Rebeca Lane, la guerrillera del rap

El teatro y los poemas que escribía le sirvieron a la guatemalteca para entrar en contacto consigo misma y verbalizar un dolor que no era capaz de nombrar. Después se dejó seducir por la combinación de poesía y ritmo.

rap2.jpg

Rebeca Lane tiene 32 años y nació en la ciudad de Guatemala.
/ Cortesía “La Calle”

Rebeca Lane tenía quince años cuando un hombre le volteó la cara de un golpe. La rabia es el combustible que eligió para liberar su dolor y convertirlo en arte. La misma rabia que la impulsó a escribir Ni una menos, una canción inspirada en el movimiento homónimo que se ha extendido a varios países de Latinoamérica y que surgió en Argentina en 2015 para protestar por la violencia ejercida contra las mujeres: asesinatos, acosos, maltrato físico, psicológico y sexual. Desde su lanzamiento en la plataforma digital Sound Cloud, el 10 de enero, la canción de Rebeca Lane ha alcanzado más de 5.000 reproducciones y más de 16.000 visualizaciones en Youtube.

—Cuando nombras la violencia, cuando empiezas a hablar y tomas conciencia de que lo que estás viviendo no está bien, de que lo que sobreviviste no lo debiste haber pasado, empiezas a sanar.

Rebeca Lane sabe de lo que habla. Durante tres años mantuvo una relación con un hombre que la maltrató física y psicológicamente, que controlaba todos sus movimientos y que la apartó de su familia y amigos. Un grupo de teatro conformado por mujeres la ayudó a arrancar la raíz del grito que llevaba sepultado en el pecho. El teatro y los poemas que escribía le sirvieron para entrar en contacto consigo misma y verbalizar un dolor que no era capaz de nombrar. Después se dejó seducir por la combinación de poesía y ritmo. Rebeca Lane comparte sus experiencias y las de otras mujeres a través de su música. Considera que el rap es mucho más que cantar y escribir: es su manera de ejercer el feminismo y el activismo social. Es su arma de batalla.

La Ciudad de Guatemala es la capital de uno de los países con el mayor índice de violencia machista del mundo: casi 10.000 mujeres han sido asesinadas en Guatemala desde el año 2000, según datos del Observatorio del Grupo de Mujeres, y en ocho de cada diez hogares las mujeres sufren violencia, de acuerdo con estadísticas de la Procuraduría de Derechos Humanos (PDH). Rebeca Eunice Vargas Tamayac nació aquí hace 32 años. Dice que todas las mujeres guatemaltecas se enfrentan al mismo miedo: salir solas a la calle después que se oculta el sol.

Rebeca Lane tiene piercings plateados en los labios, los brazos adornados con tatuajes de rosas, un gato, un velero, una pluma, un micrófono y la palabra hip hop deletreada en seis dedos de sus manos. Es la mayor de tres hermanas mestizas, de ascendencia indígena por parte de la madre. Creció en un ambiente de clase media. Para su pesar, estudió en un colegio de monjas. Estudió sociología en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Fue actriz de teatro y, desde los quince años, trabajó en la recuperación de la memoria histórica con grupos de jóvenes que compartían un dolor común: la desaparición o el asesinato de familiares durante la guerra civil de su país.

Antes hubo otra Rebeca Eunice Vargas: la tía que escribía poesía, la que se enfrentaba al sistema, la guerrillera, la que todos decían que se había ido a vivir muy lejos. Rebeca Lane tenía doce años cuando su papá le contó que le habían mentido. Su tía no estaba de viaje.

—La tuvieron detenida durante un año. El Ejército quería negociar con mi familia para que ella entregara a un dirigente guerrillero. Cuando llegó Ríos Montt al poder, en 1982, no volvimos a saber de ella. A mi tía la secuestraron y la desaparecieron.

Rebeca Lane dice, en los versos que escribe y canta, que nació con una herida heredada, con la insignia de una poeta guerrillera, con una voz detrás del cuello que le susurra: préstame tu mano, escribe.

Sentada en la terraza de un café del centro de Barcelona, vestida con un look deportivo, Rebeca Lane asegura que para las mujeres no es fácil hacerse un lugar en el mundo de la música. Afirma que la escena del hip hop reproduce las mismas actitudes machistas de la sociedad. En 2012 entró a un club de hip hop compuesto por hombres. Al principio se sintió apoyada por sus compañeros: le enseñaron técnicas para moverse con soltura sobre un escenario, le prestaron pistas de rap y un estudio de grabación. Pero al mismo tiempo sentía que no la dejaban avanzar.

—El rap es lo que encontré y me encontró. Mi camino me llevó ahí, pero a las mujeres nos toman poco en cuenta para los eventos y batallas que se organizan. Nosotras tenemos que armar nuestras propias actividades y apoyarnos para ir abriendo espacios. Con el tiempo empecé a conocer las propuestas de mujeres que me animaron a creer que yo también podía subir al escenario.

La banda sonora de Rebeca Lane está dominada por mujeres raperas. La Gata Cattana, La Mamba Negra, Garee, Nativa, La Furia, Ana Tijoux y Audry Funk son algunas de las intérpretes que suenan en su teléfono móvil. Cuatro álbumes componen su propia discografía: Canto (2013), Poesía venenosa (2015), Dulce muerte (2015), con Kontra, y Alma mestiza (2016), una propuesta que mantiene la intención política de los álbumes anteriores y que se aproxima a las raíces africanas de la música latinoamericana con sonidos de cumbia y de la etnia garífuna, fruto del mestizaje entre africanos e indígenas de Centroamérica y el Caribe. Rebeca Lane no produce sus canciones mirando de reojo la música que vende millones en Estados Unidos. Le interesan los sonidos ancestrales que han sido solapados por los ritmos que promueve la industria, bracear contra corriente y redescubrir la música que nace en su propio territorio.

En sus canciones intenta dar voz a las mujeres que se niegan a ser golpeadas, acosadas en las calles, a ser juzgadas por su apariencia y a que los hombres legislen sobre sus cuerpos. A Rebeca Lane le gusta que la gente que asiste a sus conciertos perciba los tres estados de ánimo que ella misma experimenta cuando canta sobre una tarima: amor, alegría y rabia. Estamos bombardeados de distracciones que nos apartan de los problemas fundamentales, dice la artista, que escribe sus canciones con la certeza de que no cambiarán la realidad, pero con la determinación de cuestionarla.

—Hay niños y niñas que creen que en Guatemala no hubo genocidio —afirma—. Es importante que por lo menos escuchen una canción que dice que sí hubo genocidio, que se les despierte la curiosidad de ir a investigar qué es eso de la desaparición forzada.

Casi nadie quiere una hija rapera. Rebeca Lane llegó a esa conclusión en 2013, luego de viajar por Centroamérica para participar en festivales de hip hop femeninos. Durante sus primeros viajes pensó en crear una comunidad con grupos de mujeres vinculadas a este movimiento artístico. Quería organizar talleres que le permitieran hablar con sus compañeras raperas sobre los conflictos que afrontan con sus familias y con ellas mismas a partir del hip hop. Junto a las raperas costarricenses Nakury y Nativa y la mexicana Audry Funk fundó el movimiento Somos Guerreras. Rebeca Lane y sus compañeras se embarcaron en un tour por Centroamérica para hacer un documental que continúa en proceso. Tuvieron la oportunidad de entrevistar a más de 50 mujeres que pertenecen a la escena del hip hop en la región. Descubrieron que para las jovencitas de 15 y 16 años, la oposición de sus familias es un muro difícil de franquear.

—Hay un estigma social muy fuerte hacia el hip hop. En Guatemala, la gente suele relacionarlo con las pandillas, por la vestimenta, por la forma de hablar. En un barrio ven jóvenes que visten y hablan de manera diferente y la comunidad los ubica como pandilleros.

En un ensayo sobre la cultura del hip hop, Rebeca Lane explica que las culturas dominantes de Latinoamérica promueven una imagen negativa de los jóvenes que viven en zonas marginales y que muchos jóvenes se amparan en las expresiones artísticas del movimiento para narrar su realidad y encarar la exclusión del sistema.

Rebeca Lane no pretende que quienes escuchan sus canciones se detengan en los relatos de dolor. Quiere que su música provoque una legítima celebración de la valentía, que al escucharla alguien pueda reavivar su espíritu de lucha, decir “me hicieron daño, pero sobreviví”.