"Tengo la meta de ayudar a 50.000 personas de aquí a cinco años": Moisés Fuentes

El nadador y medallista paralímpico, fue uno de los galardonados como Deportista del Año, premio que entrega anualmente El Espectador. Su historia de vida es desgarradora. Lo afectó la guerra, quedó parapléjico, pero logró salir de la oscuridad e iluminar su vida y la de miles de deportistas que hoy siguen su ejemplo.

moises.jpg

Moisés Fuentes fue uno de los galardonados como Deportista del Año por El Espectador.
Mauricio Alvarado.

Vengo de una familia del campo. Nací en un municipio que se llama Valle de San José, en Santander, cerca al río Suárez. Antes de cumplir los seis años mi familia se trasladó al municipio de Betulia, entre Bucaramanga y Barrancabermeja, muy cerca a la hidroeléctrica de Sogamozo. Allí me crié y viví hasta los 18 años.

En ese lugar estudié solo la primaria porque no había dónde estudiar el bachillerato. A los 10 años mi padre me dijo que era hora de hacer especialización y maestría en el uso del machete y la pica. Por eso, me hice experto trabajando la tierra. A los 18 años ya tenía 25 cabezas de ganado propias y una finca de 10 hectáreas.

Un día, cuando llegaba de trabajar en la finca, vi llegar a un hombre muy elegante a la casa. Me dio vergüenza, porque estaba muy sucio. Mi mamá me dijo que era mi hermano Rodrigo, que no habíamos visto desde hacía ocho años. Me bañé y me puse la mejor ropa que tenía porque quería impresionarlo. Lo saludé y nos pusimos a hablar. Él se ofreció a llevarme a la ciudad para enseñarme a ser comerciante. A mí me pareció una gran oportunidad y me fui a Santa Marta con él.  A los ocho días de haberme mudado, un grupo al margen de la ley hizo efectivas sus amenazas y mataron a Rodrigo. A mí me pegaron seis balazos solo por estar con él. Las balas dañaron mi médula espinal y no pude volver a caminar. Eso ocurrió en 1992.

El de mi hermano no es un caso aislado. Las amenazas de grupos armados han desterrado a miles de familias. Por eso todo lo que tiene que ver con paz me llama mucho la atención.  Es la única manera de reconciliarnos con nosotros mismos para luego perdonar, porque de nada sirve tener rencor. Debemos entender a las personas que han cometido errores y participado en situaciones adversas. Es imposible olvidar. Yo por ejemplo jamás voy a olvidar que algún día caminé, pero ya ese recuerdo no me da rabia.

Cuando me desperté después de la balacera, me di cuenta de que no podía caminar y me invadió una profunda tristeza. La vida me cambió por completo. No quería vivir. Tuve que hacer de tripas corazón para que mis padres no vieran lo que yo sentía por dentro. Tenía ganas de suicidarme. Pero no les podía mostrar nada de eso a mis padres, así que durante el día me mostraba alegre y bien. Pero cuando llegaba la noche, y con ella los recuerdos, no podía evitar llorar. Me quedaba dormido llorando, desesperado.

Un año después del homicidio de mi hermano me di cuenta de que me estaba desgastando en pendejadas y que la vida es mucho más que poder caminar. Mi lema era: avance, y si camina es ganancia, pero nunca deje de avanzar. Ahí vi la esperanza. Lo primero que hice fue agotar todas las posibilidades para volver a caminar. En las terapias de recuperación entré en contacto con el mundo del deporte y me encontré con personas en condiciones similares que ya habían pasado por la etapa de duelo. Ellos ya habían llegado a aceptarse y estaban construyendo su familia. Ahí empecé aceptarme a mí mismo, a mirarme lindo en el espejo. Me di cuenta que tenía una silla de ruedas que se movía si yo la hacía moverse. Terminé mi bachillerato, estudié contaduría y luego un grado tecnólogo en deportes. Mi familia me apoyó mucho en ese proceso. Mis papás vendieron la finca para comprar una casa en Bucaramanga donde yo pudiera acceder a los tratamientos que necesitaba.

El deporte me dio carácter para proyectarme hacia metas que parecían locuras. Digo que eran locuras porque hace 20 años no había garantías para los deportistas. Muchas veces nos quedamos de eventos importantísimos por falta de recursos. Éramos los mejores nadadores en Colombia pero no importaba porque no había apoyo. Era algo realmente desmotivante pero sabía que si me daba por vencido el que más iba a perder era yo. De hecho, muchos de mis compañeros se dieron por vencidos y hoy están vendiendo dulces en los semáforos. Hoy le doy gracias a Dios que pude seguir.

El deporte es una manera muy eficiente de construir sociedad porque, además de desarrollar habilidades físicas, se pueden enseñar valores y generar un propósito de vida. El deporte debería estar presente en la vida de todos los niños. En los colegios normalmente solo en bachillerato hay profesor de educación física. Pero no en preescolar y primaria que es donde se crean las bases de la personalidad del niño.

En el año 2009 creé una escuela de formación deportiva en Bucaramanga. Allí, niños y jóvenes en situación de discapacidad física pueden aprender a nadar. Ahora tenemos 25 niños que hemos recogido de los semáforos, de los barrios más difíciles de la ciudad para que empiecen un proceso a través del deporte. Hoy tenemos niños que hacen parte de la selección Santander o selección Colombia de natación. Mi intención es poder ayudar a más personas. Tengo la meta de ayudar a 50.000 personas de aquí a cinco años.

últimos contenidos