¿Otro Nobel prematuro?

Si el impulso del reconocimiento para Juan Manuel Santos no se traduce en hechos en el interior de Colombia, se puede repetir la historia de Barack Obama, un presidente galardonado pero con promesas incumplidas.

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El 10 de diciembre de 2009, el presidente Barack Obama (der.) recibió el Premio Nobel de Paz en Oslo, Noruega.
Reuters

Desde su llegada a la Presidencia en 2010, Juan Manuel Santos empezó a demostrar su capacidad para ganarse la atención internacional. Primero se reconcilió con los vecinos, desideologizó las relaciones con Venezuela y Ecuador y buscó proyectarse como un líder regional. Después dejó de mirar sólo hacia Estados Unidos, como lo hacía su antecesor, y tendió lazos políticos y económicos hacia Europa y Asia. Cuando empezó el proceso de paz con las Farc, en 2012, Santos ya había cultivado nuevas amistades y socios para Colombia. Eso explica, en parte, que el respaldo de la comunidad internacional hacia el proceso con las Farc haya sido constante desde sus inicios.

El proceso de paz como tal incluye a varios actores internacionales, dos países acompañantes, que son Chile y Venezuela, y dos facilitadores, que son Cuba y Noruega. La participación de Noruega, desde que Oslo fue la sede de la instalación de la mesa de conversaciones, ha sido determinante para dotar de legitimidad este proceso. Ese país, reconocido mundialmente por su neutralidad, ha puesto recursos y un importante capital político para comprometerse con la paz de Colombia. Y es precisamente el Comité Noruego del Nobel, compuesto por cinco miembros nombrados por el Parlamento noruego, el encargado de seleccionar quién se lleva el reconocimiento.

En el proceso de paz se logró también el apoyo de las Naciones Unidas en el mecanismo diseñado para monitorear y verificar el cese el fuego bilateral y la dejación de armas de las Farc. Además, para apoyar económicamente la implementación de los acuerdos se crearon fondos como los de Estados Unidos, la Unión Europea, la ONU, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

El discurso de Santos sobre paz ha sido muy convincente de puertas para afuera, en un escenario internacional marcado por la guerra en Siria, la expansión del terrorismo en Europa, Oriente Medio y África, así como la tragedia de los migrantes que buscan llegar a suelo europeo. No sólo ha sido convincente la figura de Santos como impulsor del proceso de paz, sino el diseño mismo del acuerdo de paz, el primero en el mundo hecho en los términos de la ley internacional. Es un acuerdo ajustado a los estándares de la democracia, las libertades civiles y los derechos humanos. La entrega del Nobel a Santos, como explica el profesor italiano Massimo Di Ricco, “responde en todos estos casos al interés de reforzar una visión del mundo que se gestiona en Europa, más que reflejar la realidad en los diferentes rincones del mundo”.

De puertas para afuera, el acuerdo de paz está refrendado. Pero ese apoyo unánime de la comunidad internacional no se ha traducido en un apoyo mayoritario al proceso de paz a nivel interno. No ha sido suficiente para convencer a los colombianos. Después del plebiscito, el Nobel lanza un salvavidas para evitar que los acuerdos naufraguen en medio de la polarización política. El Comité del Nobel fue explícito en que el triunfo del No en el plebiscito es un obstáculo superable en la búsqueda de la paz. En opinión del profesor Di Ricco, “el premio sigue la línea del apoyo que la comunidad internacional demostró en el evento de Cartagena y quiere reforzar este proceso, pero difícilmente va a tener un impacto en los colombianos que rechazaron el acuerdo”.

Cuando el Nobel se otorga como un incentivo, corre el riesgo de generar muchas expectativas y pocos hechos. Si el Nobel de Santos no se traduce en resultados concretos, podría parecerse a uno de los más controversiales y sorpresivos de los últimos años, el que se le entregó en 2009 al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a quien le dieron el reconocimiento por su “esfuerzo en fortalecer la diplomacia internacional”, la “cooperación entre pueblos” y su “visión de un mundo sin armas nucleares”. El Nobel era además un incentivo para un presidente que apenas se instalaba en la Casa Blanca y tenía frescas sus promesas de campaña, como reconciliar los valores del mundo musulmán con Occidente, ponerle fin al intervencionismo de su país y cerrar la base naval de Guantánamo.

El de Obama era un discurso que emocionaba tanto a los estadounidenses como a un mundo cansado de la “guerra contra el terrorismo”. Siete años después del Nobel, ya en el segundo mandato de Obama, dice Di Ricco que “no disminuyó la presencia de Estados Unidos en los conflictos a nivel mundial y, al contrario, se desarrolló a gran escala el programa de aviones no tripulados que siguen sembrando víctimas civiles en los conflictos”.

El riesgo es que suceda lo mismo y que Santos pase a la historia con el Nobel en las manos y las promesas incumplidas. Pero hay matices. En este caso las promesas de Santos no son tan etéreas, tiene el logro de haber firmado ya el acuerdo final por las partes y tiene lista toda una maquinaria, fuertemente impulsada desde la comunidad internacional, para materializar lo acordado con la guerrilla en Cuba.

El premio para Santos también es similar a otros casos en los que se ha reconocido a actores implicados en la búsqueda de solución a conflictos armados. Otro estadounidense que recibió el galardón en 1973 fue Henry Kissinger, junto a su homólogo vietnamita Le Duc Tho, por el cese el fuego logrado en la guerra de Vietnam. Le Duc Tho renunció al premio porque los tratados no se implementaron hasta dos años después. Además, luego se supo que por la misma época en que Kissinger fue galardonado, estuvo implicado en los golpes de Estado que llevaron al establecimiento de dictaduras militares en Chile, Uruguay y Argentina, así como en las operaciones con las que las dictaduras del Cono Sur desaparecían disidentes.

El analista internacional Alexánder Montero menciona otros casos desconcertantes. Mirando hacia la región de Oriente Medio, el caso más representativo es la entrega del Nobel en 1994 a los protagonistas de los acuerdos de Oslo, que fueron el entonces primer ministro israelí Yitzak Rabin, el ministro de exteriores israelí Shimon Peres y el presidente de la Organización para la Liberación Palestina, Yassir Arafat. Los tres fueron reconocidos por su contribución histórica al proceso de paz y por “sustituir la guerra y el odio por la cooperación”. Sin embargo, tras el reconocimiento un joven fanático israelí asesinó a su propio primer ministro, Rabin, lo que resultó en una secuencia de gobiernos israelíes de línea dura, en nuevos episodios de violencia y radicalización entre las partes, en la muerte de Arafat y en la imposibilidad material de aplicar lo pactado en Oslo.

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