Segunda entrega del diario de la Caravana por la Paz, la Vida y la Justicia en Colombia

San Pablo (Bolívar) – ¡Territorio de Vida!

“El río nos da todo, pero también nos ha mostrado lo peor que tienen las personas” dice el barquero, mientras también señala que las violencias en esa región del Magdalena “huelen a petróleo y brillan como el oro”.

Saliendo desde Barrancabermeja nos dirigimos a un puerto sobre el imponente río Magdalena y nos embarcamos durante una hora camino al municipio de San Pablo, en el sur del departamento de Bolívar. Nos acompañó un experimentado barquero que al ver los buitres a la orilla del río de inmediato empezó a contar cómo había visto decenas de cuerpos frotando río abajo como resultado del horror de una guerra que en Colombia hizo de los ríos cementerios que recordaban a todas las poblaciones que transitaban que la violencia también llegaría como las aguas a sus casas y vecindarios.

“El río nos da todo, pero también nos ha mostrado lo peor que tienen las personas” dice el barquero, mientras también señala que las violencias en esa región del Magdalena “huelen a petróleo y brillan como el oro”, se refiere obviamente a la industrial petrolera de Barranca y a la reciente explotación del oro que está deforestando y contaminando los ríos con metales pesados como el Mercurio.

Al llegar a San Pablo nos encontramos unos carros y motos improvisados que llevan mercancías y personas hasta la cabecera municipal y las veredas, recorrimos unos 15 minutos el pueblo hasta llegar a una casa que jóvenes de diversos colectivos tienen pintada y limpia para realizar allí ensayos de danza, música y teatro; y que si no fuera por ellos ya se habría caído al suelo pues tiene goteras y filtraciones de agua que baja por las paredes.

A este nuevo encuentro llegaron jóvenes, niños y varios adultos mayores; hacen parte de diversas organizaciones y refieren que la Legión del Afecto (un grupo de jóvenes que recorría el país y llegaba justamente a los lugares más violentos del país con música y alegría), había sido uno de los pilares de la diversidad de grupos que hoy trabajan en San pablo.

Roberto* es un joven delgado, con tatuajes y estética de artista de teatro, quien documenta de manera directa la minería del oro y sus efectos en San Pablo: “Allá [río arriba], se usa una montaña de mercurio cada semana para separar la arena del oro. A mí que siempre me ha gustado la naturaleza me da mucha tristeza como llegamos a una zona verde y boscosa, para una semana más tarde dejar todo muerto, no queda un solo árbol, y el agua envenenada con mercurio. Yo sé que no debería hacer esto pero acá no hay muchas opciones y el hambre hace que uno se dedique a vainas que no quiere. ”!

La historia de Roberto deja ver la enorme capacidad de miles de jóvenes que desde pueblos y ciudades estarían dispuestos a cambiarle el rumbo a un país que se niega a ofrecerles espacios, que habla de paz pero se la niega a los más pobres y quienes siguen siendo las principales víctimas de todas las violencias.

La fuerza de las tamboras en una población que tiene una larga historia de disputas territoriales de grupos armados también evidencia el desplazamiento y la mixtura de las comunidades rivereñas de San Pablo. Los adultos mayores presentes también contaron su historia de cómo nunca han vivido sin la violencia y por eso la paz no se la imaginan, ni son capaces de pensar que finalmente llegará de la mano de quienes solo piensan en elecciones.

Durante horas intercambiamos historias y visiones de nuestros mundos, ambientadas en la música, el teatro y con la mediación de un improvisado periodista de 8 años de edad que con versatilidad hacía las más complejas preguntas, y luego sin titubear dijo que iría con nosotros a donde fuera pues él quería ser periodista y la mamá le había dado permiso.

La alegría de jóvenes que llenan con poesía un espacio que está justo al frente de una estación de policía que tienen mallas que recuerdan que fueron levantadas para que las granadas rodaran cuando eran arrojadas por las guerrillas y que aún cierran las calles como si aún pudieran ser víctimas de un carro bomba.

Ojalá las calles se abran como deben abrirse los corazones y las mentes de quieres se obstinan en persistir en perpetuar una guerra que para los pobladores de San Pablo debiera ser solo un mal recuerdo. 

 

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