Crónica de un viaje a Guaviare

La paz a través de los ojos de dos alemanes

Junto con Bastian Kaiser, un joven periodista, y Lukas Lingenthal, director de la Fundación Konrad Adenauer Stiftung en Berlín, recorrimos las trochas de Calamar, El Retorno y San José del Guaviare en busca de desaparecidos. 

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En Guaviare visitamos a 12 madres de desaparecidos y fuimos a los lugares donde los vieron por última vez.
/ Bastian Kaiser

El objetivo de la invitación era unir a nueve periodistas colombianos y nueve alemanes para viajar a la otra Colombia y buscar el giro de cada historia del conflicto con rostro de esperanza. Colombia Camina hacia la Paz es el nombre del proyecto propiciado por la Fundación Konrad Adenauer Stiftung y Consejo de Redacción, que busca reconstruir la verdad del conflicto en regiones como Chocó, Cauca, Bogotá, Guaviare, Antioquia, Córdoba y Caquetá.

El giro es porque había que pensar en dos públicos totalmente distintos por sus culturas y sus costumbres. Los alemanes, aunque tienen su pasado triste y enrostrado en la Segunda Guerra Mundial y el genocidio liderado por Adolfo Hitler contra los judíos, las nuevas generaciones apenas conocen de la historia por los museos de la memoria y por los libros, en cambio, miles de colombianos la hemos vivido en carne propia.

El punto de partida fue Bogotá. Desde el 18 hasta el 21 de noviembre fue la etapa de conocimiento teórico del storytelling, una técnica especializada para apelar a las emociones a la hora de contar las historias y conectarse con las audiencias. Pero para lograr la osadía de juntarnos como culturas distintas teníamos que cumplir un reto adicional: dormir en el mismo hotel y en la misma habitación.

La aventura comenzó ahí. El primer día nos presentaron a nuestros colegas y a los siguientes 15 minutos ya estábamos intentando hablar del conflicto colombiano. ¿Por qué en Colombia hay guerra?, me dijo Bastian Kaiser, advirtiendo que lo único que había escuchado o leído de este país eran las palabras Pablo Escobar y cocaína.

Bastian, que trabaja en la radio pública de Alemania, 23 años, se toma su tiempo para pensar, es tan puntual y estricto como los alemanes y, sobre todo, puede durar horas y horas escuchando una historia o intentando traducirla a su idioma. Su español es precario.

Una noche el tema fue el sistema educativo de Colonia, Alemania. “¿Cuál es la ruta para ser profesional allá?”, le pregunté. “Nosotros vamos a la escuela primaria cuatro años, ocho años al colegio, tres años de pregrado y dos años de master. Y todo es gratis”, concluyó. 

Para San José del Guaviare partimos el 23 de noviembre a las 5 de la mañana, por carretera. Debíamos parar en Villavicencio, pues escogimos hacer un homenaje a esas madres que buscan a sus desaparecidos y ahí estaba el alma de miles de ellas: Paulina Mahecha. Ya habíamos indagado de su historia. Lleva doce años buscando los restos de su hija, María Cristina Cobo, desaparecida por los paramilitares del Bloque Centauros el 19 de abril de 2004. Decidimos usar un telón negro y grabar la entrevista enfocando su rostro. El salón de su casa fue la locación para evocar la ausencia de su hija. No eran preguntas, eran frases que la hicieran pensar con el corazón de madre: “¿Qué le diría a su hija si estuviera sentada donde estoy yo?”, le pregunté.

Una hora y media duró la conversación, pero cuando rayaron los 60 minutos, Kaiser irrumpió con un interrogante: “¿Cómo se piensan las madres de los desaparecidos en el futuro?”. Y ella le respondió segura: “Queremos hacer un centro de memoria en Villavicencio para nunca olvidarlos”.

La sala quedó en silencio. Yo ya había llorado. Los alemanes, porque junto a nosotros iba Lukas Lingenthal, el director de la Fundación Konrad Adenauer Stiftung (KAS) en Berlín, agacharon la cabeza, nada más.

Lukas Lingenthal, Edinson Bolaños y Bastián Kaiser.

Nueve horas después llegamos a San José del Guaviare. La carretera, hasta ahí, toda pavimentada. Al día siguiente, 23 de noviembre, había que llegar a Calamar. Partimos muy temprano y el primer paraje fue el sitio de donde se llevaron a María Cristina. Un terreno fangoso y solitario. No había lápida a la vista, solo el camino por donde la habían arrastrado. Hasta ahí metimos el carro, que se quedó atascado. Lukas cogió la pala y ayudó durante dos horas a limpiar la carretera para rodar de nuevo a Calamar.

En Calamar fuimos a la casa de alias Porreloro, donde vieron ingresar a dos esposos en 2004. Nunca más los volvió a ver su hijo, que hoy tiene 23 años. Era un conocido del pueblo, que se volvió paramilitar, el que vivía en esa casa esquinera. 

Visitamos a diez madres y con cada una conversamos media hora. Los alemanes se presentaban y de los habitantes no hubo uno solo que no dijera que eran gringos. Ellos sonreían, pero a juzgar por su sonrisa no parecía que fuera muy agradable que los confundieran con “los yankis”, como se refirió a los norteamericanos una hija de un vendedor de pescado desaparecido en 2003 en el muelle del río Guaviare. “Eran monos y grandotes los que miraba en la base antinarcóticos”. El lugar está al lado de su casa en San José. 

La visita a la capital fue el 24 de noviembre desde la mañana. La noche anterior ya habíamos contactado a Laureano Marroquín, un veterano en San José. Llegó a esa ciudad el 9 de febrero de 1983, desplazado de Arauquita, Arauca, por el Ejército. Luego, a Guaviare llegó toda su familia, pero el 10 de septiembre de 2003, los paramilitares desaparecieron a su sobrino. Su lucha por la verdad, en 2007, lo llevó a exiliarse en Guasdualito, Venezuela. En esa calle también hicimos honor a otro ausente.

El chofer de la camioneta en la que viajábamos también les decía gringos. Durante el trayecto conversamos mucho. Hablamos con Lukas de política. Me preguntó: “¿Aquí cómo están los medios masivos? ¿Están con el proceso de paz?”. La polarización se tomó los medios, le contesté.

Entre el 24 y 29 de noviembre fue la posproducción de las piezas periodísticas para crear finalmente un especial que reúne las nueve historias y que se llama Punto de Giro, Colombia después del acuerdo de paz. La historia de la travesía al Guaviare revela el sueño constante de las madres de los desaparecidos, por eso la titulamos Hasta encontrar el último hueso. Fueron días intensos, porque había que concertar cada escena de un video. Ese era el reto.

Con Kaiser tuvimos la suerte de sentir el dolor de Paulina Mahecha y de escuchar muy atentamente los silencios de los desaparecidos en los lugares y los silencios de sus familiares. Todos los días conversamos del tema. A veces miraba el video, intentaba escuchar el dialecto de Mahecha, me miraba y movía la cabeza de un lado a otro. Cuando uno de los entrenadores, Frank Windeck, iba a revisar cómo iba la entrevista, la miraba y me señalaba su corazón. “Dice que duele solo mirar la imagen, sin entender lo que dice”, esclareció Kaiser, pues Windeck no habla español. 

El 28 de noviembre a las 2 de la mañana terminamos. La última pregunta inquieta de Kaiser fue que le aclarara algo que decía Mahecha y él no entendía. Quería saber si María Cristina, la hija, estaba embarazada cuando fue torturada y desaparecida por los paramilitares, como intentó explicar su mamá. “Así es”, le expresé. Entonces volvió a agachar la cabeza. 

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