Rodrigo Londoño, el rebelde

El máximo líder de las Farc habla de sus inicios en la guerrilla, los acercamientos de paz con el gobierno Uribe, los efectos de la muerte de “Raúl Reyes” y su primer encuentro con el presidente Juan Manuel Santos.

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Rodrigo Londoño, máximo comandante de las Farc
Efe

De pronto ingresó a la “Casa del Pueblo” el médico Santiago Londoño. Traía en sus manos, como si fuera un trofeo, un morral y un par de botas negras pantaneras. Se paró al frente de la reunión de militantes del partido y de la Juventud Comunista (Juco) de Quimbaya, que se hacía todos los sábados a las siete de la noche con la religiosidad de una misa. El médico interrumpió la reunión y preguntó en voz alta: “¿Quién es el berraquito que se va conmigo?”.

Del fondo del salón se levantó Rodrigo y pasó al frente con orgullo y en silencio. Tomó el morral, que estaba desocupado, y lo acomodó en su espalda, recibió las botas, levantó su mano en un gesto que parecía de victoria y de despedida y subió a una vieja camioneta estacionada frente al local del partido. Era el sábado 3 de abril de 1976. El silencio se apoderó del lugar y la asamblea de campesinos y jóvenes se disolvió pacíficamente. De la partida del joven revolucionario nunca más se volvió a hablar.

Rodrigo acababa de cumplir 17 años. Habíamos acordado en la Juco que debía continuar su bachillerato en el Instituto Quimbaya y vincularse al poderoso movimiento estudiantil que lideraba la Federación de Estudiantes de Secundaria del Quindío (Fesqui). Yo era el presidente del consejo estudiantil y la decisión era que Rodrigo Londoño Echeverry asumiera como secretario.

Había huido de su casa en La Tebaida por las golpizas que le propinaba su papá, que era comunista, en el mismo momento en que mi padre, que era conservador, me había echado de la casa por comunista. Así que terminamos compartiendo una habitación en la Casa del Pueblo y nos dedicamos a la difusión de La Voz Proletaria, a pintar consignas, a estudiar marxismo y a la inconmensurable tarea de cambiar el mundo. Hasta aquel día de marzo, cuando Rodrigo me dijo que “pintando paredes y vendiendo periódicos no se hacía ninguna revolución” y que él estaba pensando en “otras cosas”.

Rodrigo llegó a Quimbaya en enero y se fue en abril. Tomamos caminos diferentes y nos reencontramos cuarenta años después, en La Habana, él como jefe máximo de las Farc y yo como periodista comprometido con la paz. De ese encuentro de varios días, este testimonio, que hace parte de un libro en preparación sobre guerra, paz y política en Colombia.

Querido dentro de las Farc, respetado como interlocutor de paz del Gobierno, combatido por sus adversarios, odiado por sus contradictores, Rodrigo Londoño es un referente obligado de la confrontación armada en la que estuvo inmerso durante cuarenta años, siete meses y veintiún días.

Se inició como guerrillero al lado de “Manuel Marulanda” y “Jacobo Arenas”, con quienes compartió las vicisitudes de la guerra y la formación política y militar. Combatió al lado de “Alfonso Cano” en los días de la ofensiva sobre Casa Verde en 1991, comandó la creación del bloque Oriental, al lado de “Jorge Briceño”, y marchó del sur de Bolívar al Catatumbo en los años críticos de la ofensiva militar durante el gobierno de Uribe.

También es un referente como artífice del acuerdo para la terminación del conflicto al que estuvo dedicado seis años, desde el día en que el secretariado lo designó para adelantar los diálogos exploratorios con el gobierno del presidente Juan Manuel Santos (Cano le dijo: “Asuma que usted es capaz”).

Habla con tranquilidad y convicción, a veces con algunos silencios en los que esfuerza la memoria, precisa detalles o reflexiona sobre asuntos difíciles. Hicimos un recorrido por su vida como hombre, como guerrillero, como político y como responsable de firmar junto al presidente Juan Manuel Santos el acuerdo que le puso fin a un conflicto armado de 50 años con el Estado. En realidad fue un recorrido por una rebeldía cultivada desde niño. Desde cuando se enfrentó a su padre por las golpizas que le propinaba; en la escuela, cuando se rebeló contra los maestros que lo reprendían con violencia (convencidos de que “la letra con sangre entra”); cuando recién ingresado a las filas de las Farc redactó su primera carta al secretariado protestando por el trato, las condiciones de vida y la ausencia de formación política de la guerrillerada; en las reuniones de las Farc, cuando expresó su inconformidad por ciertas tácticas de guerra que provocaban muchos muertos de lado y lado; en las células del partido clandestino en el Magdalena Medio, cuando reprochó el secuestro que, al decir de “Jacobo Arenas”, se convirtió en un asunto “antipolítico y antihumano”, o durante los comienzos de las conversaciones con Santos, cuando tomó la decisión de incidir para que las Farc asumieran “la línea de la ruta de la paz”.

“Timochenko” estaba ahí, respondiendo de manera pausada todas las preguntas, aun las más difíciles, referidas al dolor y la rabia por tanta violencia causada por las Farc, reconociendo errores, revelando secretos, insistiendo en la bilateralidad de las responsabilidades de la guerra y del Acuerdo de Paz, reafirmando sus propias certezas, reflexionando en voz alta.

Era la víspera de la Navidad y uno de los pocos momentos de tranquilidad después de los “cien días que estremecieron a Colombia” (entre la firma del primer Acuerdo de Paz en Cartagena, el plebiscito, el nuevo acuerdo en el teatro Colón, el aval de la Corte Constitucional a la refrendación del Acuerdo en el Congreso y el debate de la ley para implementar los acuerdos).

Reconoció su timidez, su fobia a aparecer en público, a pesar de ser uno de los más antiguos miembros del secretariado de las Farc; relató su conversación con Carlos Lleras Restrepo en su primera misión de paz, su estrecha relación con “Manuel Marulanda Vélez” y “Jacobo Arenas”; el compromiso con Santos para hablar de “algunas verdades” acerca de la muerte de “Alfonso Cano”; su disposición a pedirle perdón a Álvaro Uribe si se comprueba que las Farc asesinaron a su padre; la homofobia y el machismo en las Farc; su empírica formación como enfermero y sus prácticas de medicina en el hospital de La Hortúa y en algunas clínicas privadas en Bogotá.

En la conversación se entremezclaban Timochenko y su trasegar guerrillero, Timoleón Jiménez y su compromiso de paz, y Rodrigo Londoño y la opción de la política. De su memoria emergió el niño de las lecturas del baúl de los abuelos, la trágica historia de su hija en el exilio y los tres nietos que no conoce, sus encuentros con Fidel Castro y Hugo Chávez, su rebeldía de siempre.

Mi primera misión de paz

“Una de las tareas que me tocó ir a cumplir fue en las postrimerías del gobierno de Julio César Turbay Ayala, cuando dicta la Ley de Amnistía y nombra una Comisión de Paz que encabezaba Carlos Lleras Restrepo. Llaman al diálogo a los movimientos insurgentes y a mí me nombran para que vaya y hable con el expresidente Lleras. El intermediario para esa reunión fue Manuel Cepeda Vargas; incluso él fue capturado después de hablar conmigo, porque resultó ser homónimo de una persona que se había robado unas vacas. Por esa captura casi se daña el encuentro. Yo fui solo a esa reunión, que duró como hora y media. Fue la primera vez que me puse corbata. Eso fue en la Sociedad Económica de Amigos del País, al fondo de un pasillo largo, en una vieja casona cerca a la Plaza de Bolívar.

Pensaba encontrarme con un personaje arrogante y me encontré con una personas amable y respetuosa. Cuando me le presenté como mensajero del secretariado de las Farc, le pidió a su asistente que nos dejara solos y cerró la puerta. Me preguntó cómo estaba ‘Marulanda’. Me dijo: ‘Hombre, dígale que yo también fui jefe de guerrillas, que eso ahora ya no’.

Después de conversar sobre varios temas fue al grano y me preguntó: ‘¿Cuál es el mensaje?’. Que el secretariado le manda a decir al presidente Turbay que las Farc están dispuestas a iniciar diálogos de paz con una sola condición: que se levante el estado de sitio, le dije yo con convicción a Lleras. Él me tomó del brazo y me dijo: ‘Nooo, dígale a Marulanda que los militares no dejan. Es más, yo le he herido el orgullo personal a Julio César. Dígale que se olvide, que eso no va a ser posible’. Meses después, Lleras renunció a la Comisión de Paz afirmando que “el proceso propuesto por nosotros, después de prolongados estudios y gestiones, para alcanzar el sometimiento al orden constitucional de los grupos alzados en armas, no ha sido considerado practicable por el Gobierno”. Al final de la carta de renuncia, Lleras le dijo a Turbay: “Hemos llegado a la conclusión de que nada nuevo podemos hacer para llevar a feliz término la delicada misión que usted nos confió”.

No me vayan a hacer ese daño

“La única vez que estuve en manos del Ejército fue recién ingresé a la guerrilla, por allá en el año 77. Martín Villa me mandó a San Vicente del Caguán a comprar artículos de intendencia, toallas, ropa, cosas que se necesitaban para la tropa. Cuando llegué al pueblo me di cuenta de que estaban haciendo ‘batidas’ para reclutar muchachos que no tenían libreta militar. Villa me había dicho que si eso llegara a ocurrir me fuera para el Ejército, que me infiltrara en las filas del adversario.

Logré esquivar las patrullas de reclutamiento y compré todo lo que tenía que comprar, pero cuando llegué al rancho y me puse a hacer cuentas noté que el señor que me vendió las toallas me había cobrado más de la cuenta. Entonces decidí salir a hacer el reclamo y, para qué, el dueño del almacén aceptó el error y me devolvió el dinero restante. Cuando quise regresar me abordaron dos soldados y me pidieron la libreta militar. Yo les dije que no tenía y les mostré la tarjeta de identidad, que era lo único que cargaba. El soldado dijo: ‘Se va con nosotros’.

En ese momento pensé en la orientación que me dio Martín Villa, pero yo estaba consciente de que mi decisión era ir a la guerrilla, no al Ejército, y que yo no iba a aguantar sus malos tratos y humillaciones. Así que llamé al soldado y le dije que no me llevara, que no me fuera a hacer ese daño, que arregláramos el problema. El soldado me pidió 60 pesos, que era mucha plata en ese momento. Yo traté de negociar, pero el soldado me explicó que debía compartir el dinero con su compañero. Así que les di la plata, recogí mis cosas y regresé al campamento con otro problema: explicar por qué había gastado 60 pesos de más y por qué no me había infiltrado en el Ejército como me orientó Martín Villa. Pero creo que lo pude explicar”.

Con la muerte de “Raúl Reyes”, las Farc quedaron desnudas

“Las consecuencias de la muerte de Reyes fueron fatales. Marulanda escribió: ‘Hemos quedado desnudos’, y la vida no le dio tiempo de desarrollar su diagnóstico, para saber cómo volver a vestirnos. Un principio de la doctrina militar dice que plan que conoce el enemigo está condenado al fracaso. Eran tiempos en que las comunicaciones eras muy difíciles para el secretariado. Apenas había tiempo para reportar que estábamos vivos. Incluso Marulanda no sabía que Raúl Reyes estaba en Ecuador.

La línea de la paz

Estábamos en el debate sobre la negociación. Era un debate para decidir si avanzábamos o no en el proceso exploratorio y decidíamos o no una eventual negociación después de la muerte de Cano, y había prevenciones y argumentos válidos. En un momento de la tarde dije: ‘dejemos eso ahí’. Esa noche recordé a Marulanda y la frase que varias veces le escuché decir: ‘Entre más se demore la solución de este conflicto, las heridas van a ser más profundas y después va a ser sumamente difícil la reconciliación en Colombia, de lado y lado’. Mi reflexión era sobre cómo interpretar el debate, qué camino a seguir. Yo analicé todos los elementos de juicio y tomé una decisión: ‘Esto va para adelante’. Al día siguiente comuniqué a las Farc que la decisión de paz había sido tomada, que la línea de la paz estaba trazada.

“Nos vamos a decir varias verdades”

Después de la firma del primer Acuerdo en Cartagena, el presidente Santos y yo nos quedamos solos. Yo aproveché ese momento para decirle que quien debía estar ahí era el comandante Alfonso Cano, un hombre convencido de la solución política y la paz, que su muerte fue innecesaria, que no debió haberse dado. El presidente guardó silencio unos segundos y me dijo: ‘Un día de estos nos sentamos y nos decimos varias verdades’. Aún tengo esa expectativa…”.

La combinación de formas de lucha

Cuando se habla de formas de lucha se habla sólo de lucha armada, y esa era una forma de estigmatizar este planteamiento. Las circunstancias son las que determinan qué forma de lucha es la principal y con qué otras formas de lucha se acompaña. La combinación de formas de lucha continúa: la lucha en la calle, la protesta social, la lucha parlamentaria. La combinación se mantiene sin lucha armada. La vía armada o no armada no la determinan una persona o un partido, son las circunstancias, y hoy las circunstancias cambiaron. Ojalá nunca más obliguen al pueblo colombiano a la lucha armada. La decisión nuestra, el compromiso de las Farc ante el mundo y ante el país es que a la guerra no volvemos.

Juan Manuel Santos

“Lo vi por primera vez el 23 de septiembre de 2015, en La Habana. Fue un encuentro rápido y muy tenso porque era para definir la fecha de la firma. Tenía afán de fijar la fecha porque iba camino a Naciones Unidas y yo no estaba de acuerdo. Me pareció un hombre frío. Había desconfianza. Le dije que es válido que en este proceso ustedes estén buscando que nosotros terminemos lo más disminuidos políticamente posible, como es igualmente válido que nosotros busquemos salir lo más fortalecidos políticamente posible. Lo que no es válido son las trampas y las argucias, y ustedes tienen a su disposición una capacidad mediática que no tenemos nosotros y pueden vender la idea, como ya ha ocurrido, de que somos nosotros los responsables, que somos nosotros los que no cumplimos.

Por eso le insistí en no anunciar una fecha comprometedora para que después nos dejaran colgados de la brocha. Ese es el temor que yo tengo, presidente. Santos me dijo que eso no iba a suceder y al final yo confié en su palabra, pero casi hay otra silla vacía. Al final tuvimos varios aplazamientos de la fecha de la firma. Santos no estaba traicionando a su clase; le estaba ayudando a resolver un problema”.

El combate

“La guerrilla no es sólo combate, el combate es sólo un momento. Si se contaran las horas en que uno está en combate, son ínfimas en comparación con la formación política, las tareas de preparación militar, el mantenimiento del armamento, el trabajo con las masas, el estudio. ‘Marulanda’ participó en múltiples combates y nunca habló de lo que hizo o no hizo. Poca gente sabe que ‘Marulanda’ fue herido dos o tres veces en combate; incluso tenía un problema de movilidad en un brazo como consecuencia de un disparo que recibió en el hombro, y nunca habló de eso.

Hay personas a las que les gusta hablar de la guerra. Yo aprendí de ‘Marulanda’ que uno no debe hablar del combate sino de las enseñanzas que se pueden sacar, de los aciertos y los fracasos. ‘Manuel Marulanda’ nos enseñó que una acción militar no se mide por los resultados militares sino por los resultados políticos”.

El balance

“Sigo siendo el mismo que a los 17 años tomó la decisión de unirse a la guerrilla. Nunca pensé jugar el papel que estoy jugando hoy; es un papel en el marco de una organización, porque uno está representado en una organización. Yo me siento realizado, siento que estoy contribuyendo y he contribuido a una causa muy humana que de pronto no la sabemos explicar . Los seres humanos deben dedicarse a pensar en el ser humano como especie, en su supervivencia, en la injusticia, la desigualdad, el cambio climático, en una sociedad en la que la diversidad tenga cabida pero que haya mayor equidad. Independientemente del lugar que le haya tocado en la sociedad, frente a la riqueza o el conocimiento, debe saber que todo es fruto del esfuerzo de la especie humana. Entonces, ¿por qué no luchar por una repartición más equitativa para superar tanta injusticia?”.

El político

“Necesitamos un presidente que garantice la implementación de los acuerdos, alguien que no genere resistencias ni en un lado ni en el otro. Eso es difícil, alguien me dijo, usted quiere un angelito. Hay que seguir buscando”.

¿No será de izquierda ese candidato?

Ese no puede ser requisito. El requisito es que se comprometan con la implementación de los acuerdos. Hay colombianos que uno respeta por su trayectoria de lucha y yo les digo: hombre, piensen en la paz. Una cosa es apoyar a las Farc y otra es apoyar el proceso de paz. Ya nos reunimos con Gustavo Petro, que es un hombre que puede aportar mucho por su capacidad y experiencia y con quien no tengo ninguna prevención. Y me gustaría reunirme con Robledo, a quien he admirado siempre porque es un hombre del cual se puede aprender mucho por su experiencia en la actividad política. Yo no me atrevo a especular ni a descalificar a nadie. No sería yo consecuente cuando estoy llamando a que conformemos un gobierno de transición del conflicto armado al posconflicto. La figura puede ser otra. Si alguien propone otra figura que exprese la esencia del planteamiento, mucho mejor.

“Simón Trinidad”

“Tengo un sentimiento de dolor e indignación. Simón Trinidad fue condenado injustamente y vamos a seguir abriendo todas las ventanitas que podamos abrir para que salga libre. Tenemos una buena noticia y es que le mejoraron las condiciones carcelarias. Ojalá sea cierto”.

Donald Trump

“Ojalá le dé continuidad a la política de Estados Unidos frente al proceso de paz. En buena medida, este proceso que le pone fin a este prolongado conflicto armado se cristaliza gracias al apoyo de Estado Unidos”.

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