Yo estuve en la entrega del Nobel de Paz a Santos

Leyner Palacios es  representante del comité de víctimas de Bojayá, sobreviviente de la masacre ocurrida el 2 de mayo de 2002 cuando un cilindro bomba lanzado por miembros del bloque 58 de las Farc explotó al interior de la iglesia del municipio chocoano, dejando un trágico saldo de más de 80 muertos, entre ellos 47 niños.

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Durante la ceremonia de entrega del Nobel de Paz, en Oslo, el presidente Juan Manuel Santos hizo un reconocimiento a la historia de víctimas como Leyner Palacios.
/ AFP

Un afrocolombiano, habitante del municipio de Bojayá allí, en Oslo (Noruega), presenciando la entrega del Premio Nobel de Paz al presidente de la República Juan Manuel Santos. Fue como de esas cosas que solo  suceden en las películas de ficción, en las que la magia muchas veces supera la realidad.

Un Pogueño de las entrañas de la selva chocoana y conmigo -de corazón-  todo un pueblo se unía al homenaje y reconocimiento mundial.

Yo, un hombre de estatura media, de procedencia humilde, promotor y gestor de procesos de reconciliación en Bojayá en medio de la ceremonia más importante del año. Fue esa capacidad de algunos  colombianos para tejer puentes de perdón lo que nos llevó a ser la referencia más importante del país en el exterior en los asuntos de reconciliación y paz. Una ventana que nos compromete  a seguir trabajando aun más duro.

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Y las pruebas son varias. Hace dos años recibimos en Bojayá  a una delegación de la Farc en un día histórico en el que la guerrilla reconoció su responsabilidad en nuestra tragedia  y nos pidió perdón por su participación en los hechos que dejaron la pérdida de 79 de nuestros parientes, más de un centenar de heridos y un desplazamiento de más de 5.700 personas del medio Atrato. 

Fue el día en que las amarguras tuvieron un sabor de esperanza pues ya  empezaba a germinar una semilla en donde los alimentos fueron la generosidad de un pueblo victimizado. 
Definimos ,  una ruta para empezar los caminos de la reconciliación, esa plantica también recibió un abono que la hace más fuerte, el Presidente pidió rendir un homenaje a la víctimas de Colombia representadas en el acto de entrega del premio Nobel de Paz, y yo fui  una de esas víctimas.

Vestido de camisa blanca que parecía salido del protocolo (saco y corbata), pero mi gala se hacía en honor a las víctimas, pues la camisa tenía un alto valor simbólico:  había sido bordada por mujeres que sufrieron el conflicto y así como tejieron mi camisa, ellas tejen día a día para reconstruir el país de los odios y los deseos de venganzas. 

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Así pues, con una sola prenda de vestir,  se hacía una unión simbólica desde Oslo con las víctimas de Colombia y de manera particular con las víctimas del abandonado Choco. Esa camisa encerraba el calor suficiente en los helados ambientes de Oslo, mantuvo fuego en el momento solemne, cuando el Presidente pidió que nos pusiéramos de pie para rendir el homenaje merecido y todo el auditorio rendía con miradas y aplausos de respeto y admiración.

Era para desplomarse de emociones pero el calor que enciende la llama de los campos colombianos en la búsqueda de paz y esperanzas, ese bombeo en el corazón se hacía más fuerte junto con los aplausos y las miradas de las cámaras, esas mismas que hacían posible que al otro lado del mundo en los televisores nos estuvieran mirando.

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Por fin las noticias no eran para contar los muertos, el derramamiento de sangre, el daño a las infraestructuras y a la naturaleza, esta vez se hizo para mostrar que a pesar de lo vivido era posible cambiar nuestra historia y para hacer un llamado a los que aún persisten en los odios. 

El Premio Nobel fue entregado y el presidente continuaba su recorrido por las tierras Europeas, a mí me correspondía regresar a Colombia y llegar a Bojayá para seguir trabajando por los derechos de las víctimas y la reconciliación, únicos medios que pueden llevarnos a que en Colombia no se repita mi triste historia de victimización y en el mundo -en otro acto de entrega de un Nobel- no tengamos que contarlas pues habremos llegado a un grado de humanidad en donde vemos a cada persona como un ser humano y no seremos capaces de hacernos tanto daño.

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