Perspectiva de un renombrado intelectual

“Sin perdón recíproco no habrá paz duradera”: Boaventura de Sousa Santos

El profesor emérito de la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra advierte que “la paz no será barata, pero el resultado compensará mil veces todo el esfuerzo”.

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En 2014 Boaventura de Sousa Santos estuvo en el país para presentar sus libros más recientes.
Steven Navarrete Cardona

Boaventura de Sousa Santos es uno de los sociólogos más renombrados del mundo y ha recibido diversas distinciones y doctorados honoris causa por sus reflexiones sobre la justicia y el derecho. Este profesor emérito de la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra advierte que “la paz no será barata, pero el resultado compensará mil veces todo el esfuerzo”. Añade que si hay un acuerdo final con las Farc, “será el acontecimiento más trascendente de América Latina en esta segunda década del milenio”.

¿Qué opina del proceso de paz que se adelanta en La Habana, Cuba?

Negociar la paz es siempre importante en un mundo que parece ir hacia una guerra civil global. Este es un proceso de negociación distinto de los anteriores, con más apoyo de la población y con un vasto conjunto de acuerdos que hacen creer que es irreversible.

Muchos sectores que se oponen al proceso de paz han señalado que falta compromiso de los actores que están negociando. Desde una perspectiva internacional, ¿usted qué opina?

Hay señales de que este proceso es llevado muy en serio por todos los involucrados. Las Farc han renunciado a los cultivos ilícitos; los altos mandos militares participan en las negociaciones; fue creada una Comisión Histórica sobre el Conflicto y sus Víctimas para servir de futuro cuadro a la Comisión de Verdad, que ciertamente será constituida en el inmediato posconflicto. Por otro lado, quien ha promovido recientemente el odio visceral contra las Farc hasta el paroxismo ha sido el uribismo, pero esta corriente parece estar en proceso de pérdida de peso político.

¿Usted qué opina de la participación de las víctimas en el proceso de paz?

La participación de las víctimas es fundamental, porque muestra la complejidad del conflicto e invita a un consenso mínimo. Todas ellas son parte de una comunidad de dolor y de sufrimiento. Si el proceso de paz es irreversible, como creo, Colombia está en vísperas de evidenciar al interior del continente y en el mundo que las guerras civiles y otras no son eternas y que asimismo las más duraderas pueden terminar en una resolución pacífica, digna y honrosa para todos los actores involucrados en el conflicto.

¿Cuál es la importancia histórica del proceso de paz?

Después de tantas décadas de conflicto, este proceso de paz y su fin exitoso devuelve a Colombia su lugar entre los países del mundo y del continente que buscan por una vía democrática sociedades más justas, más inclusivas y más pacíficas. La primera década del milenio resultó luminosa en el continente con muchos avances sociales y políticos en países como Venezuela, Brasil, Bolivia, Ecuador, Argentina y Chile que buscaron, en pleno régimen democrático y con base en un amplio movimiento social, mejorar la vida de las clases populares. Debido a la violencia y a la tutela de los Estados Unidos, Colombia pasó al margen de este proceso, visto por muchos como un país intrínsecamente problemático e incapaz de liberarse de una política de drogas que lo mantuvo rehén de los Estados Unidos y que atribuía a Colombia el infeliz mandato de Estado-satélite del ‘big brother’. En un momento en que las experiencias más exitosas del continente en la década pasada dan señales de agotamiento, Colombia emerge como el país protagónico de un nuevo impulso democratizador, progresista, social y políticamente incluyente en el continente. Si resulta exitoso el proceso de paz en Colombia será el acontecimiento más transcendente de América Latina en esta segunda década del milenio.

¿Cómo hacer para que el posconflicto no se convierta en un escenario más agudo que el mismo conflicto?

En principio es importante que el Estado garantice la seguridad de los exguerrilleros. El hecho de que los altos comandos militares participan en la negociaciones muestra dos cosas: que al contrario de lo que dicen los uribistas, los militares saben que no están en paridad con la guerrilla. Pero saben también que si no garantizan la seguridad de los exguerrilleros su responsabilidad como pilar crucial de la sociedad colombiana quedará muy afectada.

En segundo lugar hay que ver que la élite colombiana está dividida. El pasado no se repetirá si los sectores que valoran el beneficio de la paz son más fuertes. En el nuevo marco del neoliberalismo internacional dominado por el capital financiero y la explotación de recursos, es una incógnita saber en qué medida las multinacionales, siempre menos sensibles al sufrimiento que causan a las poblaciones, van a definir planes de inversión que obedecen estrictamente a los acuerdos de paz, o si al contrario buscarán ganancias extraordinarias mediante articulaciones con los paramilitares. Este sería el trágico fin del proceso de paz. En tercer lugar, todo depende de cómo la justicia transicional va a ser diseñada. El consenso en la sociedad colombiana respecto a la paz puede ser traicionero, en la medida en que todos quieren que llegue la paz desde que sea barata. La paz no va a ser barata, va a exigir recursos jurídicos, económicos, culturales y políticos inmensos. Pero el resultado compensará mil veces todo el esfuerzo.

En el tema de las drogas y los cultivos ilícitos ¿qué debería incluir el Marco Jurídico para la Paz para blindar el escenario del posconflicto? 

La tendencia histórica produciría que Colombia y otros países del continente y del mundo legalicen las drogas. Solamente una política de drogas que vaya en esta dirección puede liberar a Colombia de la tutela de los Estados Unidos y su política del prohibicionismo, orientado a la penalización de la producción y no del consumo.

¿Y la ‘cuestión agraria’?

La reforma agraria debe ser conducida de buena fe. Las reservas campesinas pueden llegar a 10 millones de hectáreas; si bien no será demasiado, será suficiente para dar credibilidad a la idea de una nueva Colombia, más justa a puertas de emerger de la paz.

¿Cómo analiza el tema de la participación política de quienes se desmovilicen?

La entrega de armas no puede significar la desmovilización política. Es muy importante que las Farc puedan participar organizadamente, solos o en articulación con otras fuerzas políticas en la vida política de Colombia. Las Farc se equivocaron (si no en el inicio, por lo menos en las últimas décadas) en el tipo de lucha política que privilegiaron, pero sus objetivos de luchar por una sociedad colombiana más justa, más incluyente, sobre todo para las poblaciones campesinas pobres, son tan necesarios como hace décadas. Por otro lado, hubo tantos avances en otros países que las demandas de las Farc son hoy menos radicales que antes. Los términos de la participación política serán un acuerdo crucial.

Se ha producido candentes debates frente a la penalización. ¿Usted qué opina?

Judicializar no implica necesariamente penalizar. Es necesario afirmar que la paz está primero y la judicialización después. De hecho, esta es la historia de todos los conflictos que se resolvieron con la paz. Los que asumen una actitud purista, legalista y penalizadora deberían leer la historia del fin de la guerra civil de Estados Unidos, una guerra violentísima. De todas formas las Farc deben responderles a las víctimas y rendir cuentas por las atrocidades que hayan cometido. Hacerlo es en esta coyuntura histórica una de las actitudes más revolucionarias que puedan tener, no sólo por el respeto a las víctimas sino porque eso consolidaría la paz.

¿Y cuál es el papel del perdón?

Sin perdón recíproco y sin respetar la dignidad de los combatientes no habrá paz duradera. Muy recientemente tuve la oportunidad de defender el trabajo de la CIDH. Pero estaré en total oposición a ella si, con una visión descontextualizada del conflicto colombiano (un conflicto muy prolongado, con enorme diversidad de víctimas y victimarios), se deja dominar por una obsesión o miopía legalista y justicialista. Es una actitud hostil con Colombia forzar este martirizado país a una inmensa pesadilla de procesos judiciales que van a contaminar toda la sociabilidad, liquidar el resultado de la paz y sobre todo van impedirle al país repensarse como país pacífico y transformarse en un embajador de paz.

*@Stevenavcardona