Salud en tiempos de paz

Estrés postraumático: soldados atrapados en la guerra

Cerca de 15 años después de ser herido en combate, siete cirugías, docenas de mudanzas y más de cuatro años buscando trabajo, el soldado Iván Darío Caballero sigue reviviendo en su mente el día del ataque. Más de 24.000 miembros de las Fuerzas Armadas enfrentan el mismo fantasma. 

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El Trastorno de Estrés Postraumático es una condición psiquiátrica en la que un evento, revivido una y otra vez a través de sueños o alucinaciones, altera la salud mental. / iStock

Hacia las tres de la mañana del 30 de agosto de 2002, Iván Darío Caballero, un joven soldado voluntario de pelo marrón oscuro, ojos castaños y rostro infantil, acomodó su equipo e inició a gatas el penoso ascenso de una montaña en las cercanías de Mongua, Boyacá. Dos días antes, en un barranco junto a un río, una emboscada del Frente 56 de las Farc estuvo a punto de aniquilar el escuadrón de contraguerrilla al que pertenecía. Cuatro de sus compañeros murieron reventados por granadas y docenas de tiros, y otros siete fueron evacuados con diferentes heridas. Mientras subía, arrastrándose sobre su estómago, sólo pensaba en vengarlos.

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Tras cerca de cinco horas reptando a través de la maleza, el escuadrón llegó a la cima. En silencio, cargaron los fusiles y se dispusieron a asaltar el campamento guerrillero. Justo en ese momento, un par de perros empezaron a ladrar. Poco tiempo después, las balas empezaron a volar de lado y lado. Buscando cobertura, Caballero se apostó tras un pequeño montículo de pasto. Desde allí, descargó proveedor tras proveedor de su fusil durante más de cuatro horas. Lo hirieron hacia la una y media de la tarde. Una bala destrozó en mil pedazos el radio y el cúbito de su brazo derecho. Mientras intentaba huir, otra bala atravesó su pierna izquierda. Antes de que lo remataran, un par de compañeros lograron resguardarlo. Permaneció en el suelo desangrándose en tanto el combate a su alrededor arreciaba. Cuatro horas más tarde, un helicóptero descendió lo suficiente para recogerlo y llevarlo hacia el hospital de Yopal, en Casanare.

Hoy, cerca de 15 años después, luego de siete cirugías, docenas de mudanzas y más de cuatro años buscando trabajo, Caballero revive cada noche los eventos de ese día. Contra su voluntad, sueña con el hedor de la sangre en su brazo inerte, con la sed insoportable, el dolor punzante en los huesos rotos y el miedo y la angustia de estar al borde de la muerte. En el barrio le apodan 'El Loco' por su forma de hablar y comportarse. Rara vez puede dormir más de cuatro horas seguidas. Las pesadillas lo llevan a despertarse sobresaltado buscando su fusil o a correr del pequeño apartamento que comparte con su compañera y sus tres hijas.

Tiene problemas para vivir el día a día y le cuesta mantener un empleo. No soporta las multitudes ni el contacto físico con los desconocidos, por lo que solo puede usar el transporte público en las madrugadas. Se irrita con facilidad y debe mantenerse alejado de la gente cuando siente que se acerca un ataque de pánico. A pesar de vivir en uno de los barrios más peligrosos de Cúcuta, tanto en el día como en la noche, es incapaz de mantener cerrada la puerta de su apartamento, pues sólo así tiene una vía de escape para los peligros imaginarios que lo acechan. “Es muy duro esto –me dijo escondiendo el rostro una mañana de julio, en Cúcuta—. Las pesadillas, los problemas”.

Como miles de ex soldados colombianos, Caballero sufre de Trastorno de Estrés Postraumático (TEP), una condición psiquiátrica en la que un evento, revivido una y otra vez a través de sueños o alucinaciones, produce pensamientos y sentimientos negativos, hipervigilancia, irritabilidad y otros cambios en el comportamiento que muchas veces impiden llevar una vida productiva. Es usual encontrar este trastorno en los veteranos de guerra. No obstante, en nuestro país suele ignorarse. Esto repercute en miles de soldados que posiblemente no han sido diagnosticados y que podrían curarse sin mayor dificultad siguiendo tratamientos con altos índices de éxito.

De acuerdo con el DSM-5, el manual de diagnóstico de desórdenes mentales de la American Psychiatric Association, el TEP puede surgir tras la exposición a un evento traumático como la muerte o la amenaza de la muerte a un ser querido o a uno mismo; o la violencia o la amenaza de violencia hacia un ser querido o hacia uno mismo. Adicionalmente, hay varios factores que incrementan el riesgo de desarrollar este desorden mental. Estos incluyen, entre otros, un bajo nivel educativo, hacerle daño físico o matar a otra persona (particularmente si es un civil), ser menor de 25 años y haber sufrido o haber sido testigo de abusos en la infancia.

Dados los orígenes socioeconómicos y las vivencias de la mayoría de los soldados en el mundo, lo anterior hace que estos sean propensos a desarrollar el TEP y a que la prevalencia en este grupo sea, en la mayoría de casos, por lo menos dos veces mayor que la de los civiles. No es extraño, entonces, que los síntomas que caracterizan este desorden mental se hayan documentado en relatos de soldados a lo largo de toda la historia. “Los sobrevivientes de las guerras conocen el TEP desde hace por lo menos 3.300 años –me dijo el doctor Charles Marmar, director de Psiquiatría del Langone Medical Center de la Universidad de Nueva York y uno de los mayores expertos a nivel mundial en este desorden–. Se ha descrito en la Guerra del Peloponeso, en la Primera Guerra Mundial, en la Guerra Civil, en todas las grandes guerras”.

Debido a lo anterior, el TEP es causa de preocupación para las Fuerzas Armadas de la mayor parte de países del mundo. En Estados Unidos, casi dos décadas después del fin de la Guerra de Vietnam, cerca de un 15 % de ex soldados sufrían de TEP, de acuerdo con el National Vietnam Veteran’s Readjustment Study (Nvvrs), quizá el estudio psicológico más minucioso que se ha realizado en la historia tras el fin de una guerra. Las cifras para las guerras de Irak y Afganistán son similares o superiores y el costo económico es exorbitante. En 2012, el tratamiento de esta enfermedad le costó al gobierno estadounidense alrededor de US$3.000 millones, al precio del dólar hoy: más de la mitad del costo del metro que se planea construir en Bogotá.

En Colombia, por el contrario, no hay un solo estudio publicado que determine la proporción de exsoldados que, como Caballero, sufren de TEP. El Hospital Militar se encontraba llevando a cabo uno en soldados heridos en combate justo cuando se firmó el cese al fuego bilateral con las Farc. No obstante, dado que dejaron de llegar soldados heridos, este tuvo que abandonarse. Ese estudio halló una prevalencia parcial de 10,4 %, una cifra alta si se tiene en cuenta que las Fuerzas Armadas cuentan con más 240.000 efectivos. Si el estudio fuera definitivo, implicaría que en este momento más de 24.000 miembros de las Fuerzas Armadas, más de tres veces el número de guerrilleros desmovilizados de las Farc, sufrirían de TEP. Dados diversos estudios sobre comorbilidad entre TEP y otros problemas, esto a su vez significaría que por lo menos 24.000 soldados, más de ocho brigadas, estarían viviendo con insomnio, pesadillas, alucinaciones, problemas para conseguir empleo, propensión a la violencia, mayores probabilidades de suicidio, abuso intrafamiliar, drogadicción y alcoholismo. La cifra puede parecer alta, pero no tiene en cuenta que el conflicto se remonta más de 50 años y que la mayoría de los soldados ingresan a las Fuerzas Armadas sin ninguna clase de problema mental.

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Mientras en Colombia no exista un estudio como el Nvvrs, sin embargo, no habrá una cifra definitiva. Sanidad Militar, la rama encargada de la salud del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, carece de cuentas exactas del número de soldados activos o pensionados diagnosticados con TEP. La entidad solo tiene las cifras del número de consultas específicas relacionadas con este desorden (en 2016, más de 5.000). De cualquier manera, la mayoría de psiquiatras y psicólogos que conocen del tema en Colombia, incluyendo el jefe de Psiquiatría del Hospital Militar, consideran que probablemente hay muchos más casos que los que se reportan. “Debería haber más investigación –me dijo Carolina Botero, del Colegio Colombiano de Psicólogos, una docente universitaria que desarrolló durante varios años un tratamiento para TEP con soldados colombianos–, acá la prevalencia es muy alta, pero por esa ley del silencio no se habla del tema”.

Las razones para ese silencio no son solo económicas –un soldado con TEP tiene una mayor posibilidad de salir pensionado dada la escala que actualmente se utiliza para calcular la pensión—, sino también prácticas. En Colombia, los psicólogos y psiquiatras militares son los principales responsables de diagnosticar, tratar y prevenir problemas como el TEP en las Fuerzas Armadas. No obstante, estos escasean, de acuerdo con las cifras del Batallón de Sanidad. Según este organismo, el Ejército cuenta con alrededor de 100 psicólogos y un puñado de psiquiatras para atender a casi 200.000 efectivos. Es decir, hay aproximadamente un profesional de la salud mental por cada 2.000 hombres en el Ejército, una proporción por lo menos trece veces menor que la del Ejército estadounidense.

Esta escasez de psiquiatras y psicólogos dificulta tanto el diagnóstico como el tratamiento del TEP. Tras ser dados de baja o pensionarse, los soldados suelen volver a sus lugares de nacimiento, lejos de las ciudades y de los principales hospitales. Para poder acceder a terapias, deben viajar, en el mejor de los casos, hasta el batallón más cercano y, en el peor, hasta ciudades lejanas, pues muchas veces no hay profesionales de salud mental en los batallones cercanos. Esto implica un gasto monetario que muchos no pueden realizar, por lo que varios tratamientos quedan a medias. Según Ari Lowell, director asociado del Veterans Research Center de la Universidad de Columbia, en Nueva York, hay diversas terapias para contrarrestar el TEP que pueden llegar a tener porcentajes de éxito de hasta el 80 %. No obstante, estos pueden tardar meses, por lo que muchos ex soldados, debido a cuestiones económicas o de movilidad, rara vez los pueden seguir juiciosamente.

“Una persona con TEP tiene una serie de características que hacen que su diario vivir sea un infierno”, me dijo Mónica Pieschacón, PhD en psicología y autora de un libro sobre este desorden. En Cúcuta, Iván Darío Caballero usó palabras similares para describir su día a día. Incluso hacer tareas ordinarias, como ir a pagar una cuenta, puede convertirse en un calvario, me dijo.

Hay días que despierta con rabia, con miedo de morir o de hacerle daño a otra persona. Y antes de sobrevivir a ese día en las colinas cercanas a Mongua, nunca se había sentido así. “¿Para qué le servimos nosotros a la patria?”, me preguntó molesto Caballero, tras mostrarme la junta médica que certificaba su retiro con una pensión de 534.000 pesos mensuales. “¿Dónde está el apoyo que necesitamos y nos merecemos como soldados heridos en combate? ¿Dónde está el tal posconflicto?”. Hizo una pausa antes de concluir a media voz: “Pa la guerrilla sí hay ayuda”.

*Esta historia se realizó gracias al apoyo de la Rosalynn Carter Fellowship for Mental Health Journalism/Universidad de la Sabana.