La Nobel de paz dice que después de la firma viene la parte más difícil

Mensaje de Rigoberta Menchú Tum sobre la paz en Colombia

Saludo con admiración a los principales protagonistas, a todos y a cada uno de quienes han dado lo mejor de sí a este proceso, y al pueblo colombiano por este trascendental acto. Convoco a su tolerancia, participación y sabiduría para afrontar los retos que este hecho histórico representa.

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Rigoberta Menchú Tum durante su última visita a Colombia, en Bararnquilla, el 7 de septiembre de 2016.
/ Carlos E. Osorno

La construcción de una paz estable y duradera en Colombia nos incumbe a todos, porque finalizar la guerra debe suponer que ni un soldado más, ni un guerrillero más, ni un civil más mueran en un enfrentamiento armado. Será el resultado de un proceso que comienza con el esfuerzo por finalizar uno de los conflictos armados internos más largos del continente, de 52 años de guerra interna que ha dividido y lesionado profundamente la vida de las colombianas y los colombianos.

La firma de los acuerdos de paz es el resultado de un largo proceso de negociaciones, en el que ha prevalecido y prevalece la voluntad política de las partes a través del diálogo y la negociación, por lo que representa un desafío y una oportunidad para el pueblo colombiano, iniciar una nueva página en su historia, sin la guerra como condicionante para el desarrollo del país.

Lee aquí una entrevista con Rigoberta Menchú: "Colombia se puede desarrollar sin venderse a las transnacionales". 

La trascendencia de este día, 26 de septiembre de 2016, en el que se firma la paz entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), quedará escrita en las páginas de la historia de la humanidad, de la capacidad del ser humano en ponderar, en ponerse de acuerdo y visualizar un futuro mejor, el cual debe ser refrendado en el plebiscito del 2 de octubre de 2016. Acto significativo que saludo con mucha humildad y profundo respeto, con fuertes anhelos, con alegría y con amplias esperanzas.

 

Sin duda, en toda guerra, en todo conflicto, prevalecen intereses poderosos de personas y de grupos que abogan por la continuación de los conflictos que justifican la guerra misma y que hacen todo lo posible para oponerse a un proceso de paz que plantea el dialogo y la solución política.

Seguramente, si se pregunta a cada colombiana y colombiano si quiere la paz sin interferencias mediáticas y manipulación informática, se pronunciarán en su favor, porque es parte de un instinto primordial de vida, porque la concordia y la armonía son un bien común de la humanidad.

Ningún ser humano, ningún grupo social, económico o político, bajo ninguna justificación, puede enaltecer la violencia, la destrucción y la muerte, por encima de los valores y principios más insignes de la vida, de los derechos humanos y la justicia social.

Como he reiterado muchas veces, la causa de la paz como fin supremo no puede tener adversarios, porque como principio universal del cual depende la vida de cada ser humano está en el centro de la existencia misma de la humanidad, está en la naturaleza, en la esencia, la mente y el corazón de cada ciudadano universal.

De allí la importancia que, después de cuatro años de negociación con el apoyo de las Naciones Unidas y la valiosa mediación del gobierno y el pueblo de Cuba, hay seis acuerdos y un protocolo de siete pasos para el cese bilateral y definitivo de las hostilidades.

Saludo con admiración a los principales protagonistas, a todos y cada uno de quienes han dado lo mejor de sí a este proceso, al pueblo colombiano por este trascendental acto y convoco a su tolerancia, participación y sabiduría para afrontar los retos y esfuerzos que este hecho histórico representa, porque viene la parte más difícil, que es el reencuentro pacífico de las y los colombianos, de la rearticulación de la diversidad de tejidos dañados en las relaciones personales, familiares y nacionales. Aprender de otras experiencias, en lo que se debe y no debe repetirse.

Colombia, país con enormes riquezas, gente trabajadora y emprendedora, donde la paz debe constituirse en una gran oportunidad de oro, para gestionar un modelo propio y novedoso de desarrollo, soberano e independiente, que no hipoteque el futuro de las comunidades, de tierras y territorios en manos de las transnacionales y reduzca su crecimiento al patrón desarrollista extractivista, que lo único que está haciendo en América Latina es terminar de sumar al desastre y la destrucción heredados del neoliberalismo.

La paz es y será una oportunidad y un tesoro, siempre y cuando Colombia y los colombianos den saltos de calidad en un modelo de desarrollo basado en la justicia, la equidad, la igualdad, la democracia y el respeto integral a la diversidad de sus pueblos y sus culturas. Sin exclusiones a las comunidades más alejadas del país, especialmente para las comunidades indígenas, con quienes se tiene una deuda histórica. Esta es la única forma de justificar y darle sentido a terminar con más de 50 años de conflicto, es el valor agregado de la paz, que como lo he manifestado, no se reduce al silencio de las armas, concluir con la guerra es suponer que los colombianos tengan la posibilidad de estar mejor que hace medio siglo.

Finalmente deseo mucho éxito, auguro eficiencia y eficacia al mecanismo tripartito de verificación al cese bilateral del fuego y las hostilidades, integrado por las Naciones Unidas, el Gobierno colombiano y la delegación de la Farc.

Cierro con un sabio mensaje de un ciudadano colombiano que circuló en los medios, con este epitafio profundo y trascendente:

Los lapsos de guerras y conflictos son desperdiciados en la destrucción y la muerte, que roban la luz, los sueños y las esperanzas de muchas generaciones y que dejan en medio de las balas múltiples oportunidades y el derecho a vivir plenamente cada una de sus dimensiones de vida.

¡NO A LA GUERRA!

¡SÍ A LA VIDA PLENA PARA LOS COLOMBIANOS!

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