El retorno de lo humano y la Nación anhelada

Las peticiones de perdón son rituales que nos devuelven la esperanza y nos permiten pensar que –efectivamente— los colombianos y las colombianas vamos a dejar esos cien años de soledad que nos han atribulado de generación en generación para, por fin, reconocernos como conciudadanos.

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Iván Márquez, jefe negociador de las Farc en el proceso de paz con el gobierno, abraza a una de las víctimas durante un acto de perdón de las Farc por la masacre de La Chinita, ocurrida en Apartadó (Antioquia) hace 22 años.
AFP

 

En medio de las discusiones ácidas que ha suscitado la firma del acuerdo, perdemos de vista la dimensión transformadora de eventos profundamente conmovedores que también están ocurriendo en el país. Las peticiones de perdón que han venido sucediendo en cascada son rituales que nos devuelven la esperanza y nos permiten pensar que –efectivamente— los colombianos y las colombianas vamos a dejar esos cien años de soledad que nos han atribulado de generación en generación para, por fin, reconocernos como conciudadanos.

1.      Las tradiciones políticas de las que provenimos

Aunque no es cierto que los colombianos y las colombianas seamos “violentos por naturaleza”, sí es históricamente correcto constatar que en nuestro país los adversarios políticos se han tratado las más de las veces como enemigos absolutos y han dirimido sus diferencias recurriendo a la violencia. Y esto ha sido así no por algún gen inscrito en nuestro ADN sino por decisiones humanas adoptadas en contextos históricos específicos que se fueron decantando en una trayectoria particular de formación de Estado, nación y sociedad. En medio de un mercado exiguo y un fisco precario, una geografía abigarrada y un Estado central cuasi-inexistente, los partidos liberal y conservador fueron los encargados de tejer lazos de pertenencia a una comunidad nacional que, por estas mismas razones, nació escindida. La división se alimentó de guerra en guerra.

En general, estas divisiones reiteradas diluyen las similitudes entre las comunidades enfrentadas y las preparan para una nueva guerra. En un ambiente simbólico así, hacer daño al contrincante no causa repugnancia moral ni se vive como una infracción a las reglas establecidas para dirimir conflictos entre seres humanos: el adversario, despojado de su humanidad, es transformado en un mero objeto sobre el cual pueden recaer odios, persecuciones y dominación violenta sin causar remordimiento alguno.

Este mecanismo de deshumanización se dispara en cualquier guerra pero en cada una adopta un ropaje diferente. En las guerras de religión, las comunidades de fe se construyen como enemigas absolutas; en las étnicas, las atribuciones de linajes étnicos “marcan” al opositor como no humano; y en las políticas, como la colombiana, la misma adhesión política se convierte en argumento para expulsar al contendor de la comunidad de ciudadanos. 

Aunque las sociedades han construido reglas para contener el daño que un enemigo le puede lícitamente infligir a otros, las infracciones a esas normas se tornan más comunes y los repertorios de violencia más despiadados y feroces a medida que los procesos de deshumanización se ahondan. Así ocurrió en el conflicto colombiano.

Para vergüenza de mi generación y de las anteriores que no supimos prevenir y contener los efectos de esta deshumanización, los actores en conflicto armado recurrieron a repertorios de violencia cada vez más feroces. Ante nuestra mirada impotente, cómplice, justificadora o indiferente, conciudadanos de todos las regiones fueron sometidos a torturas, vejaciones, humillaciones y violencias de todo tipo. El tejido de la convivialidad que debería vincularnos unos a otros quedó entonces roto en mil pedazos.

Cuando por fin las víctimas pudieron relatar públicamente las prácticas atroces a las que ellos mismos o sus familiares fueron sometidos, sus testimonios nos sobrecogieron porque ni siquiera en nuestras peores pesadillas habíamos imaginado tanto horror. En sus voces lastimadas encontramos la constatación dolorosa de una comunidad nacional anhelada pero nunca alcanzada.    

2.      De la guerra a la paz: el camino hacia la humanización del enemigo

Si el espejo en el que nos vemos reflejados como sociedad está quebrado, la pregunta es cómo recomponer una imagen de nosotros mismos que nos permita convivir con y no a costa de nuestras diferencias. ¿Cómo humanizar al opositor?

El primer paso que exige la humanización es el de un descubrimiento: el otro, visto como no humano, se revela como similar. Esa revelación generalmente proviene de puentes que se tejen cuando se abre la posibilidad de compartir historias desde el lugar de los afectos familiares, los sueños más comunes y la vida cotidiana.

Una vez alcanzado el descubrimiento de que existe ese lugar que nos hermana, es posible entonces transitar hacia el reconocimiento de nuestras diferencias, vistas ya no como amenazas sino como enriquecimientos de nuestra propia singularidad: en ese encontrarse con el otro descubrimos un mundo de similitudes y a la vez de diferencias que nos permiten asumir que no somos ni encarnamos una humanidad universal sino apenas una forma particular de ser y de estar en el mundo que se enriquece en el encuentro con los otros.

3.      Las peticiones de perdon: la sutura del espejo roto

En La Habana, más allá de la negociación propiamente política, empezaron a ocurrir transformaciones simbólicas profundas. Las víctimas pudieron, sin protocolos impuestos, expresar sus reclamos. Comunicaron su dolor, no desde discursos partidistas abstractos, sino desde sus experiencias cotidianas y su irrepetible singularidad.

En estos rituales íntimos, el relato de una víctima nunca fue como el siguiente. La textura de la voz, la expresión del rostro, la postura de sus manos, encarnaron, no a un enemigo en abstracto o a un “objetivo militar” en concreto, sino a un ser humano fracturado por el hecho violento. Fue durante esos ejercicios que las delegaciones empezaron a descubrir o redescubrieron la innegable humanidad de las víctimas y se horrorizaron con su injustificable sufrimiento. Probablemente fue entonces que asumieron como propio el imperativo moral de detener la guerra.

Pero el proceso no se detuvo allí. En Colombia, vimos a un comandante guerrillero, con voz temblorosa y mirada acongojada, pedir perdón por la pipeta que disparó su grupo y causó la muerte de niños, niñas, mujeres y ancianos, refugiados en la Iglesia comunal. Luego, se produjo en un acto solemne en el Palacio de Nariño el reconocimiento del Presidente de la República de que el Estado colombiano se quedó vergonzosamente corto para proteger a cientos y cientos de militantes de la UP y detener la macabra persecución política que culminó en el exilio forzado de los más afortunados y en el asesinato de la mayoría de ellos. Y finalmente los colombianos pudimos ver  en las pocas imágenes que se colaron a la prensa a algunos comandantes de las FARC realmente compungidos y avergonzados por el asesinato a quemarropa de los once diputados de El Valle.

En cada uno de esos rituales, estábamos en presencia de un evento extraordinario. Los combatientes o las instituciones estatales, tan dados a justificar sus actos, encontraron el camino de retorno hacia su propia humanización. Se despojaron de investiduras y uniformes y reconocieron en el dolor del otro su propio dolor, y se hicieron responsables de haberlo provocado. Fue entonces que, al humanizar a sus víctimas, se humanizaron ellos mismos y tejieron para todos los colombianos la posibilidad de una vida en común.

Pero hicieron algo más. Trazaron de nuevo los límites entre lo justificable y lo injustificable. En ese sentido, estas ceremonias de perdón adquirieron un sentido pedagógico al enviar el mensaje de que hay actuaciones injustificables que hieren la consciencia humana.

No cabe duda que al pedir perdón, todos –víctimas, perpetradores y testigos— aprendemos a ser mejores seres humanos. Aprendemos por ejemplo que hay líneas rojas que no se pueden cruzar sin terribles consecuencias para nosotros mismos y para los demás. Reconocemos además que, más allá de las diferencias, todos pertenecemos a la gran familia humana y que cada uno de nosotros, sin importar edad, género, opción sexual, etnicidad, color político o creencia religiosa, es titular de derechos y portador de una dignidad inalienables. Cuando ocurre un momento así, la sociedad en su conjunto se enaltece y recupera la dimensión moral que refundió en medio de la guerra. Y es en ese punto que podemos empezar a pensar que los cien años de soledad están quedando atrás y que, en esos mínimos morales redescubiertos, estamos tejiendo por fin la nación anhelada que puede, ahora sí, labrarse un destino en común. 

*Centro Nacional de Memoria Histórica. 

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