Cara a cara entre militares y guerrilleros

El lenguaje de los guerreros

Así fueron los encuentros entre una veintena de combatientes que se habían enfrentado como enemigos durante décadas y que pactaron el fin del conflicto.

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Frente a frente, guerrilleros y militares, en la primera sesión de la Subcomisión Técnica del Fin del Conflicto.
/ Ómar Nieto - OACP

La ansiedad se respiraba en el ambiente. Por primera vez en la historia de Colombia cinco generales y varios oficiales de la Fuerza Pública se encontrarían frente a frente con una decena de guerrilleros a los que habían perseguido durante décadas. Unos y otros estaban nerviosos. No sabían cómo saludar al enemigo, cómo sentarse en la mesa, cómo reaccionar ante las miradas escrutadoras de perseguidor a perseguido y viceversa. Aquel 5 de marzo de 2015, en el salón de reuniones en el Palacio de las Convenciones en La Habana, Cuba, empezaría a tejerse una de las historias más fascinantes, entre muchas, de este proceso de paz.

Ese día empezó a sesionar la Subcomisión Técnica del Fin del Conflicto, instancia inédita en los procesos de negociación en el mundo, en el que las más altas jerarquías de dos ejércitos, uno institucional, el otro al margen de la ley, se sentarían a definir las reglas para ponerle fin a la guerra. Ese primer día los militares decidieron irse vestidos con traje y corbata. Los guerrilleros eligieron camisas y guayaberas en tonos claros.

Antes de sentarse en la mesa (ambas delegaciones lo hicieron siguiendo su jerarquía interna) se cruzaron fríos y calculados saludos de mano. De ahí en adelante, y mientras los jefes, Humberto de la Calle e Iván Márquez pronunciaban discursos protocolarios, los guerreros de lado y lado no paraban de escrutarse. Los militares y policías detallaban los rostros de aquellos que durante años habían visto en fotos, apertrechados en gorras o boinas. Los guerrilleros intentaban adivinar cuál de esos hombres había sido el responsable de aquel operativo que lo había puesto a correr por el monte.

Pasarían algunos meses antes de poder descubrir esos secretos inconfesables durante la guerra. Las primeras sesiones fueron tensas. Los militares y policías evitaban encuentros causales con los guerrilleros durante el café o en las visitas al baño. Los miembros de las Farc, en cambio, intentaban hacer chistes y romper el hielo. Sería el trabajo abrumador de escuchar expertos durante cuatro o cinco ciclos y de estudiar cerca de 50 procesos de paz en el mundo, el que les fue ayudando a distensionar el ambiente. Las salidas a la pausa ya no causaban ansiedad. Poco a poco se fueron descubriendo y no faltaban los chistes sobre la operación en la que casi muere fulano o cómo se le voló zutano a perencejo. Tampoco faltaron los detalles sobre las heridas de guerra de uno y otro.

Pero esos chistes no evitaron que la negociación fuera dura desde el primero hasta el último día. “El lenguaje entre combatientes es diferente. Los civiles matizamos, somos diplomáticos, ellos se hablaban directo, y conocían el terreno, las condiciones de la guerra. Eso hizo que la negociación fluyera”, dice un miembro del equipo negociador de. Gobierno.

Además se generó un ambiente de respeto. No hay identidad política, pero el hecho de haber estado en el campo de combate, de haber sobrevivido, y haber llegado a una instancia alta en su ejército, tiene un valor importante, así estén en orillas opuestas.

Otro aspecto para que el trabajo de la subcomisión fuera exitoso fue la escogencia de los delegados de lado y lado. De parte del Gobierno, por ejemplo, había personal militar, de la Policía, retirados y civiles de la Oficina del Alto Comisionado para la Paz y del Ministerio de Defensa. Estaban representadas todas las fuerzas y eran especialistas en las diferentes armas, infantería, artillería, inteligencia, ingenieros navales y fluviales, aviación, seguridad ciudadana, seguridad rural y expertos en DDR, DIH, justicia, reincorporación, derecho internacional y de género. Había una mujer de la armada.

De parte de las Farc, la escogencia fue especialmente meticulosa, tanto que la subcomisión se instaló en agosto de 2014, pero al ver que el Gobierno había llevado cinco generales y dos contraalmirantes y varios coroneles, la guerrilla pidió tiempo para traer a sus comandantes más curtidos en la guerra. Al cabo de unas semanas desembarcaron en la isla Carlos Antonio Lozada, Joaquín Gómez, Romaña, Gadhafi, Fabián Ramírez, Matías Aldecoa, Érika Montero, Mallerly, Mireya Andrade, entre otros.

Ellos fueron la contraparte de los generales Jaime Flórez, Álvaro Pico, Martín Fernando Nieto, Oswaldo Rivera, Carlos Alfonso Rojas, el contralmirante Orlando Romero Reyes, los coroneles Vicente Sarmiento Vargas, Saúl Rojas Huertas, Carlos González, el capitán de Fragata Ómar Cortés Reyes; el teniente coronel Edwin Chavarro, el mayor de la Fuerza Aérea Rodrigo Mezú y la teniente de Navío de la Armada Juanita Millán.

La mayoría de estos militares y policías provenían de la Mesa Asesora de Defensa que se creó en octubre de 2012 y que estaba dirigida por el jefe de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Militares, con participación del viceministro de Defensa, oficiales activos, oficiales de la reserva activa y asesores civiles expertos en resolución de conflictos. Su función era apoyar al equipo negociador y al general Jorge Mora.

“El hecho de que varios de nuestros delegados fueran expertos en inteligencia y en cartografía, por ejemplo, hizo que la negociación se hiciera sobre bases ciertas. Las Farc no podían ‘cañar’ sobre su presencia en una zona. Los militares nuestros sabían bien cuál era la realidad de cada uno de los frentes de la guerrilla”, comentó otra fuente.

Ese tema, el de la real presencia de las Farc en los territorios, fue clave para la negociación más difícil en esos dos años: la definición de los sitios donde la guerrilla se concentraría para dejar las armas. La sola palabra concentración dio para eternas discusiones. Al final se decidieron por un nombre neutro: zonas veredales transitorias de normalización. El reglamento de las zonas y el cronograma de dejación de armas fueron temas muy difíciles. Pero el tire y afloje por el número de las zonas fue el más complejo. Las Farc empezaron pidiendo 80, el Gobierno ofrecía 7. Al final quedaron 28.

Pero la verdadera prueba de fuego se vivió hace unas semanas durante las visitas técnicas que realizaron a las zonas veredales. Fue una operación militar sin antecedentes, con desembarco de tropas tres días para garantizar que militares y guerrilleros estuvieran casi simultáneamente en 31 sitios del país durante una semana. La Fuerza Pública les brindó seguridad y tuvieron acompañamiento de la ONU y el CICR. El resultado fue una operación impecable, tuvieron un centro de mando en Villavicencio, apoyados con teléfonos satelitales, mapas en 3D.

Ya no era una jornada de trabajo en una mesa negociando frente a frente. Era una misión conjunta en Colombia, en la que todos sentían por igual los 40 grados de temperatura, el hambre, la sed, el agotamiento por las caminatas. Fue un golpe de realidad que los obligó a pensar en plural, se trataba de sacar adelante una tarea por el bien del país.

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