Será beatificado hoy en Villavicencio

Monseñor Jesús Emilio Jaramillo: el beato por el que el Eln pide perdón

El Eln asesinó al obispo de Arauca el 2 de octubre de 1989, cuando se desplazaba entre Tame y Fortul. Ahora la guerrilla ha dicho que quiere realizar un acto temprano de responsabilidad, pedir perdón y aportar a la verdad de lo ocurrido.

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El papa Francisco durante la ceremonia que realizó en la Catedral Primada de Bogotá junto a los obispos.
EFE

“La beatificación de monseñor Jesús Jaramillo Monsalve toca especialmente a nuestra organización. Hemos aclarado en su momento y repetido durante estas semanas que el Eln no avaló la decisión de haber causado su muerte. Aun así, siendo que ésta fue llevada a cabo por integrantes de esta organización, nos corresponde la responsabilidad histórica de reconocer el hecho. En el marco de la visita de su santidad, estamos dispuestos a pedir perdón por ello”. Las palabras fueron publicadas en la revista virtual del Eln hace unas semanas, y cobran vigencia hoy, cuando el papa Francisco beatifique desde Villavicencio al que fue obispo de Arauca. (Vea el especial sobre la visita del papa Francisco aquí)

Jesús Emilio Jaramillo Monsalve fue un religioso nacido en Santo Domingo (Antioquia) el 14 de febrero de 1916. Se formó en el en el Seminario de Misioneros Javerianos Extranjeros de Yarumales, de la mano del ultraconservador y anticomunista monseñor Miguel Ángel Builes, de quien aprendió no sólo su distancia con los movimientos insurgentes sino la enorme sintonía con el mundo popular y campesino. En septiembre de 1940 fue ordenado presbítero del Instituto de Misiones de Yarumal. Posteriormente estudió filosofía y letras en la Universidad Javeriana, de donde se graduó en 1970. (Vea: "La gran oración por la reconciliación en Villavicencio")

Llegó a Arauca a mediados del año 72, luego de un importante paro campesino que había sembrado la agitación social de la que bebió el Eln para echar raíces en la región. Su trabajo misional, muy cercano a la institucionalidad, tuvo características que molestaron al naciente Frente de Guerra Domingo Laín: su apoyo a las Fuerzas Militares, su cercanía con la multinacional que construyó el oleoducto Caño Limón-Coveñas y la fuerte acogida que tenía su palabra en las comunidades araucanas. En 1980 se inició el proceso de asentamiento del Eln en la región y monseñor no era ajeno a lo que ocurría: conocía a muchas de las personas que se integraron a las filas guerrilleras y en más de una ocasión se reunió con ellos para escuchar los reclamos que le hacían por sus posiciones. 

Sin embargo, monseñor Jaramillo Monsalve decidió no acatar las advertencias que le hacían y, por el contrario, rosario en mano, empezó a hacer largos recorridos, de comunidad en comunidad, para llevar su discurso religioso. En muchas ocasiones iba acompañado de unidades militares, pues tenía claro el riesgo que corría. Su prédica fue ganándole terreno a la insurgencia, en uno de los ámbitos que más le duele: sus bases sociales. A medida que el obispo iba pasando de pueblo en pueblo crecía el número de sus fieles y se reducían las posibilidades de que la guerrilla conquistara corazones. (Puede leer: "Las víctimas que quieren actuar para el papa")

En ese contexto, el 2 de octubre de 1989, uno de los años más crueles de la historia del conflicto armado colombiano, monseñor Jaramillo se dirigía de Tame a Fortul. Iba en un montero conducido por su leal asistente, el padre Helmer Muñoz, y los acompañaban el párroco de Cravo Norte, León Sarabanda; el de Fortul, José Lubin Rodríguez; el seminarista Germán Iracoca, y la secretaria Claudia Patricia Rodríguez. Cuando llegaron al río Carana, tres hombres vestidos de civil y con armas largas los detuvieron para preguntar por el obispo. Bajaron a los acompañantes y se llevaron a monseñor Jaramillo y al padre Muñoz. Al anochecer ordenaron detener el vehículo y le exigieron al padre retirarse.

A partir de ese momento, el relato de los últimas palabras de monseñor Jaramillo lo hace el padre Muñoz, quien asegura que monseñor le pidió que les hiciera caso a los hombres armados, y a sus secuestradores les pidió respetar la vida de Muñoz. Antes de irse pidió un momento para elevar una oración y le pidió a su asistente que se confesaran mutuamente. Muñoz acató las órdenes y se alejó. (Lea también: “La sociedad no sólo se hace con los ‘purasangre’”: papa Francisco)

Al siguiente día, Muñoz regresó al lugar. Tras dar una vuelta encontró al obispo muerto con siete tiros de fusil, la cara destrozada, señales de tortura y sin su anillo. El sangriento episodio quedó registrado en la memoria de los araucanos como uno de los más dolorosos y a la vez causó un cisma en el Eln, que había nacido bajo el halo de la religión que predicó Camilo Torres. Tras el asesinato de monseñor Jaramillo, muchos religiosos tomaron distancia de la guerrilla. Ahora es el turno del Eln para pedir perdón.