Viví la firma de la paz en el campamento guerrillero más grande de Colombia

Después de la firma en Cartagena, cincuenta guerrilleros con ponchos blancos, pantalones verde oliva y boinas verdes con emblemas como el escudo de las Farc, el rostro de Manuel Marulanda, la tradicional estrella roja del comunismo o el rostro del revolucionario ruso Lenin, coparon la tarima

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El comandante guerrillero Carlos Antonio Lozada no fue a Cartagea para la firma del Acuerdo de Paz. Se quedó en los llanos del Yarí para presenciar desde ahí ese hecho histórico.
Andrés Córdoba

El día anterior a la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc en Cartagena, paralelamente en los Llanos del Yarí en Caquetá, el comandante del Bloque Oriental, Carlos Antonio Lozada, mandó a llamar a todos los periodistas que se habían quedado luego de clausurada la Décima Conferencia guerrillera, para un diálogo informal sin cámaras ni micrófonos. Ese domingo 25 de septiembre las chivas y camionetas, con las placas tapadas, seguían llegando con guerrilleros y campesinos de la zona, para presenciar el día suiguiente la firma que puso fin a una guerra de cinco décadas.

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En la entrada al recinto de guadua en la vereda El Diamante había varios guerrilleros de civil, unos que habían salido de la cárcel entre los 22 seleccionados para la conferencia y, otros pertenecientes al Bloque Oriental, el anfitrión del evento. En sus manos tenían bandejas con gaseosa y cerveza, y simulaban la función de meseros de restaurante ofreciendo gratuitamente lo que cada quien quisiera tomar.

Al fondo del salón, sin los formalismos de una rueda de prensa, Lozada se había sentado al lado del comandante del Bloque Sur, Joaquín Gómez, y de su compañera sentimental, la jefe de prensa de la conferencia, Milena Reyes. Alrededor estábamos los periodistas disertando y haciendo preguntas que de cara al posconflicto serán motivo de debates constantes en las salas de redacción. El interrogante principal: ¿Cómo contar objetivamente la verdad de lo que sucedió durante estos años de conflicto?

Joaquín Gómez alimentó la discusión diciendo que el Gobierno con ayuda de los medios habían demonizado a una guerrilla ideológicamente comunista, para convertirlos en unos "extraterrestres narcotraficantes. ¿Por qué nuestros combatientes eran presentados como dados de baja y los soldados como asesinados o masacrados? ¿Qué tratamiento le darán a esa historia, ustedes los medios, ahora que se conocerá la verdad si saben que los que murieron en el monte también son colombianos y sobre todo campesinos?", preguntó.

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Después del debate, nos invitaron a seguir al salón contiguo donde los guerrilleros habían preparado una picada al estilo campesino. Carne frita, cerveza, patacones, aguacate y pedazos del corazón de la vaca. Las cámaras del noticiero de las Farc registraron el hecho, mientras los guerrilleros gritaban: ¡este es el reencuentro de los colombianos con una familia que se había revelado yéndose de la casa!

El lunes 26 de septiembre todo estaba dispuesto para presenciar en pantalla gigante la firma del Acuerdo Final entre el gobierno y las Farc, en Cartagena. En la mañana llegaron más chivas, nuevos guerrilleros de otras unidades de la región y, sobre todo, los más veteranos, gente que llevaba hasta 30 años en el monte pretendiendo imponer sus ideas socialistas por la vía armada. Unos decían: “no estoy autorizado para hablar”, aún siendo rasos. Otros expresaban entre dientes la felicidad y los más felices bailaban, gritaban y batían sus ponchos por encima de la cabeza. “Viva la paz que buscamos y encontramos”.

A las 12 del día nos invitaron a un asado en los campamentos guerrilleros, donde sacrificaron 12 vacas para la celebración. A las 3 pm., la gente empezó a llenar el llano al frente de la tarima. Inició la banda La Severa Matacera entonando, con el sol brillante a 38 grados centígrados, Ska y Reggae. A las 4 pm., el turno fue para Doctor Krápula, que sentenció a través de la música el fin de la guerra: “Antes cantábamos para que se acabe la guerra, ahora cantamos y celebramos porque se logró y nuestras canciones se volverán obsoletas”.

A las 5 pm. en la pantalla apareció el presidente Juan Manuel Santos y el máximo comandante de las Farc, Timochenko, entonando las notas del himno nacional. En el Yarí los guerrilleros que se habían reencontrado con sus familias y los campesinos vecinos de la zona, se pararon y acompañaron el acto.

Las banderas blancas se batían, no había ni una sola arma, al menos a la vista, entre una multitud que esperaba expectante que el presidente y el jefe guerrillero plasmaran las firmas definitivas con el balígrafo. Fue un momento de emociones encontradas. Las cámaras no miraban a la pantalla, sino que registraban los rostros de los insurgentes abrazados sin botar ni una lágrima. Los guerrilleros gritaban: “Ni un minuto de silencio para nuestros caídos. Seguirán vivos hasta la eternidad”. Hecho con el que inició el acto en Cartagena, cuando la presentadora, Mabel Lara, anunció: “Un minuto de silencio para los campesinos, soldados y guerrilleros que murieron en estos años de conflicto”.

Se llegó el momento de los discursos y los aplausos dictaban las emociones de los guerrilleros. Cuando habló Ban Ki-moon, secretario general de las Naciones Unidas, nadie se movió de su silla y no aplaudieron. Llegaron las palabras de Timochenko y el público entró en euforia. Los otrora combatientes se miraban y comentaban: “se acabó esto, prometimos vencer y venceremos, pero ahora será en las urnas”, decían. Cuando el comandante de las Farc agradeció a Santos su compromiso para llegar hasta final del acuerdo el público ovacionó tal reconocimiento.

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Terminó el evento en Cartagena y la fiesta en el Yarí empezó. Los organizadores proyectaron tres videos de 10 minutos para explicar las razones del conflicto. “Todo por la tierra”, “Los otros héroes caídos” y “La guerrilla de Marquetalia”. 

A las 7 pm. el escenario se oscureció. Cincuenta guerrilleros con ponchos blancos, pantalones verde oliva y boinas verdes con emblemas como el escudo de las Farc, el rostro de Manuel Marulanda, la tradicional estrella roja del comunismo o el rostro del revolucionario ruso Lenin, coparon la tarima. Cada uno con una carpeta negra, al fondo una banda con violines y un contrabajo eléctrico y frente a ellos un hombre con una batuta, como dirigiendo una orquesta sinfónica profesional. Los guerrilleros empezaron a cantar: “Escucha hermano la canción de la alegría, el canto alegre del que espera un nuevo día”.

Después, el auditorio improvisadamente se fundió en abrazos de guerrilleros, periodistas y civiles para darle paso a Totó La Momposina. Sonia Bazanta Vides, como se llama esta artista colombiana, subió al escenario cantando porros y cumbias, que se mezclaron con sus frases en homenaje a la paz: “Qué viva la revolución del pueblo”, gritó. Tocó las congas, bailó en tarima, mientras, a su lado, su coterráneo de la costa Caribe, el comandante Joaquín Gómez, bailaba con la guerrillera presentadora del evento.

Siguió Jhon Alex Castaño, el Binomio de Oro y la fiesta cerró cuando la luna se ocultó en el llano con Los Rebeldes del sur, las orquesta de las Farc.

Durante los 13 días que pasé con los guerrilleros, durmiendo en sus campamentos, siguiendo su dieta y conversando en las noches durante los actos culturales, no se escuchó ni un sólo tiro, no hubo peleas y, entre los cientos de cables y cámaras de medios que cubrieron el evento, no se perdió ni un alfiler. Lo único que perturbó la tranquilidad por segundos fue cuando un avión sorprendió a Timochenko, mientras concluía su discurso en Cartagena. La reacción fue de gritos, mientras otros dijeron: “así no se le da la bienvenida a la paz, es como si nosotros hubiéramos quemado tiros al aire”.