cuenta la vereda, ninguna sirve para transitar en época de invierno sin correr el riesgo de quedarse enterrado en el barro.

Los colonos y la tierra ganadera

La tenencia de la tierra en zonas de influencia guerrillera siempre fue una de las razones que más atizaron el conflicto en estos territorios de Mesetas (Meta). La pelea entre campesinos y ganaderos, y el vasallaje aún perduran agazapadas en los mayordomos que no ganan un salario justo, sino que son sirvientes de los patrones.

Eso ya se ha reducido, pero campesinos como Jairo Pinzón Naranjo, entregaron su vida a esa labor para sobrevivir y conseguir un pedazo de tierra que hoy, cuando cumplió 70 años, apenas está disfrutando. El Gobierno dice que esos son los baldíos de la nación, aunque el reto, teniendo en cuenta el Acuerdo de Paz con las Farc, es legalizar esos predios a los campesinos fundadores o colonizadores.

Pinzón es otro colono que caminó varias semanas en 1985 para llegar hasta la hacienda Las Camelias, que tiene 34 fincas de un solo dueño. Ahí lo dejaban vivir, comer y criar a sus hijos, a cambio de cocinar para varios trabajadores que construyeron la cerca de la hacienda. Después de 17 años de trabajar como mayordomo, finalmente consiguió una casa que un día quedó en cenizas cuando se la quemó la guerrilla en un enfrentamiento con el Ejército.

Conoce de las reglas que las Farc dejaron en Buenavista para siempre. Las multas para quien practique la cacería, para el que corte madera o para el que tumbe montaña. El castigo más común y el que redujo las peleas en los bazares de la vereda, se llamaba “Juan Berraco” o “Juan Machete”. Consistía en que la persona que llegara a la fiesta a enfrentarse con otra persona, tenía que pagar hasta $200 mil. Dejar a un caballo en la calle durante la noche, mientras el dueño tomaba cerveza, también era multado.

Durante el proceso de paz con Andrés Pastrana, cuando las Farc tuvieron mucho poder con la zona de distensión, “cometieron muchos errores por mala información, por no investigar mataron a gente inocente”, cuenta Pinzón. Del lado de la guerrilla o los paramilitares mataron personas con base en calumnias de quienes querían pescar en ese conflicto.

Este campesino nacido en Rionegro, una vereda de Dolores (Tolima), siempre fue estratega para jugar entre los dos actores. “A mi casa llegaba la guerrilla de paso y yo les daba un tinto, una preparada, una agüita; si era el caso, servía uno o dos desayunos, siendo así pocos. De igual manera, al Ejército. Iban a la casa, se bañaban, si no tenían gasolina yo les daba, me pedían panela, les regalaba; que véndame una res, una novilla, con mucho gusto; que gallinas, sí señor, al que sea. A los dos les vendí y aquí estoy vivo”, cuenta, mientras ensilla el caballo para regresar a su finca.

Pinzón ese día había participado del acto en el que las Farc desarmaron a todos sus combatientes en esa vereda. Había ido a oír al presidente Juan Manuel Santos y al jefe de la guerrilla, Rodrigo Londoño, y a presenciar un hecho que cambiaría la historia de Buenavista y de Colombia. Para estos pobladores es más fácil entender las causas de fondo que desataron esta guerra, porque ellos la escucharon, la lloraron y, hoy, celebran su fin.

Un partido político que ya existió

Si de algo tienen temor los campesinos de veredas como Buenavista, tras el desarme de las Farc, es qué pasará con los excombatientes y con quienes viven en estas zonas. Ya la historia de la UP la conocen de cerca y no quieren que se repita, porque ese dolor apenas está sanando.

Manuel Santiago Pilcué también asistió a la dejación de armas de las Farc. Mientras gira el timón de la máquina desgranadora de café, describe el panorama actual de la vereda: “Ahora estamos en la gloria, porque estamos sin escuchar un tiro y nadie viene a decirnos ustedes cómo viven, qué están haciendo, porque eso era lo primero que llegaban y le decían a uno. Ustedes cómo viven, qué más de la guerrilla, no los han visto por aquí, no ha visto al Ejército. Así era la vida de complicada ante la presencia de un armado”, comenta.

Hoy eso ya es parte de la historia del país. En ese pedazo de Mesetas, como cuando existió la otrora Unión Patriótica, ahora las Farc echarán raíces con un partido político para divulgar sus ideales sin la fuerza de los fusiles. “El sueño mío es seguir cultivando café y trabajar en este pedazo hasta que me muera. Ojalá la política arranque y siga bien, ¿qué tal que la paz sea así como cuando existió la UP? Eso no lo queremos”, concluyó Pilcué.

A una orilla de la carretera quedaron los dos contenedores con más de 520 armas de los combatientes de esa zona veredal. Cuando terminó el proceso el martes, los taparon con lona negra alrededor y el próximo primero de agosto serán extraídos por las Naciones Unidas. La noche de ese martes no hubo fiesta en el campamento de las Farc, pero dieron permiso a algunos guerrilleros para celebrar en una caseta de madera de la vereda. En el sitio que quedará para la memoria como el lugar donde las Farc pasaron de ser ejército a partido político.