La búsqueda de los hijos del Sumapaz en la X Conferencia de las Farc

Esta es la historia de un viejo del Sumapaz en la última conferencia de esta guerrilla, quien fue a buscar a los hijos guerrilleros de esta región cercana a Bogotá.

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Alberto Torres, guerrillero del Sumapaz, tiene 40 años y desde hace 20 años no ve a su familia.
Óscar Pérez

Rodrigo Díaz* fue con una misión a la Décima Conferencia de las Farc: Buscar a los paramunos, como les dicen a los habitantes del Sumapaz, Cundinamarca, que se fueron a las filas guerrilleras cuando la persecución arreció con balas contra los comunistas. Durante los cuatro días que estuvo en el encuentro, el hombre de sombrero y botas pantaneras pasó desapercibido caminando por los llanos del Yarí, en busca de alguna cara conocida de la región. Encontró siete en total, pero sólo con dos conversó por largo rato.

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Llegó a la vereda El Diamante el viernes 16 de septiembre, en una chiva que tomó en San Vicente del Caguán. En total, su travesía desde Sumapaz hasta el Yarí duró casi 20 horas, por tierra. Solo, con dos mudas de ropa y su sombrero, caminaba calle arriba calle abajo por las 60 hectáreas que abarca el complejo que construyó las Farc para hacer posible la Décima Conferencia.

Mientras en el salón de sesiones, los 280 delegados guerrilleros decidían el futuro de su nuevo partido, y cerca de 800 periodistas se trenzaban en una lucha sin cuartel por buscar noticias, don Rodrigo se fijó la meta de hablar con cuanto comandante de las Farc se encontrara por ahí para consultarle uno a uno los nombres de los muchachos que buscaba. 

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Al tercer día, su estrategia de búsqueda dio resultados. Un comandante le dio razón por uno de los chicos: Alberto Torres o Darío estaba en uno de los campamentos que prestaba guardia a la conferencia. El encuentro se dio al día siguiente. Don Rodrigo, muy recursivo, mientras hablaba con el muchacho le tomó fotos y le preguntó todos los datos que pudo para contrastar la información. 

A pesar de tener 58 años, su principal herramienta fue el What’s App. Y a pesar de los problemas de conectividad, logró conectarse un par de veces, las suficientes para hacerle llegar los mensajes a los familiares de los guerrilleros. “Blanquita, mire si este es su hermano. Si lo reconoce hable con su mamá”. Del otro lado, Blanquita respondió: “Sí, es mi hermano, dígale que dónde lo puedo llamar y que lo extraño mucho”. Es que los guerrilleros rasos no usaban celulares, no solo porque en la selva no entra la señal, sino porque llevaban apenas días del cese al fuego con el Ejército del Gobierno y eso aún les generaba  zozobra y desconfianza por el riesgo a ser interceptados, explica Alberto Torres, uno de los jóvenes guerrilleros paramunos.

También conocido como Darío, este joven fue atacado en San Juan de Sumapaz por el Ejército, que perseguía a los comunistas. Un día apareció muerto un primo y decidió con otros compañeros, coger un pollo, subirse en un carro y meterse bien adentro hasta llegar a la vereda La Chorrera, donde operaba el frente 52 de las Farc.

Llegó en 1996 y dice que se fue a las filas porque, desde el bombardeo a Casa Verde (zona de negociación entre el Gobierno y la guerrilla en 1982), la guerra desde el cañón del río Duda empezó a trepar con más fuerza hacia el Sumapaz. "Me amenazaron de muerte acusándome de ser colaborador de la guerrilla, solo porque no daba razón de dónde estaban los de las Farc”. De su hermana se despidió ese día y desde entonces no sabe nada de ella. Hasta piensa que su mamá está muerta.

Rodrigo le entregó el número de Blanca a Alberto, pero no hubo internet para ponerlos en comunicación. Ese día, el mensajero del Sumapaz tampoco pudo ver las respuestas de la hermana. Dijo que cuando llegue el día de la dejación de armas irá a visitarla, pero no va a quedarse allá, porque ahora su familia son los guerrilleros de las Farc, de quienes no se quiere separar.

Don Rodrigo, satisfecho, enseña su teléfono como prueba de sus buenos oficios. Y cuenta que después de Darío, encontró a Milton Javier Rosas, o Fredy. Otra vez, se tomó una foto con él y se la envió con un relato a la hermana: “Milena, te escribe Rodrigo, para contarte que encontré a tu hermano. Dígale a su mamá que está vivo, que está bien bonito”, escribió.

Fredy es un guerrillero de 36 años, que ingresó a las Farc en 1995, cuando fue perseguido en San Juan de Sumapaz. Ese día se tomó una cerveza con otro paramuno y convinieron tomar un carro para meterse hasta la vereda El Toldo, donde lo recibieron los comandantes del Frente 22.

En esa época apenas cumplía 15 años, pero tenía bien arraigada la herencia comunista de sus abuelos que en 1948 lucharon como guerrillas liberales para no dejarse matar de los conservadores. “Eso se va transmitiendo de generación en generación, porque al ver que en otros tiempos habían sido necesarias las armas, a los jóvenes también les tocó retomar esas banderas. Eso no quiere decir que la orientación del partido haya sido hacia las armas, pues siempre propusimos la salida negociada al conflicto”, comentó Alberto.

Fredy es un paramuno que, aunque parezca un guerrillero más del montón, estuvo en el cordón de seguridad de Manuel Marulanda, uno de los fundadores de las Farc. Estuvo a dos horas del sitio donde murió, pero se enteró dos meses después de su muerte. Luego, un compañero le contó que cuando estaba en sus últimos días, Marulanda le pidió a un guerrillero, que le pegara en la cara con la cacha de fusil para que le partiera un diente. Así ocurrió y con poncho tapándose la cara que se inflamó exageradamente, pasó por el lado de los militares hasta llegar a un puesto de salud de La Macarena. El día que supo de la muerte de Marulanda fue el único día que Fredy lloró en la guerra.

Todo eso se lo contó a don Rodrigo, mientras tomaban gaseosa y comían empanada. El viejo iba designado por el Sindicato de Trabajadores del Sumapaz (Sintrapaz), para que recorriera estas tierras en busca de la colonia que se había ido al monte a pelear contra el Ejército. “Hay mucha juventud del Sumapaz que llegó a las filas porque los guerrilleros fundadores se estaban muriendo de viejos y porque no tenían tierras. Vivían en fincas prestadas ocupándose de la servidumbre, comentó.

Don Rodrigo encontró a los siete muchachos que iba buscando, pero otras personas solo hallaron malas noticias: sus hijos habían muerto. Algunas de ellas se lo presentían o lo sabían al llegar al Yarí, pero insistían en obtener información para recuperar los restos e incluso beneficios del Estado porque la vida seguía igual de miserable como cuando sus hijos se fueron a hacer la revolución.

*Nombre cambiado por seguridad de la fuente.