Actuar para perdonar

En Florencia, Caquetá, un grupo de jóvenes convirtió el teatro en una herramienta para sanar las heridas que les ha dejado el conflicto armado.

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Veinte jóvenes del barrio La Gloria, en Florencia, hacen parte del grupo de teatro.
Cristian Garavito

“Con verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición sí es posible un país en paz”. La frase está consignada en un letrero horizontal, largo, segmentado en 15 piezas con forma de rompecabezas. Al unir cada una de las partes, se completa la oración. De pie, sosteniendo esas partes, están los protagonistas de la obra.

De repente alguno da un paso al frente y le da vuelta a la pieza que tiene entre manos. Se ve entonces una foto, acompañada de un nombre. “Por mi madre, Apolonia Ramos, quien se escapó de ser reclutada por la guerrilla en Solano y tuvo la fortaleza para seguir adelante a pesar de ser perseguida”, dice el actor. Lo propio hace otra de sus compañeras: “Por mi tía Marina Rodríguez, que fue violada, torturada y desaparecida por los paramilitares en Solita, Caquetá”. En cuestión de segundos surgen más nombres, más historias, más fotos. La función concluye. El conflicto armado, puesto en escena.

La obra, titulada Un minuto para la paz, tuvo 14 funciones en diferentes municipios del Caquetá, uno de los departamentos en los que el conflicto armado colombiano tuvo más arraigo y dejó, después de más de 50 años, una estela incalculable de muertos. Por eso el mensaje de la obra tuvo tanta fuerza. Por eso y porque también fue el resultado de un esfuerzo conjunto, de un trabajo juicioso que surgió para dar respuesta a las inquietudes existentes sobre el alcance de las negociaciones y los acuerdos pactados entre Gobierno y Farc en la mesa de diálogos de La Habana. Con un ingrediente diferencial: detrás de la elaboración del guion, la creación de los personajes y su representación en el escenario no había adultos.

Se trata de un grupo de teatro compuesto por 20 adolescentes –entre 13 y 16 años– que hallaron en el arte escénico un mecanismo de sanación, de liberación e incluso de reconciliación con ellos mismos. Pasan sus tardes ensayando parlamentos en el centro juvenil del barrio La Gloria, en Florencia, una urbanización que hizo parte de un programa de vivienda social del Gobierno para atender a la población sin hogar por cuenta de inundaciones y desastres naturales y que terminó albergando por igual a los cientos de desplazados que fue dejando el conflicto armado en Caquetá y otras regiones.

Sus historias están atravesadas por la guerra que de una u otra forma tocó sus puertas. Por eso sintieron curiosidad por el tema de la paz y las emociones encontradas que la misma generaba en las personas que los rodeaban. Con frecuencia escuchaban en sus casas y en las calles del barrio argumentos diversos para rechazar los diálogos, como que el Gobierno les iba a pagar un sueldo a las Farc y que el proceso era simplemente un medio para “entregarle el país a la guerrilla castrochavista”.

Las versiones eran muchas, pero pocas convencían. Fue así que se dieron a la tarea de estudiar por sus propios medios cada uno de los seis puntos del Acuerdo de Paz firmado por Gobierno y Farc en La Habana, para hallar en los textos una explicación de fondo que terminó por derrumbar los mitos existentes. “Veíamos videos de Diana Uribe y queríamos tratar de entender en qué consistían los acuerdos. Cada uno creó un personaje y le dio una historia de vida, por eso en la obra hay habitantes de calle, militares y campesinos”, explica Joghis Arias, quien dirige el trabajo de los jóvenes en el grupo teatral y quien también conoce de cerca los horrores de la guerra: su padre y su abuelo fueron secuestrados, torturados y asesinados por la guerrilla.

El ejercicio tuvo un éxito que no esperaban y terminó por convertirse en un proceso de aprendizaje tanto para los espectadores como para los actores. Los primeros lograron –en muchos casos– despejar las dudas que tenían sobre los acuerdos y entender la importancia de su implementación en territorios de conflicto como Caquetá. Los segundos, por su parte, tuvieron un proceso interno de liberación que derivó en la sanación de heridas profundas que había dejado la vivencia de la guerra.

“Uno quiere hacer algo para cambiar esto. Podemos aportar un granito de arena, porque queremos que Colombia sea un país sin tanta muerte. En el público siempre encontramos reacción, la gente lloraba y nos abrazaba. Mirar a las personas que sentían ese dolor nos daba nostalgia”, señala Natalia, cuyo tío, Joel Cruz, fue desaparecido a los 16 años en Quinapejo (Putumayo).

Todos tienen claro que así como la obra, la paz también es un proceso de construcción que requiere unión de fuerzas. “Estamos en un camino de perdón y es obvio que firmado un proceso con la guerrilla no vamos a tener una paz única, porque otros grupos armados van a seguir. Pero la paz es una forma de liberarnos, de sacar de adentro y olvidar todo lo que nos ha pasado”, asegura Saúl, otro de los actores de la obra.

Para él, la importancia de esta puesta en escena está en que en el fondo tiene un carácter universal y, en un país que ha vivido inmerso en el conflicto durante más de medio siglo, siempre habrá espectadores que se sientan identificados con lo que ellos representan. “Cada persona aquí tiene a alguien que puede hacer parte de esta obra. Así es la violencia”, sentencia.

El grupo de teatro hace parte de un proceso aún más grande que desde hace varios meses se viene gestando en el departamento y que busca descubrir cuáles son los imaginarios de cultura de paz, romper con los paradigmas de la estigmatización y entender cómo se está narrando el contexto del departamento. Un trabajo que ha sido apoyado por el Proyecto de Diálogos y Capacidades para la Paz Territorial –de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz–, aliado en la región con organizaciones como RedCaquetáPaz, Caguán Vive, PNUD y la Universidad de la Amazonia.