El caso de una búsqueda exitosa

‘Mi hijo apareció en la guerrilla’

Aunque no es posible calcular el número de desaparecidos en Colombia, en los últimos 78 años 117.422 personas fueron reportadas. Colombia 2020 presenta el relato de una madre que encontró a su hijo pero no ha podido reencontrarse con él.

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Por motivos de seguridad la víctima se reservó identificarse.
/Andrés Córdoba

Yo lo soñaba. Lo soñé varias noches. Aunque era un sueño artificial. Un sueño que llegaba a mí con los medicamentos. No me podía tranquilizar de tanto pensar en él. Sin saber nada. Entonces los tomaba y quedaba profunda. Pero lo soñaba. Soñaba que él llegaba a la casa y me abrazaba. “Te quiero, yo voy a estar bien”, me decía. Me despertaba asustada. Pensando si mi hijo ya estaba muerto. ¿Por qué lo soñaba así? Decía.

Es que imagínese. Llevársele un hijo a uno. Sin decirle nada a nadie. Es como si se los robaran. Imagínese. Cargarlos en la barriga, luego criarlos. Es un dolor que no deseo a nadie.

El grupo armado se lo llevó. Fue como un 22 de abril de 2015. Yo estaba en el pueblo. Me dijeron que mi hijo venía por allá en el filo de la montaña. Que lo traían en moto. Compré unas papas rellenas que vendían por ahí para darle. Pensé que ya estaba en la casa. Me fui ligerito. Cuando llegué le pregunté a mi hija si estaba Yeison. “No mami, no ha llegado”, me respondió.

Me entró la preocupación. Me fui donde él empacaba remesas. Pero me encontré con un amigo suyo. Le pregunté por Yeison. “¿Yeison? A él se lo llevó la guerrilla”, dijo. No le creí. “No me crea”, me contestó. Entonces me fui a buscar a mi hijo por varias veredas. Y no. Nada.

Desde ese momento como que se me perdió la mente. Yo decía, ¿por qué se lo lleva la guerrilla si es un muchacho trabajador? Si se lo llevan es para matarlo, decía.

Sin decir nada lo sacaron de allá, de la vereda San Ignacio. Que lo habían visto caminar en medio de dos de ellos hasta llegar a una moto, decía la gente. Los amigos de la vereda sólo le gritaban “¡adiós gatico!”, porque allá le decían Gato. Él no hacía más que despedirse moviendo su mano.

Vea. Es que eso es levantarse todas las mañanas. Pensar en él. Eso es acostarse a dormir y pensar en él. Es como si lo llevara aquí. Todo el tiempo aquí en la cabeza. No sé cómo harán las otras mamás que padecen de esto.

Después de que se lo llevaron lo empecé a buscar. Mis otros hijos me decían que él estaba vivo. Entonces comencé a andar por todo lado. Por todas las veredas, por los municipios. Fui a los campamentos guerrilleros de las Farc. Hablé con los comandantes. Les decía que si lo tenían que me lo dejaran ver. Que no lo tenían. Que no se habían llevado a nadie. Que vuelva en unos días. Que en cinco días, que después.

Así se fueron los días. Las semanas. Y nada. Lloraba. Dejé de comer. Sólo tomaba jugos para la sed. Comenzaron a darme vitaminas. Pastas para dormir.

Vine a Popayán y comencé a reportarlo como desaparecido. Fui a la Fiscalía, Procuraduría, Defensoría. ¿A dónde no llegué? Y pocas respuestas me daban. Ya había pasado año y seis meses y no tenía noticias de él. No sabía nada. La gente decía que ya estaba muerto. Pero mis hijos me daban ánimos para seguir buscando.

Era agosto de 2016 y aún no tenía noticias. En el pueblo estaban a punto de empezar las ferias. Recibí una llamada. “¿Mamita usted va a estar en la casa?”, me dijeron. “Con quién hablo”, respondí. “Con ¡Yeison mami, con Yeison!”. Pero no creía. La voz no era la suya. Se oía raro. Dijo que llegaba a la casa en unos minutos.

No me dejaron ir a mercar. Ese día llegaron mis otros hijos y otros familiares. Que para esperar a Yeison. Pero no creía. A muchas mamás les había pasado. Les decían que su hijo estaba bien, que no se preocuparan. Mentira. Ya los habían matado.

Eran las 11:30. Todos estábamos afuera. Llegó una moto. Yo estaba ida, yo no creía. Se bajaron. Uno de ellos caminó hacia donde estábamos nosotros. Era alto y flaco. Caminaba sin detenerse, en línea recta.

A mi hijo se lo llevaron a los 17 años. Trabajaba por esos días en San Ignacio como arriero. Le gustaban mucho los caballos y las vacas. De allá se lo recogieron. Ya estaba más cerca el hombre. Abrió el portón. Miré bien al hombre y sólo dije “¡Yeison!”. Me desmayé en un instante. “Soy yo mami, soy yo”. Me había cogido para que no cayera. Volví ligerito.

No lo había reconocido. Cuando él se fue casi no tenía barba. Pero se había dejado el bigote largo. Estaba más flaco, como triste. Pero estaba ahí. Había vuelto.

Todos estábamos felices de verlo. Pero duró muy poco. Él tenía que volver al día siguiente al campamento. Le dije que si él no quería que no se fuera. “Usted sabe mami que tengo que volver”, me respondió. Me dijo que no me preocupara. Que con el tema de la paz no se exponían. Además, que apenas acabara todo se podía ir para la casa.

Pero a mí un comandante me dijo otra cosa. Que iban a seguir en la vereda. Pero que ya no podían matar. Que si cogían haciendo algo malo a alguien, lo amarraban y lo llevaban a la ley. Eso me dijo.

Yeison se fue al día siguiente, a las tres. Y fue como empezar la misma historia. Se fue, como si hubiera desaparecido otra vez. Yo de nuevo al hospital. Él me llama cada vez que puede. Sólo para decirme que está bien, que no me ponga mal. Me dice que pronto estará de nuevo con nosotros. Pero no le creo.

La última vez que lo vi fue hace tres meses. Fui a un campamento que ellos tenían. Ya estaba más gordo. Se puso feliz. Hablamos. Le dije que se fuera para la casa. Pero decía que si se volaba lo mataban. Pero yo no aceptaba. No acepto que esté allá. Cuando salieron a los puntos de concentración no pude verlo. Eso fue en enero de este año. Se fueron a otro lugar del Cauca. Se fue del municipio y no pude verlo.

No quiero regresar al pueblo. Allá sin él me da mucha tristeza. Yeison me dice que cuando salga quiere poner un negocio. Acá en Popayán o en Cali. Eso dice él. Pero no creo que vuelva. Tampoco si lo volveré a ver. No creo que haya paz. Para mí esto no es paz. La única esperanza es que vuelva mi hijo. Que manden a todos los menores para su casa.