Así viven las Farc en zonas veredales de Tierragrata (Cesar) y Pondores (La Guajira)

Bienvenidos a la institucionalidad, guerrilleros

La vida para los exinsurgentes ha cambiado para siempre. Dejar el fusil es el quiebre de aguas entre el antes y el después. Se sienten con las manos vacías, a merced de unas instituciones estatales que, a pesar de los esfuerzos, no han cumplido a cabalidad.

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En las zonas veredales, como la de Pondores en La Guajira, las construcciones están a medio terminar. / Mauricio Alvarado - El Espectador

La llanura que se extiende entre el río Magdalena, la serranía del Perijá y la Sierra Nevada de Santa Marta es ganadera por excelencia, a pesar de ser fértil por las aguas del río madre y por las que bajan del macizo y de la cordillera. Pocas vacas, mucha tierra. Tiene grandes manchas de banano en el norte, de palma africana en el sur y algún arroz en el oriente. Alguna vez hubo mucho algodón y se movió la “marimba”. Posee las más ricas minas de carbón exportable del país.

Es tierra de ricos (¿cómo llamarlos de otra manera?). En el Perijá y en la Nevada, empujados por la prosperidad, viven y trabajan campesinos, colonos e indígenas. Montañas de pobres (ibídem). El contraste desató la violencia, el destierro, el despojo y la resistencia. La zona plana fue controlada por el paramilitarismo y amenaza volver a serlo. En la zona montañosa, la guerrilla ha tenido fuerte presencia.

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La Fiscalía General de la Nación ha confirmado que entre los años 1996 y 2005, las Autodefensas Unidas de Colombia, a través del bloque Norte, cometieron 333 masacres, con un total de 1.573 víctimas. Según Medios para la Paz, a los grupos guerrilleros se les atribuye el secuestro de unas 1.000 personas entre los años 2000 y 2003 en el departamento de Cesar.

Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, creó en 1999 una franja paramilitar desde Bosconia hasta Chiriguaná, pasando por La Paz, San Diego y Becerril, pero con énfasis en dos grandes centros de inversiones económicas de carbón y palma africana en los municipios de La Jagua de Ibirico y Codazzi. Según los datos de la Fiscalía 58 de Justicia y Paz, en Cesar se registraron 123 masacres que dejaron 605 víctimas —31 asesinatos colectivos ocurrieron en Codazzi, donde murieron 132 personas—. En Magdalena hubo 127 masacres y 609 personas asesinadas; en Cesar, 123 masacres y 605 víctimas; en La Guajira, 71 hechos con 311 víctimas.

La semana pasada visité las zonas veredales de transición y normalización de Tierragrata en Cesar, a 40 minutos de Valledupar, y Pondores en La Guajira, a una hora y media. Se agrupan en ellas unos 300 exguerrilleros de las Farc. La vida para los exinsurgentes ha cambiado para siempre. Dejar el fusil es el quiebre de aguas entre el antes y el después. Se sienten con las manos vacías, a merced de unas instituciones estatales que, a pesar de los esfuerzos del actual gobierno, no han cumplido a cabalidad.

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El primer gran obstáculo es el incumplimiento en la construcción de las ciudadelas que desde comienzos del año han debido estar terminadas y listas. Son construcciones en un material endeble destinado a dañarse en poco tiempo. Quedarán las estructuras metálicas, que un futuro gobierno puede usar para instalar bases militares. A los exguerrilleros no se les escapa el propósito y piensan, por el contrario, que las instalaciones deberían ser las sedes de una nueva figura: territorios de paz donde puedan vivir y trabajar.

No demoran en oírse tambores de guerra contra las que volverán a llamar “repúblicas independientes”, pero la idea no es descabellada: el futuro partido que salga de las Farc debería tener sus propias fuentes de financiación para no depender de la mermelada ni de aportes públicos o privados. Es decir, para mantener su independencia política. Con tal objetivo están preparando una gran organización basada en el trabajo cooperativo de la tierra, en la comercialización y en la venta de servicios. La derecha ya está hablando de que esta figura es el comienzo del “socialismo chavista” en Colombia.

La mera perspectiva los está enfrentando a una dura realidad: el manejo del dinero en forma contable y, para qué decirse mentiras, parcialmente capitalista: las empresas deben producir ganancias. Con un agravante: los mandos militares que condujeron la guerra tendrán que aprender contabilidad por partida doble y gerencia empresarial; y la tropa, adiestrarse en actividades económicas nuevas, incluido el trabajo técnico de la tierra. La tula del billete se acabó. En dos años, los exguerrilleros dejarán de recibir apoyos estatales y llegarán a combatir en el campo de batalla económico.

Hoy por hoy el tema de la vivienda no es fácil. En las dos zonas, los guerrilleros en trance prefieren sus tradicionales cambuches levantados bajo los árboles alrededor de un camastro y protegidos con plástico. Son frescos y crean en su conjunto una especie de clima familiar del que carecen las habitaciones de cartón y cemento. Hay un apego a esa forma de vivir al aire libre.

En cambio, en las edificaciones calurosas hechas por el Gobierno se sienten, paradójicamente, desamparados. En Pondores, los exguerrilleros no han aceptado alojarse en las construcciones que, como diría el poeta De Greiff, son “trazadas a cordel”. En Tierragrata el problema es el agua: deben traerla en carrotanques y sólo para usar en cocina —ya no hay “rancha”— y en baños —ya no hay “chontos”—. No pueden cultivar nada para librarse de la consabida arveja verdiseca y la carne de diablo con yuca y pollo. La cosa es tan grave que están pensando establecer una nueva zona en Montes de María.

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La carencia de agua pone sobre la mesa el problema de la tierra, tanto en la zona veredal de Cesar como en la de La Guajira. La mayoría de los excombatientes son de origen campesino y una parte apreciable quiere volver a trabajar la tierra, para lo cual se debe cumplir a cabalidad el capítulo primero del Acuerdo de La Habana: la Reforma Agraria Integral que dote de tierras a los que no las tienen y quieran trabajarlas. En muchos casos los guerrilleros se acogen a la figura legal (Ley 160 de 1994) de las Reservas Campesinas, tan vilipendiadas por la SAC y por Fedegán y tan perseguidas por Uribe. Sin duda, este será el primer punto de confrontación del nuevo movimiento político: sin tierra, ni pío.

En los campamentos vive gente mayor —los “cuchos”, unos con mando y otros rasos— que requieren servicios médicos; hay también exguerrilleros que perdieron un ojo, un brazo, una pierna, y necesitan tratamientos especializados. Asimismo mujeres que van a parir y niños que lloran y juegan en los cambuches. Más aún, en Tierragrata hay una hormiga desconocida para los más experimentados hombres de monte: hace unas leves cosquillas en el cuello o en los brazos, que parecen de un mosquito inofensivo, pero al aplastarla con la mano larga un líquido venenoso que hace una herida profunda a la que no han encontrado cura.

Para ser atendidos por cualquier dolencia como el resto de sus compatriotas, deben hacer una docena de colas en busca de una cita “a futuro”: seis meses para exámenes previos y posteriores y colas infinitas para conseguir finalmente el legendario acetaminofén, que da nombre a la Ley 100. Se trata de la primera puerta de entrada a la maraña institucional. Bienvenidos a la institucionalidad, guerrilleros.

La segunda es la escuela. Hay pocos niños de escuela por razones obvias, pero hay muchachos y muchachas que quieren hacer bachillerato y cursar universidad. Existe una petición de principio en la perspectiva: los exámenes de admisión. ¿Con qué capacidad se presentan a pruebas que son válidas para otros medios sociales, pero no para gente que lleva 10 años o más combatiendo? El Sena y algunas universidades les han abierto las puertas, pero aun así, la dificultad existe y tiene un tinte casi cultural.

Por ahora, una parte importante de exguerrilleros con alguna preparación hacen “pedagogías de socialización” —términos de moda— en zonas pobladas para explicar la naturaleza y los alcances de los acuerdos. Lo hacen legalmente en recintos cerrados e invitados por sus propias organizaciones civiles o por gente interesada en descargar el pesado fardo del anticomunismo que durante cien años ha sido el caballito de batalla institucional.

Los guerrilleros son una atracción en los pueblos, la gente va a mirarlos a ver si no son como los pintaba Laureano Gómez y los pinta Uribe: “Monstruo horrendo de pérfido corazón masónico, garras homicidas y pequeña cabeza comunista hambrienta de revolución”. La guerrilla aprovecha este cuarto de hora de interés por la novedad que representan. Se trata, claro está, de una actividad dirigida a la construcción de un partido.

Los principales mandos de las guerrillas sabían en qué país iban a aterrizar, aunque no con la misma conciencia que han adquirido a través de la negociación y de los últimos meses de actividades políticas. El reto que tienen es enorme frente a una derecha que sabe unirse cuando, como ahora, las fuerzas del Sí se hayan tan divididas.