Lo único bueno que deja la violencia colombiana

Los quirófanos del Ejército en la guerra contra las Farc

De médicos soldados rescatando heridos al calor de las balas a especialistas del Grupo Avanzado de Apoyo en Trauma (Gatra), que funcionó, principalmente, en el suroriente del país hasta el pasado 14 de septiembre. ¿Cómo operó la medicina militar en el conflicto armado colombiano?

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De izquierda a derecha: coronel Carlos Arias, cirujano; Héctor Manuel Orjuela, médico ortopedista, y Hans Fred García, anestesiólogo.
/ Cristian Garavito - El Espectador

El día que el médico Hans Fred García cambió su arma corta por un fusil, fue el 13 de julio de 2000, en plena toma guerrillera al municipio de Colombia, Huila. La noticia era que los comandantes de las Farc estaban refugiados ahí y que entonces había objetivo militar. La idea era sorprender a la guerrilla cuando intentara regresar a la zona de despeje en San Vicente del Caguán, donde negociaban el gobierno de Andrés Pastrana y la insurgencia, cuenta el médico Hans. El camino expedito era la cordillera Central, donde se enfrentaron esa noche.

Eran los años en que el Derecho Internacional Humanitario (DIH) se empezó a convertir en letra muerta para la guerra colombiana. “Era una guerra irregular y para defender mi vida y la del paciente cuando entraba al combate a rescatar heridos era con fusil. No podía entrar con brazalete de la Cruz Roja y arma corta, porque me convertía en blanco de ataques”. Eso fue lo que hizo durante el rescate que intentó hacer el Ejército de los 70 civiles secuestrados el 17 de septiembre de 2000 en el Kilómetro 18 de Cali.

Antes de que se creara el Grupo Avanzado de Apoyo en Trauma (Gatra), los médicos soldados tenían que montarse en el helicóptero con un botiquín, un enfermero de combate, descender por una soga hasta la zona de enfrentamientos donde estaba el herido, montar al paciente en una canastilla y salir rápido. Los cruces de disparos impactaban los helicópteros y a veces los intentos de rescate resultaban en tragedias o fallaban.

Una operación de 2005 cambió el rumbo del accionar de los soldados médicos. Era una guerra pequeña, que solo vivían ellos. Al conocer que había un uniformado herido grave entre San Vicente y San José del Guaviare, el médico coronel Carlos Arias le pidió a la médica de San José, que estaba más cerca del sitio, que recogiera al paciente y lo trasladara a San Vicente, donde operaba uno de los Gatras.

Cuando llegó el helicóptero, Arias recibió tres lesionados, pero se trataba de la tripulación. No habían podido sacar al soldado, porque el helicóptero fue impactado por tiros de fusil AK 47. Entre los heridos estaba la médica, que quedó con déficit de movimiento en una mano tras un disparo que entró por debajo de la aeronave.

Esa tarde mandaron otro helicóptero para rescatar al herido, pero la guerrilla volvió a sacudirlo a plomo. Finalmente, a la noche siguiente lograron sacar al uniformado, “que solo tenía esquirlas. Eso era todo. Es que por el radio decían: ‘Le entró una bala por la frente y le salió detrás de la oreja y está convulsionando’, pero el man estaba ‘paniquiado’. Y eso nos costó tres heridos y dos helicópteros dañados”, rememora Arias.

A partir de ahí se dio la orden de que los médicos no realicen más evacuaciones en zonas de combate, para proteger sus vidas ante el escaso número de especialistas que había en ese momento. Entonces, organizaron al personal de enfermería y lo capacitaron para que pudiera hacer el control de daño en la zona de combate y llevar a los heridos hasta el Gatra más cercano: San Vicente, que operaba en el Batallón Cazadores, sede el gobierno para dialogar con la guerrilla; San José del Guaviare en el Batallón Joaquín París y el de la base aérea Tres Esquinas. Era el cerco triangular que había trazado el Ejército para recuperar la zona de despeje.

En 2002, la ayuda de Estados Unidos hacia los combatientes del gobierno empezó a ser más notoria. Los soldados empezaron a usar chalecos blindados en las nalgas y en el tórax, y casco balístico para reducir la tasa de mortalidad de la tropa, que era más alta que la de la guerra de Vietnam, reconocen los médicos: “De cada 100 heridos, se morían 34. En cambio, en la de Vietnam fallecían 13. Y esa era una tasa muy alta”, dice el médico Arias.

Los Gatra empezaron en 2002 influenciados por guías del Ejército gringo que ayudaron a ir perfeccionando la medicina militar en la guerra colombiana.

Grupo Avanzado de Apoyo en Trauma equivale a lo que son los equipos móviles quirúrgicos de Estados Unidos, que son grupos pequeños de alta movilidad que se desplazan al área cerca del combate para brindar la atención inicial de urgencias. “El Damage Control, que es el control de daños buscando parar contaminación y mantener la vida, para remitirlo al Hospital Militar. Esa era la forma de funcionar el Gatra”, recuerda Arias.

Eso pasó hasta 2004, cuando se conformó oficialmente el Gatra, que es la unión de la Fuerza Aérea, el Ejército y la Fuerza Naval, con todos sus doctores a bordo.

La estrategia consistía en que los soldados enfermeros rescataran a sus compañeros heridos y los trasladaran a los tres puntos donde estaban las camillas debajo de carpas con los tres especialistas: un anestesiólogo, el teniente coronel, Hans Fred García; un médico especialista en ortopedia y traumatología, el teniente coronel Héctor Manuel Orjuela Pérez, y un cirujano, el coronel Carlos Arias.

“Mucho fue copiado de los americanos. Obviamente ellos hacen una operación a ultramar para poder estar en Afganistán o Somalia, y nosotros tratamos de ajustar la propuesta. Cuando la pasaron fue tratar de ajustar las condiciones con mucho menos recursos, teniendo la fortaleza del recurso humano”, comenta Hans García.

A finales de 2005 los médicos lograron demostrar que las operaciones de guerra estaban concentradas en San Vicente, por el número elevado de heridos: “en un mes llegamos a tener hasta 25 amputados”, recuerda Orjuela, el doctor de amputación . Entonces decidieron concentrar todos los esfuerzos en ese municipio del Caquetá.

Realmente lo que funcionaba en el suroriente del país eran hospitales de campaña. Carpas para cirugía, que funcionaban con aires acondicionados portátiles; otra carpa para bacteriología y otra para recuperación, pues estaba ubicada en el helipuerto para reanimar al herido a la hora de la llegada.

Por esa época las Farc cambiaron su estrategia de guerra y pasaron de las tomas guerrilleras a los pueblos utilizando cilindros bomba a minas antipersonas para evitar el avance de las tropas del Ejército. “Empezaron a contaminar los explosivos con materia fecal y tornillos y eso generaba mayor infección. La guerra cambió al punto de no matar, sino producir daño, mayor destrucción y severidad en la lesión”, refiere Orjuela.

Ese año, al doctor Arias también le tocó atender un pelotón de soldados que llegaron con vómito y diarrea. “¡Será que les voy a operar el vómito!”, dijo en broma. “Pero tráiganlos”, corrigió por el radioteléfono, cuenta.

Pero la cosa era en serio: llegaron 12 jóvenes convulsionando y botando saliva blanca por la boca. La razón: resultaron envenenados luego de que el chofer de un bus les llevara el pan y la gaseosa que los soldados le habían encargado cuando salió al casco urbano de San Vicente. “Logramos estabilizarlos, llegó un Hércules a recogerlos, pero dos murieron”.

La temperatura de 40 grados centígrados en San Vicente los obligaba a operar solo con bata y en calzoncillos. El doctor Orjuela, con un hilo muy fino y resistente, amputó a cientos de sus compañeros, entre los 964 que pisaron una mina entre 2011 y este año, cuando la cifra llegó a cero.

El doctor Arias hizo operación a corazón abierto por disparos de fusil, y aunque lo hacía en San Vicente, dejaba a los militares como si los hubiesen operado en el Hospital Militar de Bogotá.

Con su presencia en la zona, la tasa de mortalidad pasó de 34 muertos por cada cien heridos, a 13. “La que no alcanzábamos a bajar se identificó que era por la demora en la evacuación aeromédica”, comenta Arias.

Los últimos amputados

El doctor Orjuela hacía toda la cirugía de amputación en San Vicente y mandaba a los pacientes a Bogotá solo a la recuperación. Es que con la guerra, los protocolos médicos también cambiaron, por la desconfianza que generaba el manejo de los heridos en ciertos municipios del país.

El médico Hans cuenta que muchas veces al Hospital Militar llegaron pacientes a los que se les revisó la cirugía que les habían hecho, encontrando que tenían más daño del que había generado la explosión. “No sabíamos si era por ignorancia o porque eran simpatizantes de las Farc y lo que buscaban era complicar el daño”, dice.

No era fácil manejar heridos de tanta gravedad, porque el riesgo de un atentado al hospital era latente. Inteligencia Militar también les había advertido a los médicos que no podían salir a San Vicente porque iban a ser objetivo de las Farc.

A pesar de la adversidad, de ver a tantos soldados amputados y de no poder salir a la calle, el médico Orjuela también trajo para su vida lecciones, que son escenas que no quisiera repetir.

La que más recuerda sucedió apenas hace dos años. Llegaron dos soldados con las piernas destrozadas por una mina. Orjuela preguntó quiénes eran, porque también atendía guerrilleros y campesinos, y uno de ellos respondió que era un soldado enfermero. Había pisado una mina cuando regresaba con el otro compañero que antes ya había perdido una pierna. Lo que sorprendió al médico fue que, aun en medio de esa situación, sin parte de su pierna, el enfermero soldado pidió que operaran primero a su colega.

El 15 de septiembre pasado los tres médicos militares estaban listos para entrar de nuevo al Gatra de San Vicente del Caguán. “Fue el día más feliz del mundo cuando dijeron no más Gatra”, dice el doctor Orjuela, y ríe a carcajadas. El resultado de un estudio que hicieron dos tenientes coroneles (anestesiólogo y cirujano) arrojó que desde que comenzaron las negociaciones en Cuba, entre el Gobierno y las Farc, el número de heridos bajó casi a cero en San Vicente.

“En este momento estamos recopilando todas las lecciones aprendidas. Las principales: ser más ágiles en el proceso de rehabilitación de los amputados, la reanimación de un paciente traumatizado severo en condiciones austeras, la habilidad quirúrgica del equipo médico para atender los heridos y aprender telemedicina. En algunos pacientes no teníamos el recurso para tratarlos. Por ejemplo, no había neurocirujano y tocaba interactuar con el neuro del Hospital Militar por teléfono y años después por Skype”, recuerda el médico Arias.

Están listos para regresar, si así lo deciden sus mandos. Sin embargo, en su mente está la transmisión de conocimientos a otros países y a sus estudiantes de medicina de la Universidad Militar. En todo caso, como dijo el médico Carlos Arias, su principal fortaleza es que de tanto atender heridos, lo único beneficioso que tiene la guerra es el incremento del conocimiento médico para ayudar a la gente.

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