El último general de 100 años

Alberto Ruiz Novoa fue ministro de Guerra cuando nacieron las Farc. Acaba de cumplir un siglo y ahora las ve transitar a la política. Es un sobreviviente.

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Hace una semana el general (r) cumplió 100 años. Todavía sigue lúcido.
Archivo particular

Alberto Ruiz Novoa es el único general vivo con más de 100 años. Los cumplió el pasado 3 de enero. Su vida es un testimonio de lo que ha sido Colombia en el último siglo. Todas las transformaciones las vivió o fue protagonista de algunas de ellas. Por ejemplo, vio nacer a las Farc en 1964 y 53 años después las está viendo transitar a la política. Con una particularidad: Ruiz Novoa era el ministro de Guerra del presidente conservador Guillermo León Valencia cuando las Fuerzas Armadas bombardearon Marquetalia (Tolima). Ese episodio histórico sería el mito fundacional de la guerrilla.

El Espectador lo visitó en su casa en Bogotá hace unos días. Todavía se le ve muy entero, aunque la centuria le haya pasado factura a su cuerpo. Siempre aplicó aquella frase inmortal de Douglas MacArthur, uno de los más célebres militares estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial: “Los viejos soldados nunca mueren, solamente se desvanecen”. Casi no recibe visitas. Dora Rodríguez, su segunda esposa, guarda celosamente sus centenares de condecoraciones, las fotografías de su brillante paso por el Ejército y el registro de que llegó a ser ministro a sus 44 años.

Nació en Bucaramanga el mismo año de la Revolución Bolchevique de Lenin, al otro lado del mundo. No había cumplido ni 17 años y ya era subteniente en la Escuela Militar. La guerra con Perú lo empujó a la milicia. En 1952, en los azarosos tiempos de la violencia política, fue nombrado comandante del Batallón Colombia en Corea. Vio morir a muchos, pero logró volver a casa y en 1953, tras el golpe de estado del teniente general Gustavo Rojas Pinilla, fue designado como contralor de la República. En 1958, tras el restablecimiento de la democracia, dejó ese cargo y retornó a las filas.

En septiembre de 1960 el presidente Alberto Lleras lo nombró comandante del Ejército y en 1962, tras la victoria de Valencia, ingresó al gabinete como ministro de Guerra. Ya entonces las guerrillas liberales cobraban fuerza y bandoleros como Sangrenegra y Desquite protagonizaban las noticias. El general Ruiz Novoa fue el gestor del Plan Lazo, un documento de casi 300 páginas que fijó la estrategia para “eliminar las cuadrillas de bandoleros y prevenir la formación de nuevos focos o núcleos de antisociales a fin de mantener un Estado en paz”. Así quedó consignado en ese manual, rotulado entonces como secreto.

Ruiz Novoa, dice su familia, sabía que esas expresiones de violencia no eran el resultado de caprichos sociales espontáneos, y que enfrentarlas únicamente con represión era un error. Por eso planteó políticas desarrollistas y campañas cívico-militares para acercar a la población civil. “Cada oficial y soldado deberá estar enterado del efecto sicológico que produce su acción dentro de la población civil”, rezaba el Plan Lazo. Aunque también afirmaba que una de las causas del desorden era la “crisis moral” que vivía el país. “Los destrozos producidos por la violencia en el campo espiritual se han convertido en un factor que la hará perdurar”.

En su casa están guardados todos los recortes de prensa en donde su nombre fue reseñado en los últimos 65 años. “No seremos corteses con los bandoleros”, tituló El Tiempo una entrevista suya en septiembre de 1963. Ya entonces Álvaro Gómez Hurtado agitaba al Congreso con su tesis de las repúblicas independientes. “No volveremos a permitir que los bandoleros disparen primero”, dijo el general en un debate político. Luego vino el bombardeo a Marquetalia y el nacimiento de las Farc. En enero de 1965 presentó su renuncia tras las acusaciones falaces que lo relacionaban con un intento de golpe militar.

En 1966 presentó su nombre como candidato presidencial, pero se impuso Carlos Lleras como el penúltimo designado del Frente Nacional. Se refugió en su finca en Fusagasugá (Cundinamarca) y se dedicó a los pollos. “Las Fuerzas Militares me dieron los más grandes honores. Lo único que no me dieron fue plata”, declaró a la prensa en 1983. Ya liberado, en sus cuarteles de invierno, se dedicó a los versos de Antonio Machado, León de Greiff, el Tuerto López y Guillermo Valencia, el papá de Guillermo León, y quien escribió en Amor verdadero: “Es medio amor amar con esperanza, y, amar sin ella, ¡verdadero amor!”.

El general (r) Ruiz Novoa siempre fue un gran lector de biografías –fue, digo, porque con un siglo a sus espaldas ya no lo hace–. Se interesó por las vidas de Napoleón Bonaparte, Alejandro Magno, Francisco Franco o Simón Bolívar. Viajó por el mundo, aprendió de música y pintura, jugó golf. Tiene tres hijos: Sergio, Claudia y Javier –este último murió cáncer– y dos nietas que lo adoran. En los 10 minutos que le concedió a El Espectador hace unos días, el general, apoltronado en su silla, con la mirada cansina, solo señaló que no le interesaban las entrevistas y que ya nada tenía por decir.

Tenía 48 años cuando abandonó la vida pública. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces. A Colombia se lo tragó la guerra: las pipetas y los secuestros de las guerrillas; los pistoleros y los bombazos del narcotráfico; la estela de masacres y motosierras de los paramilitares; el holocausto del Palacio de Justicia; los magnicidios; los diálogos fallidos de Belisario y de Pastrana con las Farc y, finalmente, la doble firma de Timochenko y Juan Manuel Santos, en Cartagena y en Bogotá, para sellar el fin de un conflicto que arrancó en Marquetalia cuando Ruiz Novoa oficiaba como ministro de Guerra. A todo esto sobrevivió el último general de 100 años.

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