Un adolescente dialoga con los premios Nobel de Paz

Diego Alejandro Jiménez es mediador escolar hace tres años. Este sábado participará en la sesión Paz y Diálogo Nacional en la Cumbre Mundial de Premios Nobel de Paz en Bogotá.   

diego01.jpg

Diego Alejandrto Jiménez forjó su sensibilidad social por medio de la lectura y del contacto con la Colombia rural.
Cristian Garavito

Tiene 16 años y este sábado estará conversando junto a nobeles de paz como Rigoberta Menchú y otros importantes personajes del país. Se trata de Diego Alejandro Jiménez, un joven que se ganó ese asiento en la Cumbre Mundial de Premios Nobel de Paz gracias a su trabajo como mediador escolar que, durante más de tres años, ha desempeñado en su colegio Fe y Alegría, ubicado en la localidad de Suba al noroccidete de Bogotá. 

Lea también: El día en que los nobeles de paz le hablaron a las víctimas colombianas ​

Desde pequeño Jiménez fue de "palabras tomar". Recuerda que hace unos años defendió a una compañera que discutía con un profesor. El hecho, sin embargo, no terminó muy bien. Fue llevado a consejo disciplinario. “Yo era muy arrebatado a la hora de hablar”, reconoce.

En 2016 otro suceso tuvo a Jiménez como protagonista. Cuando él estaba en su salón recibiendo clases, una profesora irrumpió en el aula. La docente le comentó que dos de sus compañeras habían protagonizado una fuerte pelea. La opción con más adeptos entre el profesorado era expulsar a una de las jóvenes y a la otra ponerle matrícula condicional. Jiménez aconsejó separarlas de jornada sin expulsar a ninguna. La decisión del colegio se ajustó al concepto del joven.

Desde hace tres años, él hace parte del programa Hermes, una iniciativa de la Cámara de Comercio que tiene como objetivo que los conflictos en los entornos escolares empiecen a solucionarse por medio del diálogo para prevenir problemas como el matoneo. El programa está siendo implementado en 456 colegios de Bogotá y Cundinamarca, y cuenta con aproximadamente 4.000 jóvenes. Por eso cuando sus dos compañeras protagonizaron la pelea, la profesora lo consultó.

“Siempre hay que encontrarle la raíz a los problemas y saber ponerse en los zapatos de los otros”, afirma Jiménez. Esa precisamente ha sido su labor en el colegio. En la institución existen los problemas comunes de las instituciones educativas en el país; casos de drogadicción, de embarazos adolescentes, entre otros. “Muchas veces se trata de personas que son muy incomprendidas y que cargan con inconformidades, dolores y tristezas, que lamentablemente las expresan con violencia”, dice.

Según la visión de Jiménez, antes de que el colegio contara con los 30 mediadores escolares con los que hoy cuenta, había mucha rivalidad entre los estudiantes de las jornadas de la mañana y de la tarde. “Ahora las dos jornadas trabajan en común. Las personas están empezando a notar un ambiente más agradable”, cuenta.

Curiosidad y activismo

En la casa de Diego Alejandro había dos libros que sus papás tenían escondidos: uno sobre sexualidad y otro sobre conflicto armado. Un día, cuando él ya hacía parte del programa Hermes, la curiosidad le ganó y, mientras que su mamá iba a la tienda, él leía Le ley del monte del escritor colombiano Alirio Bustos. Cuando ya estaba en las últimas páginas del texto su mamá se dio cuenta y el regaño no se hizo esperar.

A pesar de ese regaño, Jiménez guarda un concepto cariñoso frente a lo que significó ese libro en su vida: “empecé a conocer el contexto y a entender que la guerra no es solamente lo que nos muestran en las noticias”, puntualiza. Hoy dedica parte de su tiempo libre a leer informes del Centro de Memoria Histórica sobre diferentes episodios del conflicto armado en Colombia.

Sus papás nacieron en Zetaquirá, un municipio boyacense ubicado a tres horas de Tunja. Los viajes periódicos a la tierra de sus papás le permitieron a Jiménez estar de cara a las situaciones de la Colombia rural. “Vi que los campesinos de varias zonas del país tienen sufrimientos que comparten y siempre se ve el abandono del Estado”, comenta.   

Esas vivencias repercuten en sus sueños. Diego Alejandro entró a estudiar arquitectura en la Universidad de La Salle de Bogotá el pasado mes de enero. Cuando se le pregunta acerca de su futuro profesional dice que sueña con ir a las zonas más abandonadas del país para construir obras que sirvan como espacios de socialización para las comunidades. 

Frente al trabajo que ya no va a poder adelantar en su colegio afirma que en la institución se está dando un fortalecimiento de los conciliadores escolares para los logros no queden truncados en el momento en que algunos líderes, como él, empiecen a graduarse.

La convicción de Diego Alejandro por construir paz desde los espacios en los cuales él puede incidir lo llevó a marchar luego de que el No se impusiera en el plebiscito que se adelantó el 2 de octubre de 2016 para refrendar el acuerdo entre el Gobierno y las Farc. Además del honor de participar en la Cumbre Mundial de Premios Nobel de Paz, su trabajo ha tenido otros reconocimientos: fue elegido para participar en el Children Peace Prize, un premio internacional que reconoce las mejores iniciativas de niños y adolescentes para la consecución de la paz. Sobre el camino que ha recorrido para que su trabajo obtenga dichos reconocimientos, Diego Alejandro concluye: “Todo es cuestión de conversación, el diálogo es el acto fundamental en la paz”.

Lea también: Las voces de los nobeles de Paz