El Salvador: Otra paz que le interesa a Colombia

Un exmilitante colombiano de la guerrilla FMLN en El Salvador cuenta cómo se llegó al fin de la guerra y cómo se sentaron las bases, contenidos y desarrollos del acuerdo de paz con el Gobierno y los militares.

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El presidente de El Salvador, Alfredo Cristiani (izq.), saluda a los líderes de la guerrilla salvadoreña Joaquin Villalobos, Salvador Sánchez y Francisco Jovel, después de firmar la acuerdos de paz, el 16 de enero de 1992, en México.
AFP

El 16 de enero de 1992, con la firma en el castillo de Chapultepec (México) del acuerdo de paz entre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y el gobierno salvadoreño, terminaron oficialmente 12 años de conflicto armado interno (algunos consideran que fue realmente una guerra civil), del cual quedaron cerca de 70.000 muertos, 10.000 desaparecidos, cientos de combatientes de la guerrilla, militares y civiles mutilados por la acción de minas antipersonal y una extendida afectación de la infraestructura económica.

Si se lo compara en proporción a su población y pequeña extensión, la de El Salvador fue sin duda una gran tragedia inscrita en un continente en el que subsistían regímenes autoritarios en formas cívico-militares o abiertamente como dictaduras y una profunda desigualdad y violencia en la disputa por la tierra y el poder. Todo al calor también de insurgencias que desde el triunfo revolucionario en Cuba hasta la Revolución sandinista en Nicaragua, en 1979, alentaban en Centro y Suramérica alzamientos armados de distinto tipo.

Vencer o morir

Me incorporé al FMLN en 1988, estando en Nicaragua luego de una tarea militar que como miembro del M-19 me había llevado, junto con otros compañeros, a cumplir una misión delicada y riesgosa en África. Y sabido por boca de comandantes de la guerrilla salvadoreña que estaba próxima la realización de la llamada “Ofensiva Final”, postergué mi regreso a Colombia y tomé la decisión de ser parte de la agrupación de “Fuerzas Especiales” del FMLN en el Frente de Guerra Oriental Francisco Sánchez, en Usulután.

Recuerdo que luego de una larga preparación militar, en la que se cambiaron los ya viejos fusiles M-16 (capturados al ejército salvadoreño en múltiples batallas) por modernos fusiles soviéticos AK-47 y se introdujeron, por primera vez, misiles tierra-aire, nuestro comandante arengó a su tropa diciendo que la consigna era “Vencer o morir” y que nunca jamás negociarían una paz pactada con el enemigo, como, según dijo mientras me miraba con burla e ironía, “lo están haciendo los del M-19 en Colombia”.

La ofensiva que inició el FMLN el 11 de noviembre de 1989 fue realmente estratégica. Se atacaron las cinco capitales de departamento, todos los cuarteles de brigada, y un contingente guerrillero incursionó en el área más importante de la capital, la Colonia Escalón en San Salvador. Luego de un prolongado asedio, el FMLN no logró entablar ni ganar una batalla decisiva ni se dio el que era un supuesto igualmente clave: una insurrección general.

No fue una victoria, pero, como ya lo había demostrado en 1981, cuando estuvo a punto de tomarse el poder, de no ser por la urgente intervención militar de los EE. UU., la guerrilla salvadoreña demostró su enorme fortaleza militar, no obstante la aceptación final de la imposibilidad armada de tomar el poder, lo cual se convirtió (esto último) en factor decisivo para abrir las puertas a una negociación política de paz.

Terminar la guerra

No fue fácil terminar la guerra. Sólo la conjunción de una masa crítica de factores abrió una ventana de oportunidad para una paz negociada. De tiempo atrás, sin éxito, se habían abierto rondas de diálogos Gobierno-guerrilla que no llevaron a ninguna parte, pues en ambos bandos existía aún la esperanza del triunfo. La llegada al poder de un gobierno de derecha radical (Arena), pero paradójicamente en cabeza de un lúcido empresario como Alfredo Cristiani, fue crucial para que en el interior del establecimiento salvadoreño (empresarios, FF. AA. y partidos políticos) se pensara seriamente en una negociación de paz.

Un entorno internacional favorable (aún en medio de la Guerra Fría), gestado por el llamado Grupo de Contadora y la suscripción de los Acuerdos de Esquipulas, así como una activa iniciativa de la ONU, llevaron, luego de un trabajo arduo y paciente, a configurar las condiciones y el escenario para que el 4 de abril de 1990, en Ginebra (Suiza), se diera concreción al acuerdo para la negociación.

Para el FMLN no había otra oportunidad. Los combatientes y la sociedad estaban agotados por la guerra; el bloque soviético estaba en su derrumbe; en Nicaragua (retaguardia estratégica del FMLN), los sandinistas perdían el poder con Violeta (viuda) de Chamorro, en las primeras elecciones democráticas luego del triunfo de la revolución, y el altísimo involucramiento militar norteamericano en la guerra salvadoreña comenzaba a dar un giro (mientras invadía a Panamá), presionando al Gobierno por temas de DD. HH., al tiempo que desde el Pentágono y el Departamento de Estado, secretamente, se alentaba a un diálogo político con la insurgencia para terminar la guerra.

El acuerdo de paz

El tratado final de paz de El Salvador es, si se quiere, un compendio de acuerdos parciales previos que permitieron, aun en medio de grandes tensiones y crisis, ir construyendo consensos y ganando confianza. De significación particular en este proceso fue la suscripción previa, el 26 de julio de 1990, del Acuerdo de San José, que contribuyó en gran manera a reducir la violación de los DD. HH. y a mitigar los impactos de la guerra, especialmente entre la población civil.

En términos estructurales, el acuerdo se dirigía esencialmente a lograr la desmilitarización de la sociedad y el Estado salvadoreño, y a ese efecto se convinieron reformas a las FF. AA., incluyendo temas doctrinales, reducción de efectivos y desactivación de grupos y estructuras que habían jugado un papel clave en la contrainsurgencia (legal e ilegal), así como la creación de una policía civil, de la cual hicieron parte luego mandos y combatientes de la guerrilla ya desmovilizada.

Muy cerca de estos temas se acordaron medidas judiciales, de sanción, esclarecimiento y protección de los DD. HH. y, de forma complementaria, pero no menos importante, reformas de orden político-electoral y algunas de alcance económico-social, incluyendo el acceso democrático a la propiedad rural.

La Ley de Reconciliación Nacional le abrió paso a una amnistía general (posteriormente cuestionada por fallos y sentencias de instancias internacionales), y un vigoroso dispositivo de acompañamiento y verificación internacional, en cabeza de la ONU (al frente de lo cual estuvo el excanciller colombiano Augusto Ramírez Ocampo), le dio garantías al posconflicto.

El listado de dificultades mayores y menores en la implementación del acuerdo es extenso. Ningún proceso está a salvo de estas contingencias, pero quedó claro que, una vez se establecieron las bases para la negociación, ambas partes comprometían su voluntad para llevar a buen puerto todo el proceso.

Valió la pena

Dada la realidad salvadoreña, pocos discuten ya sobre el valor de la paz pactada que ahora llega a sus 25 años. Los salvadoreños hablan hoy de la necesidad de su “relanzamiento”, aunque oficialmente, para la ONU, se estableció el año 1997 como la fecha del fin del acompañamiento al proceso de paz.

Muchas cosas cambiaron para bien después de la guerra, pero otras no tanto, incluso en algunos casos empeoraron, como el de la violencia urbana por cuenta de las llamadas “maras”, que erróneamente algunos atribuyen a fracasos de la reincorporación de los excombatientes.

Pero el objetivo central de “desmilitarizar” la sociedad se logró a cambio de reformas en las FF. AA. y un nuevo esquema de participación política en el que el FMLN ha demostrado ser extraordinariamente exitoso con una presencia significativa en la Asamblea Legislativa (Congreso), múltiples alcaldías municipales y dos períodos consecutivos en el poder, ahora en cabeza de uno de los, en su momento, más radicales (marxista-leninista) dirigentes guerrilleros, Salvador Sánchez Cerén.

Hace un par de años tuve el gusto de hablar personalmente con el general Mauricio Vargas, delegado por las FF. AA. en las negociaciones de paz y exitoso líder militar al que en no pocas ocasiones enfrentamos directamente.

Sin ningún asomo de revancha ni indignidad, el ahora diputado de Arena menciona el papel decisivo que los militares jugaron en el proceso y destaca la vocación democrática del alto mando militar ahora que debió jurar lealtad a su comandante en jefe, un antiguo comandante guerrillero y antes adversario.

Y me dice: “Yo camino con una política liberal y con una economía social de mercado. No camino con revoluciones ni con democracias revolucionarias, ni socialismos del siglo XXI. No tengo problema en decirlo. Eso no es conmigo, pero yo lo respeto. Yo trabajo lo mío con mis convicciones y allá ellos con las de ellos y que escoja la sociedad, porque esa es la democracia. Pero esto no nos ha impedido conversar e incluso llegar a acuerdos con la exguerrilla ahora en el poder. Es que es mejor coexistir que matarnos y hablarnos en vez de seguir ignorándonos”.

* Excombatiente del M-19 en Colombia.