Las mujeres que verifican el cese del fuego con las Farc

Este mecanismo, único en el mundo, cuenta con 138 mujeres. De ellas, 53 son militares y policías extranjeras y 85 son colombianas, entre integrantes de la Fuerza Pública y de las Farc. Su presencia evita que se presenten casos de violencia sexual como en otras misiones de paz.

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Son el 12% del Mecanismo de Monitoreo y Verificación.
/Gustavo Torrijos.

Esta será sin duda una experiencia para analizar en el mundo: es la primera vez que 138 mujeres militares y combatientes participan en una misión para verificar el cese bilateral del fuego. Y será también la oportunidad para mejorar las expectativas que se crearon tras 15 años de vida de la resolución 1325 de las Naciones Unidas, que llama a los estados a incluir mujeres en labores de promoción de la paz y la seguridad. Según un estudio realizado en 2013, las mujeres representaban menos del 4 % del total de las fuerzas de paz.

Más que las cifras, la preocupación es evitar que se presenten casos de abuso y explotación sexual, como ha ocurrido en otras regiones del mundo (África, Bosnia y Haití, entre otras). Se ha comprobado que, en la medida en que aumenta el número de mujeres en estas operaciones, disminuyen las denuncias de violencia sexual.

Y, hablando de cifras, la cuota más alta de mujeres la ponen las Farc, con 65 de sus combatientes en las tres instancias, la nacional, la regional, presente en ocho ciudades, y la local, con presencia en las 26 zonas veredales y puntos donde se concentra la tropa. Y son mayoría en Bogotá, donde se coordinan las actividades en todo el país: de nueve miembros que tiene la guerrilla, seis son mujeres.

Las Fuerzas Militares y de Policía de Colombia aportan apenas 20. Esto tiene que ver con los requisitos que se impusieron en cada institución para convocar a sus integrantes, dejando por fuera a una gran cantidad que hace parte de los cuerpos administrativos. La ONU quiso completar un número más alto, pero no lo logró, a pesar de su insistencia a los estados miembros. Las observadoras vienen de Noruega, España, Portugal, Reino Unido, Suecia, Chile, Argentina, El Salvador, Paraguay, Guatemala, Uruguay, México, Honduras, República Dominicana y hasta Costa Rica, que participa por primera vez en la historia en una misión.

Teniente coronel Cristina McQuade, del Ejército de Gran Bretaña

Creció en una familia de mujeres. Lo dice porque su papá estaba en clara minoría entre las fuertes personalidades de su mamá, su hermana y ella. Las mujeres de Escocia, añade entre risas, tienen fama de ser de las más fuertes de Gran Bretaña.

Nació en Canadá, pero cuando era pequeña se fue a vivir a Escocia, de donde son oriundos sus padres. Esa experiencia abrió su perspectiva del mundo. Cuando era adolescente empezó a viajar y entrar en contacto con los problemas del mundo y sintió la necesidad de ayudar. Estudió lenguas en la Universidad de Aberdeen, especializándose en español y francés. Decidió incorporarse al Ejército en parte gracias al ejemplo de su papá, quien también fue militar.

A los 25 años terminó el curso de suboficial. Desde entonces ha participado en varias misiones con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Irlanda del Norte, Bosnia y Kosovo. Pero, aclara, esas misiones fueron muy diferentes a la que tiene ahora en Colombia. Las otras eran militares; la de Colombia, política.

Cuando el Ejército hizo una convocatoria para participar en la misión política de la ONU en Colombia, Cristina se presentó emocionada. Había cursado un doctorado en historia de Latinoamérica y vio la posibilidad de aplicar lo aprendido. Ya conocía México y Guatemala, pero esta es su primera experiencia en Suramérica. Se destacó entre otros candidatos por su buen nivel de español.

Ahora, luego de 20 años en el Ejército, afirma que se identifica con el proceso de reincorporación que están viviendo las personas de las Farc, porque toda fuerza militar es más que un trabajo, es un estilo de vida, y “cambiar un estilo de vida es muy difícil”, explica.

En el Mecanismo de Monitoreo le asignaron al área de lecciones aprendidas: viaja por las diferentes regiones para comparar avances y archivar experiencias para intercambiar la información con otras zonas veredales y, a futuro, tenerla disponible para procesos de desarme en diferentes partes del mundo. Este punto es de especial interés para la ONU, porque esta es una misión sui generis, ya que es netamente política y las partes enfrentadas están trabajando juntas para lograr el desarme.

Hablando con mujeres policías y de las Farc, le parece que están empezando a hacerse preguntas importantes sobre el rol de la mujer en las instituciones y en el país en general.

 

Diana Lozada, representante de las Farc en el MM&V

Diana Lozada recuerda con una sonrisa la época en que fue radialista de bloque Sur de las Farc. Les tocaba esconder el transmisor entre las pendientes de las cordilleras Central y Oriental y poner la cabina a unos 500 metros para que los aviones que detectaban la señal y bombardeaban no los mataran. Cuando escuchaban un avión, metían todos los equipos en las mochilas y salían a buscar refugio en la selva.

Diana lleva 20 de sus 42 años de vida en las Farc. Es una huilense hija de un juez de Neiva y la hermana del medio entre 11 mujeres. Terminó el bachillerato con intensas preguntas sobre el bienestar de los colombianos y para cuando empezó a estudiar ingeniería industrial en la Universidad Cooperativa de Colombia, en Neiva, ya pertenecía al Partido Comunista. Allí entró en contacto con las Farc, leyó los estatutos de la organización y decidió ir a ver cómo era. Llegó al bloque Sur y lo que pensaba que iba a ser un viaje de una semana se convirtió en dos décadas. Hizo un curso de 20 días sobre política, aprendió a volear machete, se consiguió un novio dentro de las Farc y sintió la necesidad de quedarse para apoyar el proceso revolucionario. Estuvo un año en curso de mando y luego en otro sobre orden público. Al poco tiempo le asignaron una emisora y, luego de un tiempo, la nombraron comandante de guerrilla a cargo de 26 hombres y mujeres.

En la X Conferencia, en septiembre de 2016, Carlos Antonio Losada le avisó que su próxima misión sería en el Mecanismo de Monitoreo y Verificación. Cuando llegó a Bogotá, luego de 20 años sin acercarse a una ciudad y ocho sin saber nada de su familia, la sorprendió la frialdad de la gran urbe. El tráfico, los buses rebosantes de gente, todo le parecía impersonal. Pero, recalca, si pudo pasar de la ciudad al campo, ahora puede hacer el proceso inverso sin mayor problema.

Desde la sede del mecanismo en el occidente de Bogotá, donde trabaja en la división de Reporte y Manejo de la Información, cuenta que a futuro se ve trabajando en la administración pública. También le gustaría terminar la carrera de ingeniería y aprender inglés.

 

Teniente de navío Juanita Millán

Es muy bogotana y muy creyente, no falta a misa los domingos. En los pasillos del Comando General de las Fuerzas Militares, a donde llegó en 2010 como asesora del almirante Édgar Cely, la llamaban “Cerebrito”. Era tal su pasión y su dedicación por el análisis y los estudios retrospectivos que se encerraba en su oficina de 6 de la mañana a 10 de la noche a producir documentos, informes y cuadros, junto con dos civiles. Se dedicó, con una maestría en resolución de conflictos a cuestas, a aplicar el método de modelación por escenarios y así pudieron anticipar que el país podría estar a corto plazo frente a una negociación con la guerrilla. Por un lado, en el Congreso se aprobaba la Ley de Víctimas.

Por otro, veían cierto agotamiento en la estrategia militar. Analizaron que históricamente los esfuerzos militares no tardaban más de seis u ocho años, y luego se intentaba una salida política. El péndulo estaba a punto de oscilar de regreso. También analizó la participación de los militares en anteriores procesos de paz y se lanzó con una propuesta atrevida: debe haber un militar sentado en la mesa negociación. De allí salió la idea de preparar al alto mando para una eventual negociación. Escribieron cinco cartillas pedagógicas y académicas para que la cúpula se enterara de los principios básicos de una negociación.

Todo iba bien hasta que las cartillas se filtraron a la prensa y su proyecto quedó engavetado. Pero su bolita de cristal le sirvió para que el general Jorge Mora se fijara en ella y la llamara a ser su asesora. Desde octubre de 2012 se dedicó a estudiar los modelos de cese del fuego, entrega de armas y operaciones de paz en el mundo. Cruzó información, hizo matrices y análisis. Así llegó a sentarse en La Habana como la única mujer militar que acordó los términos del fin del conflicto y la incorporación del enfoque de género en los acuerdos. En esta última fase hizo el material pedagógico para entrenar a todo el personal del MM&V en cómo cumplir los protocolos. Es la encargada del tema de género y de contactos con la sociedad civil.

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