Animadores de paz en el oriente antioqueño

En esta subregión de Antioquia, una de las tres más golpeadas por la violencia en este departamento, se han formado cerca de 50 personas para ser multiplicadoras de perdón y reconciliación.

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De izq. a der. Clara Elena Guzmán, Francisca Álvarez, Teresa Valencia, Estela Valencia y Jaime Álvarez, víctimas y talleristas de Espera.
/ Fotos: Luis Benavides

Más de 15 años después del asesinato de su esposo, Clara Elena Guzmán descubrió una manera de aliviar, en parte, el sufrimiento que la había embargado durante todo este tiempo. Lo supo cuando, por primera vez, se atrevió a compartir su dolor. Lo hizo durante un ejercicio de clase-taller en una Escuela de Perdón y Reconciliación, conocida como Espere.

Clara Elena y sus compañeros estaban allí gracias a que la Fundación para la Reconciliación, Isagén y la Pastoral Social habían decidido aliarse para llevar estas escuelas al oriente antioqueño, una de las subregiones más golpeadas por la violencia en Antioquia. Allí hay registradas cerca de 190 mil víctimas del conflicto armado, que representan más del 13 por ciento de este departamento, donde hay más de un millón cuatrocientos mil.

Por ello, estas entidades, a propósito del proceso de paz, pensaron que era imperativo emprender estrategias de perdón y reconciliación que beneficiaran a pobladores de los 23 municipios de esa subregión. Así llegaron allí las Espere, una metodología de la Fundación para la Reconciliación que comenzó en 2001 y que ha sido llevada a 45 municipios de Colombia y a 15 países de América Latina.

La convocatoria para los cursos, que son gratuitos, se hizo a comienzos de 2016. El primer encuentro se dio en febrero de ese año con más de 50 estudiantes y la segunda en agosto.

En uno de los 11 módulos, Clara Elena, de 62 años, contó la experiencia de vida que la llevaría al pico más alto de dolor y que a la vez la empezaría a aliviar.

La noche del 10 de septiembre de 2001 regresó junto a su madre al municipio de San Carlos, luego de una visita a un poblado cercano. En las afueras de su casa encontró varios vecinos. Los saludó y continuó hacia su residencia. No se preguntó por qué estaban allí.

Al acercarse vio, a través de la ventana, cómo varias personas acomodaban sábanas y flores para organizar una velación en la sala de su residencia. Al entrar, escuchó: “Nos mataron a Pachito”. Su madre se desmayó.

Confusa, pensó que ese “Pachito” era un cuñado. Entonces preguntó por qué no habían llamado a su esposo Francisco, quien a esa hora debería estar trabajando en la planta de tratamiento de aguas.

“Mamá, ¿no ves que es mi papá?”, le dijo uno de sus tres hijos. Francisco Javier Ramírez, quien en ese entonces tenía 45 años, había sido asesinado en la tarde de ese lunes cerca de su casa, cuando salía para su trabajo.

Clara Elena permaneció en el pueblo, pese a que le decían que le podrían matar a sus hijos, quienes en ese entonces tenían 9, 14 y 15 años. Sin embargo, en 2003, tras la desaparición de Jesús Alberto Tobón, esposo de su hermana Marleny, tuvo el convencimiento de que no debía continuar allí. Se desplazó con su familia para el municipio de Marinilla.

Conciencia de la guerra

Pese a la crudeza del conflicto que vivieron los cerca de 22 mil habitantes de San Carlos, Clara Elena reconoce que solo el día de la muerte de su esposo comprendió lo que vivía su pueblo. “Vine a entender que estábamos en guerra”, dice.

La guerra se ensañó tanto con ese municipio que lo convirtió en el poblado del Oriente antioqueño con más asesinatos en el conflicto armado (más de 3.900), con más personas que salieron desplazadas (cerca de 36 mil) y con más masacres (33, que dejaron 221 muertos), de acuerdo con las estadísticas del Registro Único de Víctimas y del Centro Nacional de Memoria Histórica.

Durante años, Clara Elena evitó contar los detalles de lo que sintió aquella noche y de lo que pensaba sobre lo que había pasado en su pueblo. Solo fue durante los talleres de las Espere, unas especies de terapias en las que los participantes aprovechan las sabidurías de los otros, que sintió la confianza para expresar lo que había acumulado durante tanto tiempo.

Su compromiso ahora es ser una animadora de paz. Ella y cada uno de los participantes de las Espere saben que su misión es replicar lo aprendido en sus comunidades. Deben ser como unos “mensajeros de paz”, dice el sacerdote Pedro Pablo Ospina, director de la Pastoral Social en el Oriente.

Los egresados tienen claro, así lo escucharon en los módulos, que los grandes procesos de negociación de los conflictos quedan frágiles si paralelamente no hay procesos interpersonales de perdón y reconciliación. “Sin perdón hacia quien ha ofendido, no hay vida”, dice Francisca Álvarez, de 60 años, egresada de las Espere.

“Si la violencia comenzó por unos pocos, es posible también que nos vayamos uniendo para aportar un pequeñísimo grano de arena, ahora que estamos a la espera de la desmovilización y del encuentro de víctimas y victimarios”, agrega Jaime Alberto Álvarez, otro egresado.

Por ahora, al menos Clara Elena cuenta que se liberó en parte del dolor. “Antes, siempre evadía cuando me tocaban este tema personal, ahora hablo como me ven aquí”. Tranquila. Valiente.