Cartas desde la marcha final

La llegada del día añorado: Isabela Sanroque

Desde la zona veredal ubicada en Icononzo, Tolima, Isabela Sanroque, una bogotana que lleva 12 años en las Farc, reflexiona sobre las nostalgias que la invaden y su preocupación por la incertidumbre ante el cumplimiento de los acuerdos.

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Cortesía

Con botas de caucho he permanecido la mayor parte del tiempo en los últimos 12 años, recorriendo distintos parajes y sintiéndome parte de una gran familia, la familia fariana.

Como combatiente guerrillera tengo claro que la firma del Acuerdo de Paz implica cambios trascendentales en nuestra vida, como organización e individualmente. Quizás el desplazamiento hacia las ZVNT, representa más allá del traslado físico, el comienzo de un nuevo ciclo tras una meta alcanzada.

Puedes leer la carta que escribió la teniente de navío Juanita Millán sobre la marcha final de las Farc

Este enero de 2017 fue marcado por la esperanza que nos deja la despedida y la calidez del reencuentro. En mi caso particular me desprendí de las Sabanas del Yarí, región en la que permanecí los últimos 5 años, donde la imponencia de sus paisajes me maravilló y la laboriosidad de sus habitantes en medio de las carencias, me aferró sentimentalmente a la región. He ahí mi primera nostalgia.

Nuestro desplazamiento hacia el Tolima estaba anunciado desde 5 meses atrás, atropellado por el famoso plebiscito y sus consecuencias, entre otras razones. Cuando me informaron que yo era parte del grupo que se enrumbaba dos horas después, junto con las guerrilleras embarazadas, mamás y papás de los bebés, sentí que el día añorado por fin había llegado.

Me apresté a empacar los objetos materiales que me acompañan tras mi trayectoria en filas: la pistola, las fornituras, el computador, los anexos femeninos puestos en una mochila y un equipo de campaña que contiene lo necesario para sobrevivir en la guerra. Lo empaqué aceleradamente, como en otros tiempos lo habría hecho si se aproximara el ejército. Esta vez con tranquilidad, pero meditabunda.

Desempolvé la ropa civil que tenía al fondo del equipo, cambié mi boina por la gorra santafereña Consciente de que ahora mi uniforme verde oliva será menos usado, éste tiene para mí un valor muy importante, más allá de un fetiche, es la prenda simbólica que me ocultó en la selva, además expresa para mi gusto lo útil y lo estético. Sentí que lo que emprendíamos ese día, con los bebés a bordo era sublime. Necesariamente vino a mi memoria la histórica Marquetalia, la proeza de quienes lucharon con dignidad y para ello hubieron de enmontarse con niños de brazos, gallinas, vacas, perros y bultos de víveres al hombro.

Salimos 40 personas en esa delegación, con banderitas blancas en los buses y acompañados del Mecanismo Tripartito. La reconciliación viene a la situación cuando ahora compartimos con la policía y el ejército, en cordialidad. Personalmente he logrado reflexionar lo suficiente sobre el perdón y el respeto. Creo que despojarse de prejuicios, dialogar y decirse la verdad sin agredirse, puede representar un ejemplo de lo que necesita nuestro país a puertas de la implementación.

Emprendimos la ruta hacia San Vicente del Caguán. Al atravesar el municipio repasé mentalmente los tiempos de la zona de despeje. Detallé sus calles, su gente y pensé en el alcalde que hoy se empeña tercamente en la guerra. Desde la ventana observé con atención la cadena montañosa, El Pato, cuna de mucha guerrillerada y escenario de resistencia. Mientras pasábamos, tararee “El Barcino”, canción tradicional que hace mención del sitio.

Durante el viaje cruzamos los ríos Caguán, Guayas, Orteguaza, Magdalena y Sumapaz. Comenté anecdóticamente cuán fácil es pasar estos afluentes en carro, por un puente, que en medio de la guerra fueron obstáculos naturales que tuvimos que atravesar con todo riesgo.

Soy de origen citadino pero tanto tiempo en el campo, me arraigó a este. Tengo una carga emocional que se resume en anhelos de hacer, de reconstruir, de impulsar, entonces no dejaba de cavilar mientras veía potreros con ganado: a futuro esta región tendrá que ser ejemplo de desarrollo agropecuario y ambiental para el campesinado.

Nuestro viaje solo tuvo dos paradas a comer. El almuerzo el primer día y el desayuno el segundo día. Cuestión que cayó muy mal para nosotros, para quienes la comida es modesta pero infaltable, aún en las peores situaciones de la guerra. Claro, esta falencia estuvo al margen de nuestra voluntad y determinada por el MMV que iba al frente. La impresión que me quedó fue de negligencia; imaginé el futuro peleando contra la irresponsabilidad estatal y la falta de capacidad para solucionar las elementales necesidades. En conclusión, ¡cuánta inoperancia del gobierno nos espera!

Al llegar a Icononzo, el MMV determinó no pasarnos por la vía principal. Tuve que controlar las ansias de conocer el pueblo. Después de subir una montaña de casi 40 minutos en la ZVTN me encontré con un montón de camaradas, brotó la emotividad y la alegría. Vino el sinsabor de saber que sorprendentemente luego de casi 2 meses, el gobierno no les había entregado los insumos necesarios para adecuar la zona.

Percibo que este territorio está cargado de historias del conflicto, del poder político tradicional, del abandono institucional, pero sobre todo de gente campesina que añora la paz con justicia social. Nuestra llegada aquí marca un momento determinante en la historia del municipio, nuestro asentamiento en las diferentes Zonas Veredales será definitivo para Colombia.

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